Las dos presidentes peronistas que dio este país, Isabel Martínez (de Perón) y Cristina Fernández (de Kirchner) están unidas por un mismo error histórico. La ponderación de la Vuelta de Obligado como Día de la Soberanía. Isabel promulgó en 1974 la ley 20.770 que dice: «Declárase ‘Día de la Soberanía’ el 20 de noviembre de cada año, en conmemoración del Combate de la Vuelta de Obligado, librado el 20 de noviembre de 1845». En 2010 Cristina decretó que ese día sea también feriado nacional.

Asociar el concepto de soberanía con la Vuelta de Obligado es una enorme afrenta al interior del país, que derramó ríos de sangre para luchar contra la injusta hegemonía porteña. Repasemos los hechos.

Durante la época del virreinato España, para controlar su monopolio comercial, había dispuesto que el único puerto habilitado para comerciar con el exterior y por consiguiente la única aduana, fuera la de Buenos Aires. Después de independizados, la metrópolis porteña pretendió seguir gozando de ese privilegio exclusivo, que la enriquecía enormemente, en desmedro del resto de las provincias. Lo logró por 70 años, hasta 1.880.

Juan Bautista Alberdi en su célebre Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina de 1852 expresó «Bajo el pretexto de ejercer la política exterior común, el gobierno de Buenos Aires, retuvo en sus manos exclusivas, durante cuarenta años, el poder diplomático de toda la nación, es decir, la facultad de hacer la guerra y la paz, de hacer tratados, de nombrar y recibir ministros, de reglar el comercio y la navegación, de establecer tarifas y de percibir la renta de aduana de las catorce provincias». Y agregaba: «la aduana debía ser una y nacional en cuanto al producto de su renta».

Félix Luna en «Buenos Aires y el País» expresa: «Entre 1810 y 1820, la autoridad residente en la ciudad porteña, tenía carácter nacional. Debía explicar, bien o mal, sus decisiones, que afectaban a todo el conjunto. Los ingresos de la Aduana, única recaudación fiscal importante, debían gastarse en rubros de interés general, en primer lugar la guerra por la independencia. En cambio, ahora (desde 1820) el gobierno de Buenos Aires estaba libre de toda obligación nacional. Sus rentas se invertían localmente, los debates sobre las decisiones a adoptar se llevaban a cabo en la Legislatura y no en congresos generales»

Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires entre 1829 y 1852, había logrado que los demás gobernadores le delegaran las relaciones internacionales de todas las provincias y le dejaran seguir gastando a su arbitrio la renta de todos. Esta cómoda situación hizo que se negara al dictado de una constitución nacional como le pedían entre otros Facundo Quiroga. Con puño de hierro fue destruyendo a todo aquel que intentara desafiarlo. Quiroga fue asesinado en 1835 en Barranca Yaco. En 1839, el gobernador de Corrientes Genaro Berón de Astrada y el de Santa Fé, Domingo Cullen, osaron exigirle a Rosas que habilitara el río Paraná y sus puertos para la navegación y el comercio internacional. Rosas respondió enviando a sus entonces aliados entrerrianos Urquiza y Echague a sofocar esta rebeldía. Contra los correntinos el choque se produjo en el Pago Largo, cerca de Curuzú Cuatiá. La batalla duró cinco horas y fue una masacre para los correntinos, que dejaron cerca de 2000 muertos en el campo de batalla, incluyendo 800 prisioneros que fueron degollados por los vencedores. El propio gobernador Berón de Astrada fue ultimado a lanzazos. El ejército correntino estaba compuesto mayoritariamente por ciudadanos sin experiencia militar. Esa tragedia dejó huellas que aún duelen en esa provincia, pues la mayoría de las familias sufrieron pérdidas irreparables. El santafecino Cullen no tuvo mejor suerte. Fue destituido de su cargo y llevado engrillado hasta el límite con Buenos Aires. Allí fue fusilado de espaldas. Todo muy federal como se ve…

Seis años después, en 1845 seguía la misma situación, el único puerto habilitado para el comercio era el de Buenos Aires. Buques franceses e ingleses querían comerciar directamente con Corrientes y con el Paraguay. Rosas se oponía. Por ello los europeos decidieron bloquear el puerto de Buenos Aires y luego remontar el río Paraná para comerciar con Corrientes, sin el permiso del «Restaurador». Este quiso impedirlo cruzando cadenas en el río en el paraje Vuelta de Obligado, cerca de San Pedro. Los buques cortaron las cadenas y pasaron, derrotando al general Mansilla, cuñado de Rosas, a cargo de la operación militar. El dictador presentó este hecho como un gran acto de soberanía. En realidad constituía una defensa de los privilegios porteños en desmedro de las demás provincias y de la Nación entera. Cuando se fueron los europeos la hegemonía continuó por muchos años más. Rosas promovía el poncho rojo y obligaba a usar la cinta punzó en el brazo, pero su política real era despiadadamente unitaria y centralista.

