El Presidente Fernández festejando el cumpleaños de su pareja cuando para el resto de los argentinos estaba prohibido ese tipo de actividad.

Una foto desató un escándalo político más profundo que el del vacunatorio vip. Otra vez una imagen vale más que mil palabras, según el viejo aforismo. Después de todo, las personas que fueron privilegiadas para vacunarse estaban inoculándose un inmunizante en medio de la pandemia, no se las sorprendió celebrando nada. Habían transgredido el principio de que la ley debe ser igual para todos, pero no abrieron champagne para hacerlo. Había un fusible entre el Presidente y el escándalo: Ginés González García, que pagó por propios y ajenos. La fiesta de cumpleaños de la primera dama, Fabiola Yáñez, sucedió el 14 de julio de 2020, cuando el país llevaba cuatro meses de una cuarentena estricta, que destruyó la economía, afectó la estabilidad emocional de las personas y les negó a los jóvenes el derecho a la educación. La foto (una primicia de la periodista Guadalupe Vázquez, de LN+) muestra a personas que parecen vivir en un tiempo que fue y en un país que ya no existía. 

La palabra del Presidente, que aseguró varias veces que no hubo reuniones sociales en Olivos, vale ya muy poco. Luego, se lamentó de que haya ocurrido lo que sucedió. Como le aconsejaron algunos ministros, debió pedir disculpas con palabras claras y directas. No lo hizo. Lamentarse es una manera de referirse a su propio estado de ánimo. Las disculpas son, en cambio, la mejor forma de reconocer un error ante la indignación de los otros.

Cuentan que Cristina Kirchner estaba (¿está?) indignada con su vicario en la presidencia. Le dedicó esos calificativos que le endilgaba a Oscar Parrilli, aunque con este lo hacía en conversaciones de amigos. Sostienen que el Presidente sintió que su nave recibió un impacto político. Algún asesor suyo le aconsejó que dijera que se había encontrado con una fiesta sorpresa en Olivos. La sorpresa de las fiestas está dedicada al que cumple años. Pero ¿quién puede entrar en Olivos para hacer una fiesta sorpresa? La residencia presidencial está custodiada por la policía bonaerense, por la Policía Federal y por tropas del Ejército, los Granaderos con uniforme de fajina. Todos ellos cumplen alguna tarea para permitir la entrada de cualquier invitado hasta las dependencias presidenciales. La mentira era imposible. Uno de sus ministros más cercanos le dio un consejo sensato entre tanto desatino: “Pedí disculpas. Es la única manera de cortar esto”. Alberto Fernández tomó la sugerencia a medias. Primero lo mandó al jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, a reconocer la autenticidad de la foto. “Fue un error”, dijo Cafiero, pero no pidió disculpas. Más tarde, el propio Presidente reiteró que se trató de un error, lo atribuyó a una iniciativa de su pareja (pobre Fabiola) y se lamentó, pero no pidió disculpas.

Hay preguntas que todavía nadie ha respondido. ¿Cómo pudieron los invitados trasladarse hasta Olivos en tiempos en que solo podían salir de sus casas las personas esenciales? Ninguno de los invitados tenía esa categoría. ¿Cómo hicieron para regresar a sus casas en la noche avanzada, cuando terminó la comida? El Presidente habló de que fue solo un “brindis”, pero según el registro de ingresos a Olivos los invitados llegaron antes de las 22 y se fueron casi a las 2 del día siguiente. Eso no fue un brindis. ¿Qué privilegios tenían para que hayan podido moverse con tanta libertad? Cuentan en los tribunales que el fiscal Carlos Stornelli descansó en Córdoba durante las recientes vacaciones de invierno. Un día fue con su hijo a conocer el bello pueblo colonial de Tulumba. Era la hora de la siesta, no había nadie en la calle, pero un patrullero les hizo una multa porque tenían el tapaboca en la mano y no correctamente puesto. Sucedió un año después del cumpleaños.

