“Mi apellido se escribe con “S”, porque cuando mi papá me fue asentar la persona del registro civil lo escribió así y él no se dio cuenta porque era analfabeto. A él lo trajeron de Chile, mi abuelo era chileno y no lo registraron nunca, no tenía ninguna documentación, se murió sin haberse enrolado”. Las palabras son de don Alfredo Segundo Ramíres, el protagonista de esta Historia de vida, en el comienzo de la conversación que mantuvimos en su domicilio de barrio Martín Güemes para esta sección. Eduardo Alfredo Ramires y Rosario Díaz fueron los padres de Alfredo Segundo que nació el 12 de julio de 1935, en la zona de Bardas Blancas.

“Mi papá se murió muy joven, como de 40 años, se ahogó en el río Grande. Yo tendría unos 9-10 años. Desde entonces, nosotros nos criamos con mi abuelo, en el puesto La Guanaca (aproximadamente a 10 kilómetros al oeste de Bardas Blancas, camino a Las Loicas). El campo donde está el cerro PalauMahuida era de mi abuelo, que se llamaba Jeremías Ramírez. Nos fuimos a vivir con él porque en ese entonces mi papá trabajaba en la Mina Car y teníamos unos pocos animalitos que los criábamos en un puestito que teníamos en el mismo campo del abuelo. Nosotros fuimos nueve hermanos, el mayor, que ya murió, se llamaba César Ramírez, después seguía Rosendo, Luisa y Julieta que también fallecieron. Quedamos Bartolo, René, Demofilia, Crescencio y yo. Mi abuelo tenía un puesto cerca de donde ahora pasa la ruta, pero vino una creciente y le llevó todo, se quedó sin su siembra de alfalfa, sin nada, por eso tuvo que hacer uno más arriba. Él tenía muchos animales, araba la tierra con bueyes ysembraba trigo. Tengo recuerdos de muy chico, me acuerdo cuando estaban haciendo el puente de Bardas Blancas (sobre el río Grande). Mi papá trabajó en la construcción de ese puente, hasta ese momento no había para arriba una ruta (hace referencia a las rutas nacionales 40, que conduce a Neuquén, y a la 145 a paso Pehuenche). Hasta ese entonces todo se hacía a caballo y en mulas cargueras. Cuando hicieron el puente empezaron con la ruta hasta Mina Car. Entonces empezó el tránsito de camiones porque de esa mina sacaron mucho carbón. Ahí pudimos tener estudio nosotros, hasta ese momento no había escuela. Hicieron una pasando Portezuelo del Viento y estábamos por meses, comíamos y dormíamos ahí. Hasta una Iglesia hicieron, había una viejita que llevaba a las chicas y a los varones que querían a rezar. Yo iba siempre a la Iglesia. Cuando hicieron el puente en Bardas, al ladito de arriba, Ruíz-Gentile y Bugarín pusieron un negocio, había todo y la gente empezó a bajar a proveerse de mercadería. Mi abuelo llevaba a veranada al Cajón del arroyo El guanaco, cerca del Paso Pehuenche, nos pasábamos todo el verano cuidando animales. Antes lo animales se vendían para Chile porque valían más que acá. También había mucha oveja en esta zona, pero después se empezó con la vacuna y otras cosas, entonces se fue terminando. Tampoco se vendía el chivo chico, como ahora. En esos años nevaba mucho…El abuelo velaba a la Virgen del Carmen, por una promesa que tenía. En otras partes se velaban a otros santos y nosotros sabíamos salir a esas fiestas, eran muy lindas y no se gastaba nada. Donde ahora está Gendarmería, en PotiMalal, se hacían carreras cuadreras. Antes de que se hicieran las casas que tiene Gendarmería en PotiMalal, ahí vivía un hombre,Francisco Cara, casado con una sobrina de mi mamá. Cuando se salió de ahí se instalaron los gendarmes. Ellos se pusieron ahí para salir en patrullas y controlar los contrabandos” contó don Ramíres al repasar su niñez y juventud.