Félix Luna califica a Rosas como «el más grande estanciero y .el más auténtico porteño por su origen, su actividad privada y su representatividad». Su residencia estaba en los actuales bosques de Palermo. Floria y García Belsunce en Historia Política de la Argentina Contemporánea dicen sobre Rosas: «Su largo gobierno significa el más eficaz esfuerzo del centralismo porteño para reducir a su influencia a las provincias, realizado curiosamente bajo una pretendida bandera federal y desde una verdadera perspectiva antiliberal». Por su parte Isidoro Ruiz Moreno en La Federalización de Buenos Aires habla de: «… la tenaz oposición del mandatario porteño, general Rosas, a que se reuniera el Congreso que debía organizar constitucionalmente el país bajo el sistema federal… el país fue administrado de hecho por la ciudad porteña, en su beneficio».

Domingo Faustino Sarmiento en 1850 publicó Argirópolis que decía: «la navegación de los ríos, tantas veces solicitado por los gobiernos federales de Santa Fe, Corrientes y Entre Ríos, (ha sido) mañosamente diferido, diciendo adiós a la igualdad entre las provincias…El gobierno de Buenos Aires tendrá bajo su pie a los pueblos del interior por la aduana del puerto único, como el carcelero a los presos por la puerta de custodia». Se pregunta además: «Por qué causa oculta Santa Fe y Corrientes se desmoronan y Buenos Aires y Montevideo se pueblan y enriquecen, estando las cuatro al margen del mismo río? Pues porque son puertos abiertos al comercio europeo, a los buques de todas las naciones. Mientras que Santa Fé y Corrientes sólo podían admitir en su puerto buquecillos de cabotaje»…Sin nombrarlo critica a Rosas: «Guardémonos de los que nos hablan de seguridad nacional para cerrar los ríos al comercio europeo, mientras ellos llenan la bolsa abriendo sus puertos a ese mismo comercio». Remata con una frase muy actual para Argentina: «Nada perpetúa el atraso de las naciones tanto como el aislamiento».

Poco después, en 1852 el gobernador de Entre Ríos, Justo José de Urquiza se volvió contra su antiguo aliado Rosas y lo derrotó en la batalla de Caseros, enviándolo al exilio para siempre. Inmediatamente convocó a la anhelada convención constituyente, que en 1853 dictó la constitución que aún nos rige. Se incluyó la ansiada libre navegación de los ríos. También se dispuso compartir las rentas aduaneras y se designó como capital a la ciudad de Buenos Aires, federalizando su territorio. No sería tan fácil. Los porteños, bajo el liderazgo de Bartolomé Mitre, se opusieron a perder sus privilegios y se negaron a firmar la Carta Magna. Poco después fueron por más; decidieron separarse de la Confederación Argentina y constituirse como un estado independiente, el Estado de Buenos Aires, que se empezó a comportar como un país independiente, acreditando su propio cuerpo consular en varios países. Su constitución establecía que la soberanía de Buenos Aires llegaba hasta el Estrecho de Magallanes.

Urquiza gobernaba la Confederación con capital en Paraná, pero Buenos Aires seguía enriqueciéndose con el puerto y la aduana. Esta situación insostenible de doble comando se resolvió con dos batallas. La primera, Cepeda en 1860, con triunfo de la Confederación, que obligó a Buenos Aires a integrase al país firmando la constitución. Duró poco. La revancha llegó en Pavón al año siguiente. El triunfo de Buenos Aires determinó la destitución del presidente cordobés Derqui y la asunción de Mitre en su lugar, es decir, el regreso de la hegemonía porteña.

