Telva Maya, que nació el de 29 agosto de 1935, es la mayor de los siete hijos que sobrevivieron del matrimonio que habían conformado Victoria Álvarez y Secundino Maya. Los demás hijos son: Delina, Segundo Secundino (fallecido), Salvador (fallecido), Gregoria (fallecida), Elcira y José. Antes de Telva habían fallecido al nacer otros dos niños. Vivian en puesto La Agüita, en proximidades de Mina Ethel.

Victoria era hija de Carlos Álvarez. Su madre falleció a temprana edad por lo que fue criada por Ramona Vázquez, con quien su padre se casó en segundas nupcias. Vivian en Chacayco. Don Secundino era hijo de Baldomera Maya.

“Todos nosotros nacimos en ese puesto (La Agüita), me acuerdo que una señora iba atender los partos de mi mamá. Mi papá tenía chivas, ovejas y vacas a medias con otras personas. Amansaba animales, al finado Juan José Bravo le amansaba hasta 12 mulares y los dejaba tan mansitos que nosotros sabíamos andar en ellos, cuando no le pagaban le daban animales a cambio. En ese tiempo lo que ahora le llaman trueque era algo muy común. Todos nosotros trabajábamos a la par de mi papá. Yo amadrinaba los animales” señaló esta activa mujer que se encamina a cumplir sus 85 años.

Al recordar a su madre expresó “mi mamá tejía al telar, a dos agujas, hilaba lana de oveja y de guanacos, bordaba, cosía y nos enseñaba a nosotros hacer esas cosas. Hacía unos ponchos de lana de guanaco hermosos y los vendía. Las ovejas se esquilaban a tijera y toda la familia tenía que ayudar”.

“Mi abuelita Baldomera era una mujer muy activa, de andar a caballo, pese a que le faltaba una pierna y tenía que usar una muleta. Resulta que vivía en La Batra y empezó a nevar, entonces tuvo que ir a buscar una tropilla de caballos que estaban amansando en la falda de un cerro para traerlos al corral. Se bajó para arreglar la montura, el caballo no la dejó que lo volviera a montar y salió detrás de los otros. Ella cayó y tuvo una fractura expuesta arriba del tobillo. Estaba lejos del puesto y en medio de la nieve, como pudo, llegó a la casa. Estaba sola porque vivía con dos hermanos, pero se habían ido a un rodeo a otro puesto. Ella me contaba que hizo hervir agua y preparó una salmuera y metió ahí el pie. Esa noche no pudo dormir del dolor, al otro día llegó un hombre al puesto y salió a buscar a los hermanos, que ya venían de regreso. Cuando ellos llegaron la subieron en un carro y salieron con ella a San Rafael, en una época que no había rutas, tardaron varios días en llegar y la pobre toda adolorida. Cuando llegaron ya se le había gangrenado la pierna. Se la tuvieron que cortar, primero en la rodilla y más tarde en la cadera. Después de muchos meses en el hospital la trajeron al hotel que tenía don Elías Bravo, donde ahora está la estación de servicio La Cordillera, para que se recuperara. Al tiempo volvió al campo y siguió haciendo todas las cosas de la casa, hilaba, tejía, subía a caballo, era muy activa” relató más adelante.

Cuando tenía alrededor de 16 años, Francisco Lázaro, un vendedor ambulante que recorría la zona este de nuestro departamento les propuso a sus padres llevar a Telva a trabajar como empleada en la casa del comerciante Tomás Abetti, de Cañada Seca, San Rafael.

“Mis papás al principio no querían que me fuera, pero después se decidieron y me fui. Ellos me mandaron a la escuela, tenían una hija que era profesora de corte y confección y me enseñó costura. Estuve con esa familia hasta los 23 años, que volví al puesto de mi papá” recordó más adelante.

Al poco tiempo conoció a quien sería su esposo, Policarpo González Carrasco, oriundo de Poti Malal.

