El 12 de diciembre de 1947, en La Salinilla, distrito de Agua Escondida, nació Susana Cerna, la protagonista de esta historia de vida.

Sus padres fueron Carmen Vázquez (hija de Dominga Rojas y Manuel Vázquez) y Nicolás Cerna, (hijo de Juana Martínez y Pedro Cerna). El matrimonio además tuvo a Arnulfo, Rosalía y Nilda.

“Nosotros nos quedamos sin mamá cuando mi hermano mayor tenía seis años y mi hermana más chica cinco meses. Mi madre estuvo un tiempo enferma y falleció. Yo tenía dos años, por lo que no tengo recuerdos de cómo era. A mí me crió mi abuelita paterna, yo desde chiquita pasaba en la casa de ella y cuando mi mamá se enfermó le pidió a la abuelita que se hiciera cargo de mí. Tuve una infancia muy linda. Vivíamos en lo que ahora le dicen el pueblito de La Salinilla. Ese lugar en esos años era como un puesto grande, mis tíos y primos vivían en todos cerca. Como a los cinco años de haber fallecido la mamá el papá formó pareja y mis dos hermanos mayores se fueron con él, yo y mi hermana menor nos quedamos con la abuelita. De todas maneras, vivían en el alrededor” relató Susana cuando comenzamos a conversar.

Seguidamente agregó “la abuelita fue una madre. Ella me enseñó las labores de la casa, cuando tenía unos 10 años a las 05:00 ordeñaba las vacas para hacer el queso. Cuando yo tenía como 12 años, La Salinilla ya se parecía más un pueblito. A esa edad la abuela me dejó a cargo de la casa porque ella ya estaba muy viejita. Tenía que encargarme de organizar para darle de comer a los 15-20 obreros que venían para la época de la esquila y las cosas de todos los días que se hacen en un hogar. La cocina de la abuela era como las de antes, una pieza con un fogón en el medio, que se llenaba de todo de humo (risas). Ahí se hacía el desayuno, el almuerzo y siempre había un rescoldo de brazas para llegar y calentar agua para el mate. Cuando llegaban los viajantes yo tenía que llevar la cuenta de lo que faltaba, agarrar la plata y pagar. Ni yo ni mis hermanos fuimos a la escuela porque a la abuela no le gustaba porque había que estar de alumno interno en las escuelas, en esa época había que ir a Agua Escondida o Agua del toro. Aprendí a escribir a los 13 años, gracias a un viejito que se quedó sin trabajo en Agua Escondida y se quedó un tiempo en la casa de mi abuela enseñándonos a un grupo de chicas de La Salinilla. Aprendí todas las letras pero me costaba unirlas, de grande empecé a hacerlo leyendo la biblia. Reconozco que sé leer, pero soy floja escribir”.

Contó que la sal para el uso doméstico la extraían, junto a sus primas, de una salina ubicada en el paraje donde nació.

En una época donde ni el guanaco ni el choique estaban vedados para la caza, esos animales formaban parte de la dieta de las familias de los alrededores de La Payunia.

“En ese tiempo había libertad de comer los animales del tiempo y mis tíos salían a buscar para hacer unos buenos asaditos de guanaco o unas lindas chayas de avestruz. En La Salinilla los puesteros criaban ovejas. Habían de 4.000 a 5.000 ovejas. Don Heriberto Martínez tenía unos tantas. Donde ahora está la placita de La Salinilla se juntaban las ovejas para organizar las esquilas ¡Eran hermoso y ahora no queda nada! Se juntaba mucha gente, en marzo y octubre se hacían las esquilas. La lana se ponía en unos lienzos grandes y se guardaban en unos galpones hasta que venían los compradores. Por aquellos campos no se llevan los animales a las veranadas, solo se suelen hacer corrales un poquito apartados para dar la parición de las chivas. Las mercaderías las llevaban los vendedores ambulantes, en ese tiempo había muchos por aquellas partes, la mayoría llegaban en camiones. La gente se manejaba mucho con Agua Escondida, ahí había un negocio de un hombre de apellido Correa. Cuando teníamos que ir a San Rafael íbamos los camiones, muchas veces arriba de las cargas de lanas, se tardaba todo un día entero en llegar, pasando por El Nihuil, si uno iba por General Alvear un poco más” agregó Susana.

Respeto de esos viajes en camiones cargados de lanas trajo a colación una anécdota.

“Las cargas se habían bien altas, pasando las barandas de los volquetes para arriba, en el medio nos hacían un lugar para que fuéramos nosotros. Viajamos una vuelta con un primo y llevábamos un cordero vivo. En unos de los saltos que daba el camión por lo malo del camino el cordero se fue para abajo y se cayó, y mi primo detrás de él. Los que iban arriba de la carga nos gritaban, pero adentro de la cabina no escuchábamos. Cuando se dio cuenta el chofer se había alejado como un kilómetro, paramos y vimos que mi primo venía con el cordero de tiro (risas). Uno ahora se ríe, pero pudo haber sido muy grave esa caída” expresó la mujer.

A la edad de 15 años, por razones de salud de su abuela se trasladaron a Rama Caída, San Rafael. Allí tuvo que trabajar realizando labores domésticas en casas de familia y también en un secadero de frutas.

Se casó a los 21 años con Carmelo Alejo Barrera, plomero. Alquilaron una vivienda en Pueblo Soto, más tarde se trasladaron a Pueblo Usina y luego adquieren una finca en Las Paredes. Para ese entonces Barrera trabajaba en el hospital Teodoro J. Schestakow, prestando los servicios de su oficio. Tuvieron siete hijos: Fabián, Gustavo, Carina, David, Claudia, Griselda y Daniel.

Cuando el menor de sus hijos tenía 6 años, don Carmelo, que era oriundo de Real del Padre San Rafael, realizó una permuta de cargo con un empleado del hospital Malargüe que necesitaba vivir en San Rafael para atender la salud de uno de sus hijos. Así, la familia se instaló en nuestra ciudad, adquiriendo una vivienda en calle Pedro Pascual Segura, entre Aldao y Puebla (lugar donde ella vive actualmente). Susana retornaba al departamento que la vio nacer.

Su esposo llegó como plomero al hospital Malargüe y al poco tiempo pasó a desempeñarse como chofer de una ambulancia. Paralelamente, en sus momentos descanso o franco, realizaba trabajos de plomería y gasista. El hombre falleció en 1998.

“Mi marido fue un hombre muy trabajador, no sabía de sábados ni domingos, pero nunca faltó el pan en la mesa. Nunca dejó que yo trabajara a fuera desde el momento que nos casamos. Él fue quien me predicó en el Evangelio y desde hace 52 años estoy en la iglesia cristiana evangélica”, consignó la mujer que actualmente es parte de la comunidad de la iglesia “La fe de Cristo pentecostal”, a cargo del pastor Cayul.

Actualmente Susana tiene 26 nietos y 8 bisnietos. Algunos de sus hijos poseen casas junto a la de ella por lo que nunca le faltan las visitas de su familia íntima en su hogar.

“Me gusta estar en mi casa, la cuarentena me ha hecho bien hasta para mis enfermedades. Me parece que los que tenemos que cuidarnos somos nosotros, especialmente la gente más grande.  Trato de salir solo los martes, los jueves y cuando voy a la iglesia. Si cada uno se cuida no nos vamos enfermar”, expresó doña Susana cuando comenzamos con el registro fotográfico para ilustrar esta sección.