La edición del diario La Nacion del 15 de julio de 2020, el día siguiente al cumpleaños, daba cuenta de que la administración de la Capital estudiaba autorizar el running en determinadas horas del día, contra la opinión del gobierno nacional. Cuando eso ocurrió, el kirchnerismo culpó a los runners por un pico de contagios de coronavirus. El 16 de julio informaba que se había registrado el récord (hasta ese momento) de contagios en el país. El 17 de julio anunciaba que el 70 por ciento de las camas de terapia intensiva estaban ocupadas por enfermos de coronavirus en el servicio sanitario público y privado de la Capital. La cuarentena se extendería hasta octubre. Las reuniones privadas (o públicas) estaban prohibidas. Los hijos no podían visitar a los padres ni los nietos a los abuelos. Las personas morían solas. Las familias no podían enterrar a sus muertos. La libertad de circulación, una sustancial garantía constitucional, había sido eliminada con el inapelable método de ordeno y mando. El Presidente repetía que entre la salud y la economía prefería la salud y que, por ello, les imponía dolorosas restricciones a los argentinos.

En ese contexto histórico se tomó la foto que muestra a un grupo de personas en una fiesta, sonrientes y alegres, sin tapabocas ni distanciamientos. Estaban en la casa de los presidentes. Hacían todo lo que el principal protagonista de esa foto le había prohibido al resto de los argentinos. Es justo hablar solo del principal protagonista. Los invitados no tienen la culpa. Nadie rechaza una invitación del Presidente.

El tercer trimestre de 2020 (abril, mayo y junio) fue el peor que haya vivido la economía argentina en su historia. El PBI cayó un 15 por ciento en esos meses, inmediatamente anteriores al cumpleaños. La economía fue una víctima fundamental de la cuarentena estricta. Con el rebote de la economía cuando se flexibilizaron las restricciones en octubre, el PBI terminó cayendo un 10 por ciento en 2020, una de las caídas más significativas en la triste historia de la economía argentina. En el erial en que se encontraba el país, ese año cerraron 90.700 locales comerciales y 41.200 pymes, según un informe que la Confederación de la Mediana Empresa Argentina (CAME) difundió el 27 de diciembre de 2020. El 15,6 por ciento de los comercios del país cerraron definitivamente. No se trató de mudanzas a zonas más baratas, como suele suceder en tiempos de recesión, porque el porcentaje de mudanzas fue solo del 0,3 por ciento. Más de 185.000 personas perdieron su trabajo y el salario real cayó en un 5 por ciento. El informe de la CAME señala que cerraron en promedio 9 locales comerciales por cuadra en zonas no residenciales. El país estaba hundido en la depresión social y económica.

Aunque en los ocho meses posteriores la cifra se duplicó (superó, en verdad, la duplicación), lo cierto es que en diciembre de 2020 había ya 45.000 muertos por Covid-19 en el país. El entonces récord de contagios en el día del cumpleaños era de 4250 y un centenar de muertos diarios. Después fue mucho peor. Se llegó a días de más de 40.000 contagios y los muertos suman ya más de 108.000. Pero el día del cumpleaños el país estaba viviendo la peor situación hasta ese momento. En esos días, el Presidente había comenzado una exitosa negociación con Pfizer para abastecer con esa prestigiosa vacuna al mercado argentino. Esas conversaciones se frustraron después, cuando el Gobierno optó por la vacuna rusa Sputnik V, opción que terminaría en un naufragio. El laboratorio ruso no pudo enviarles a los argentinos en tiempo y forma la segunda dosis esencial. Los errores no fueron solo los del cumpleaños, aunque este sea el que más exhibe hipocresía e insensibilidad.

El insuperable Aníbal Fernández justificó al Presidente diciendo que este llegó a la residencia presidencial y se sorprendió con la fiesta. Si fue así (algo improbable), el Presidente debería reflexionar sobre la falta de diálogo con su pareja. Y, desde ya, Aníbal pidió que se investigara al gobierno de Mauricio Macri, que es el último recurso de los kirchneristas cuando ya no tienen ningún recurso. Una simple foto (puede haber más) los había dejado sin recursos, sin relato, sin paliativos. Desnudos en la intemperie.

Por Joaquín Morales Solá, publicado en diario La Nación.

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