Así recordó ese momento “él trabajaba para un instituto del ejército haciendo estudios, llegó con una comisión a realizar unas mediciones en la zona del puesto de nosotros y se quedaron como tres meses. Ahí nos conocimos y nos pusimos de novios. En esa época el muchacho tenía que pedir la mano de la chica al padre. Cuando él se tuvo que venir, porque se le había muerto el padre, nos seguimos comunicando por cartas. Estuvimos nueve meses de novios y en 1950 nos casamos. Tuvimos que venir a Malargüe para eso, pero la fiesta la hicimos en el puesto de mi papá. Como mi marido trabajaba para ese entonces en fábrica Grassi nos vinimos a vivir a una casita que estaba en la esquina de Ruibal y Emilio Civit, después alquilamos cerca de la fábrica de yeso de Santisteban (ubicada por entonces en la manzana comprendida entre las calles Rodríguez, Telles Meneses, Villegas y Álvarez). Yo cosía para afuera, tejía pasamontañas y bordaba cigarreras que mi marido les vendía a los compañeros de la fábrica. Cuando pudimos compramos el lote donde nos hicimos nuestra primera casita, en la calle Luis Tejedor y Havestad, un terreno de 25 por 50 metros, que tenía 1.300 adobes. Nos costó en ese tiempo 17 pesos, como parte de pago al dueño le entregamos una bicicleta (risas). Con los adobes nos hicimos una cocina-comedor y un dormitorio, después ampliamos. Al pasar los años nos hicimos la casa de la esquina. Cuando llegamos al barrio había pocas casitas y le decían barrio Sur, después le pusieron Gustavo Bastias. Mi marido era de tener muchos amigos, compañeros de trabajo. Le gustaba tocar la guitarra, pero no era de salir, a no ser que fuéramos a alguna fiesta familiar”.

Telva y Policarpo (fallecido) tuvieron tres hijos: Luis Alberto “Cogollito” (casado con Ada), Verónica y Alejandra. Tiene tres nietos: Darío, Fernanda y Exequiel y una bisnieta, Abril Guadalupe.

La familia González tuvo a cargo una estafeta postal en su domicilio, donde también montaron un kiosco. Al fallecer su esposo, un sobrino, Miguel Bravo, llegó a colaborar con las tareas que demandaban esas actividades.

Doña Telva con mucho sacrificio les pudo pagar el estudio a sus hijas, fuera de nuestra provincia.

“En esos años era difícil tener a los hijos en otro lugar, Luis vivía en Buenos Aires y las chicas en la universidad. Como no había línea de teléfono en el barrio teníamos que venir al centro a hablar desde la central de telefonía. Con un proveedor les mandaba a mis hijos las encomiendas hasta San Rafael y desde ahí ellos las ponían en los colectivos. Cuando cerraron las estafetas postales, y todo lo que hacíamos nosotros lo llevaron al correo, empezamos a salir a vender mercadería al campo. Empezamos a venir a La Junta (donde hoy vive y tiene un negocio) con mi sobrino, porque mis hijas no sabían manejar la camioneta que teníamos. Aquí había un campamento muy grande de la firma Alguacil, que sembraba papa. Venimos todo lo que trajimos, después empezamos a salir con las chicas a Las Chacras, Ojo de Agua, Los arroyos, El Sosneado, El Salitral. Si la gente no tenía plata nos pagan con gallinas, patos, pavos”, agregó la mujer.

En ese tiempo accedió a un lote en La Junta. Primero realizó una siembra de ajos, más tarde comenzó a levantar su casa, hasta que, en 2004, decidió establecerse con un comercio que ella misma atiende. Rara vez viene a la ciudad, prefiere recibir a la familia en su casa.

“Yo creo que nunca es tarde cuando se quieren hacer las cosas, a los 16 años fui a la escuela, a los 70 decidí venirme sola a La Junta (risas). Gracias a Dios tengo una buena salud, las únicas veces que he estado internada es cuando he tenido a mis chicos, y ellos están pendientes de mi todo el tiempo, les gusta venir a estar conmigo cuando sus trabajos se los permite. Me gusta estar en actividad y creo que todo se logra con sacrificio, sino es imposible poder tener algo” concluyó la mujer, que tiene mucho más para contar, pero seguramente quedará para otra oportunidad, el espacio de esta sección es acotado y siempre resulta poco.