Luego agregó “me acuerdo que cuando estaba en la escuela de Portezuelo del viento nos trajeron en un camión de mina Car a conocer el pueblito de Malargüe. Había una carrera de autos que largaron en la mina y nosotros vinimos a ver la llegada acá, con el maestro. Después nos llevó al dique, que lo estaban haciendo. El pueblo era chico, había pocas casas. En esos años me parece que estaba Perón en el gobierno y nosotros supimos lo que era tener zapatos y ropa, porque nos la daban. Antes andábamos muy mal vestidos, con ropa que nos hacía la mamá. Antes que hicieran el camino a mina Car había gente muy pobre. El papá trabajó cuando hicieron el camino en el Portezuelo del viento, me acuerdo que nos llevó y nos puso en una aleta de piedra que había arriba. Vimos a los chilenos que se colgaban para hacer los tiros (barrenos donde se coloca el explosivo para volar rocas) y sacar las piedras para abrir el paso para los vehículos. Cuando se hizo la mina y fuimos a la escuela supimos lo que era el pan, porque antes se comía torta al rescoldo y la torta frita. Después las señoras empezaron hacer el pan en el horno de barro”.

Cumplió con el servicio militar, durante 13 meses, en Cuadro Nacional, San Rafael, en la sección intendencia, donde tuvo que realizar diversas tareas.

Al finalizar con esa obligación trabajó, durante ocho meses en mina Huemul, de donde se extraía uranio. Allí funcionó una escuela (provincia de San Juan) que les dio la posibilidad a los hijos de los puesteros de la zona de alfabetizarse. Por razones familiares volvió al puesto donde estaba su madre para colaborar en la crianza de animales.

Más tarde pasó trabajar con los técnicos que comenzaron a realizar los estudios preliminares para la presa Portezuelo del Viento. Al respecto comentó “éramos seis los que trabajábamos con los ingenieros. Eso fue en el año ´60, desde entonces dicen que van hacer eso (por la presa) pero no lo han hecho nunca ¡Son puras mentiras! Los estudios los hacían con teodolitos para medir. Allá en el Portezuelo de viento, donde iban hacer el dique, vino un dibujante y dibujó todo. Ud. miraba lo que hacía y parecía que ya se iba hacer. Uno de los ingenieros que trabajó en esos estudios era de apellido Lecumberro. Después seguí trabajando en el puesto”.

Don Alfredo se casó con Clementina Neira, con quién lleva casi 60 años de matrimonio. Ella era oriunda de la zona de arroyo Ragüe, en proximidades de arroyo La leona. Su padre, Fortunato Neira, de origen chileno, fue un reconocido sembrador de trigo en la zona suroeste de Malargüe. La madre fue doña ClementizaSagal. Tras contraer enlace Alfredo, por entonces de 24 años, levantó su propio puesto y se dedicó a la crianza de chivos, en el mismo campo donde habitaba su suegro. Paralelamente, adquirió una casa en barrio Martín Güemes donde la esposa se estableció para que sus hijos pudieran escolarizarse. Era el tiempo donde sólo había agua potable en surtidores colocados en algunas esquinas. Años después abandonaría el puesto y él también se vino a la ciudad.

“Me vine porque ya los chicos no querían estar en el puesto, vendí los animales para Mendoza y empecé a buscar trabajo en las empresas. Estuve en varias haciendo mantenimiento de los pozos, enroscando caños para el petróleo, cargando bolsas, hasta que después entré a la municipalidad donde me jubilé a los 70 años. Estuve muchos años de sereno en la plaza de este barrio Martín Güemes, después estuve en el vivero municipal donde hacíamos muchas plantas” expresó el hombre al avanzar la conversación.

El matrimonio Ramires-Neira tiene nueve hijos: Eduardo, Tomás, Luisa, Guillermo, Amalia, Hugo, Sergio, Yamila y Sandro. Los nietos son 16 y tienen un bisnieto.

“Pude mandar a todos los chicos a la escuela, el que quiso estudiar más estudió y el que no empezó a trabajar. Yo tenía mi trabajo y salía hacer changas para ayudar a los que estaban estudiando. Lo mejor que los padres pueden hacer por sus hijos es que los hagan estudiar” añadió don Alfredo sentado en el amplio comedor de su casa, lugar de reunión de los suyos, decorado con abundantes fotos de familiares, pues para él lo mejor que tiene es la familia que supo formar junto a su esposa.
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