El liberal Alberdi en un libro La Revolución del 80 dice: «todo el poderío, la cultura, los ejércitos regulares y la invencibilidad hasta ese momento de Buenos Aires, procedían de una sola y única fuente: la posesión exclusiva del puerto y las rentas aduaneras. No importaba si se rotulaban unitarios o federales, todos los gobiernos liderados por dirigentes de Buenos Aires, llámense Rivadavia, Rosas o Mitre, a lo largo de todas esas décadas tenían como denominador común defender los privilegios de su provincia, evitando a cualquier precio la organización constitucional del país y entregar la ciudad de Buenos Aires y el puerto a las autoridades nacionales».

Coincide plenamente el socialista nacional Jorge Abelardo Ramos en Revolución y Contrarrevolución en Argentina donde expresó: «Habían pasado setenta años de la Revolución de Mayo y todavía la arrogante imbecilidad portuaria creía en su derecho divino para disponer en su propio goce de la renta nacional…, desarrollando su poderío con el control de la ciudad puerto. Imponiendo a su gusto la política arancelaria y apropiándose de las rentas aduaneras e invirtiéndolas en beneficio propio. Rivadavia, Rosas y Mitre son hijos de esa enorme alcancía que es el puerto de Buenos Aires».

Luego de Mitre, en 1868 asumió Sarmiento la presidencia. Dice Félix Luna: «el 93% de las rentas públicas nacionales, durante la presidencia de Sarmiento, provenían de los derechos de aduana y la provincia de Buenos Aires recaudaba el 81% del total de los derechos de importación y el 77% de los derechos de exportación… Su presupuesto le permitía disponer de más fondos que el presupuesto de la Nación». Es decir, de lo recaudado por la aduana, el 80% iba para Bs.As. y sólo el 20% para la Nación. Para las demás provincias nada. Además, el gobierno nacional seguía sin sede propia. No había capital federal. La provincia de Buenos Aires le prestaba a la Nación su ciudad para sede del gobierno. Alberdi sentenció: «… una Nación hospedada en la Capital, es una madre viuda que vive en casa de una de sus hijas».

Sarmiento postuló para sucederlo a su ministro de educación, el tucumano Nicolás Avellaneda. Mitre a su vez quería volver a la presidencia. Avellaneda ganó las elecciones y Mitre se lanzó a un golpe de estado, para no dejarlo asumir y tomar el poder. La revolución se había extendido a todo el país. Sarmiento encomendó a un joven coronel para sofocarla: Julio Argentino Roca. A sus 31 años ya contaba con un enorme prestigio militar, producto de su valor e inteligencia. El general mitrista Arredondo lo esperaba atrincherado en Santa Rosa, provincia de Mendoza, luego de haber derrocado al gobernador local. Roca le hizo creer que acamparía para al otro día dar un ataque frontal. Esa misma noche, cruzó con todo su ejército durante la noche por campos anegados por el desborde del río Tunuyán. En la madrugada lo sorprendió por la retaguardia tomándolo prisionero. Esta brillante acción le valió su ascenso a general en el campo de batalla. La rebelión había terminado y Avellaneda logró asumir. Tuvo que lidiar con el mitrista gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor. Norberto D´Artri explica la crítica situación en Del 80 al 90 en Argentina: «Tejedor no dejó pasar ninguna oportunidad para gastar provocaciones contra la investidura presidencial. Desde su célebre opinión de que el Presidente de la República era «huésped» en la ciudad de Buenos Aires, hasta ordenarle a los vigilantes provinciales que impidieran la entrada al teatro al Dr. Avellaneda». El propio Avellaneda le dijo a un diputado cordobés que lo visitaba: «Ves estos agujeros? Son de balas que días pasados tiraron los rifleros sobre mi casa´ y llevándolo a la puerta de calle, le mostró al agente de guardia: ´sobre aquél vigilante el presidente de la República no tiene autoridad alguna».

Al final de su mandato, en 1880 se planteaba el dilema de su sucesión. Los postulantes eran dos: el poderoso gobernador Tejedor y el general tucumano Julio Argentino Roca, que llegaba con el prestigio de haber ocupado para el país toda la Patagonia y resuelto el flagelo de los malones indígenas apenas un año antes.

Nacionalistas y liberales coinciden en su caracterización. Norberto Galasso expresa, «Roca.se constituye en el caudillo militar a través del cual se expresan los intereses provincianos enfrentados a la oligarquía porteña». Ramos expresó: «sus ambiciones crecieron con el país y con la necesidad de una verdadera política nacional…Sus manos habían oprimido la lanza de tacuara y el libro de Tácito…Por primera vez, con Roca, el interior pasará a la ofensiva». Ramón Cárcano en Mis primeros ochenta años dijo: «Avellaneda y Roca representan el sentimiento nacional, la patria grande, la unidad orgánica sancionada por la constitución de Santa Fe»…El general Roca es el candidato de las provincias, un hijo de sus entrañas. Tiene verdadera alma provinciana y por eso en él palpita el corazón nacional, mientras Tejedor encarna el exclusivismo porteño con su banderita de «la patria chica». Para Alberdi: «El clásico interés porteño se expresó a través del nombre del doctor Carlos Tejedor un verdadero porteño, al estilo de los viejos rivadavianos, dispuesto a defender hasta lo último los privilegios congénitos y fructuosos del feudo. Las provincias por su parte, habían visto en el general Julio A. Roca su candidato natural».

Roca triunfó en doce provincias, excepto Buenos Aires y Corrientes. Entonces Tejedor y los porteños se armaron para la resistir. No querían otro presidente provinciano. No era sólo una cuestión de nombres. Había tres temas fundamentales en juego. A los recursos aduaneros y la cuestión capital, se sumaba la discusión respecto de a quien pertenecían los territorios patagónicos conquistados. Tejedor pretendía que fueran de Buenos Aires. Roca los consideraba patrimonio de toda la Nación.

Rodofo Puiggrós en Pueblo y Oligarquía dijo: «El proceso de integración había avanzado tanto que por primera vez ascendía al gobierno nacional un presidente elevado por la liga de gobernadores, esto es, por los caudillos provinciales. Las provincias se erigían por primera vez en pilares de la Nación».

No obstante haber triunfado Roca, el mitrismo se dispuso a no dejarlo asumir y a tomar el gobierno. La tensión aumentó y Avellaneda salió de Buenos Aires para no ser apresado. Tejedor movilizó la «guardia nacional» y tomó posesión de la Casa Rosada, la Aduana y Correos «para custodiarlos ante la ausencia de las autoridades nacionales». Tenía miles de hombres armados con rémingtons y veinte cañones Krupp.

Avellaneda lo declaró rebelde y ordenó al Ejército Nacional marchar sobre Buenos Aires. El coronel Racedo, que había llegado desde Rio IV con su regimiento se enfrentó con las tropas del coronel porteño Inocencio Arias en Puente Alsina y lo persiguió hasta Los Corrales (actual Parque Patricios) donde se libró una dura batalla. A su vez el coronel Nicolás Levalle que venía desde Azul, cruzó por Barracas, marchando hasta Constitución donde se enfrentó a los rifleros porteños. La lucha duró en total tres días y participaron 20.000 hombres. Hubo tres mil muertos de ambos sectores, lo cual da cuenta de la cruenta lucha librada. Mitre le ofreció a Avellaneda la rendición de los porteños pero de forma condicionada, preservando el mitrismo su poder en el gobierno de Buenos Aires. Roca llegó a la ciudad y tomando el control de la situación se opuso rotundamente. No quería repetir otro Cepeda ni otro Caseros, batallas en las cuales a pesar de haber sido derrotada militarmente, Buenos Aires no había podido ser obligada a dejar sus privilegios históricos. Por ello exigió que esta vez la capitulación fuera drástica e incondicional. Ello implicaba: la intervención federal del gobierno de Buenos Aires, la disolución de su legislatura y una nueva elección de legisladores. Hipólito Yrigoyen y José Hernandez fueron electos por la lista roquista. Luego se pasó a dirimir la cuestión capital. Roca prefería a Rosario como capital federal y no a Buenos Aires. Pero Alberdi y Avellaneda lo convencieron de que no se podría gobernar el país si no se lo dirigía desde su centro de poder más importante, que era la ciudad de Buenos Aires con su puerto. Una prueba de ello había sido la rebelión de Tejedor. Roca reconoció la fortaleza de esos argumentos y accedió. El autor del Martín Fierro José Hernandez fue el diputado encargado de defender la federalización de la ciudad de Buenos Aires en la legislatura bonaerense. Protagonizó un memorable debate con Leandro N. Alem que se oponía a ceder la ciudad a la Nación. Se aprobó la cesión de la ciudad, quedando la provincia sin su cabeza. Pocos años después se construyó la ciudad de La Plata como capital bonaerense. Por fin la aduana y el puerto pasaron a ser propiedad de todo el país y sus rentas distribuidas equitativamente. Eso no significó una política hostil de Roca para con la ciudad de Buenos Aires. Por el contrario, el nuevo presidente nombró como intendente a Torcuato de Alvear, que la trasformó en pocos años en una ciudad de vanguardia a nivel mundial.

Diversos historiadores han evaluado estos trascendentales hechos muy poco conocidos de la historia nacional. Milcíades Peña en De Mitre a Roca expresó: «La capitalización era un hecho impuesto por toda la historia del país y fue la mayor reivindicación nacional contra la oligarquía bonaerense». Para Jorge Abelardo Ramos era el «dilema medular de la historia argentina: o la Nación recuperaba su capital, o la Provincia seguiría reteniendo en sus manos esa enorme cabeza alimentada con la savia de todo el país.. La antigua discordia entre Buenos Aires y el país moría por fin. Una nueva generación levantó la bandera de los caudillos exterminados. De esa continuidad extrajo Roca su fuerza irresistible en 1880».

Juan José Sebreli en Crítica de las Ideas políticas argentinas dijo: «En 1880, con la capitalización de Buenos Aires, se logró por fin organizar un Estado nacional, algo que había sido intentado vanamente en 1810, 1816, 1826, 1853. Sólo desde entonces puede decirse que existió el Estado-nación argentino». Para Ricardo Levene en Lecciones de Historia Argentina: «sin disputa la ley de capitalización ha sido el acontecimiento más importante en la historia política argentina después de la Revolución de Mayo y la organización constitucional, asegurándose la preeminencia del Presidente de la República, frente al poder político de que hasta entonces disponía el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires…La federalización de la ciudad de Buenos Aires fue la base para llegar al equilibrio político y consolidación de la organización nacional». Isidoro Ruiz Moreno lo calificó como «el primero y el último problema de la organización nacional».

El pensador peronista Arturo Jauretche escribió en Ejército y Política «en la revolución del 80, la oligarquía porteña es derrotada y el Ejército Nacional impone, conjuntamente con la capitalización de Buenos Aires un concepto de unidad del país frente a la hegemonía porteña». Galasso expresó de forma contundente: «Ese ejército, ya convertido en ejército nacional, con jefes probados en la lucha contra el malón, entra en Buenos Aires en 1880 para aplastar la nueva insurrección mitrista y federalizar la ciudad, nacionalizando las rentas de aduana y sellando la unidad del país…Crea un asiento federal al gobierno nacional, unifica definitivamente el país, da carácter nacional al puerto y pone fin al peligro balcanizador, pues, segregada Buenos Aires como país independiente, las provincias interiores se hubiesen convertido en un nuevo país latinoamericano ahogado y sin destino propio… La federalización de Buenos Aires, lograda por Roca y sus chinos, pone fin a una larga lucha de 70 años entre la oligarquía porteña y el resto del país». Igualmente enfático fue Alberdi: «el quebrantamiento del viejo poder oligárquico de Buenos Aires, mediante la nacionalización de la ciudad y de los recursos aduaneros, ponían fin a la usurpación portuaria de las rentas nacionales. Constituía el complemento histórico de la Revolución de Mayo, y es en tal carácter que la Revolución de 1880, realizada bajo la bandera de la legalidad sellaban con el sable la unidad del Estado…El país no podía quedar como estaba sin correr peligro de dividirse, si la Constitución seguía sin cumplirse en su fin más esencial, constituir un gobierno nacional. Donde hay dos gobiernos, existe el peligro de que haya dos países».

A partir de lograr por fin su estabilidad geopolítica en 1880, Argentina empezó un período de desarrollo sin precedentes en el mundo. Las ideas de Alberdi empezaban a concretarse. Fue el comienzo de la Argentina moderna. En sólo treinta años, los festejos del centenario de 1910 encontraron al país entre los más desarrollados del mundo, económica y culturalmente. Inmigrantes de todo el orbe acudían a nuestro suelo para proyectar su vida. No había sido fácil. Mucha sangre había sido derramada para lograr una organización que nos proyectara. Asociar la Vuelta de Obligado al concepto de soberanía nacional es un insulto a todos los que dejaron su vida por construir un país federal y desarrollado. Además, evidencia una miopía histórica que simboliza nuestro actual desconcierto. 

Nota: Gustavo Cairo – Diputado Provincial

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