Argentina superó los 100 mil muertos por COVID-19 después de 494 días de registrar el primer fallecido. Se ubica en el puesto 11 de este ominoso ranking mundial. En este tiempo hemos visto desde el heroísmo de los médicos y enfermeros hasta la increíble mezquindad de quien se aplica una vacuna antes de tiempo. Las avalanchas de decesos se explican por un cúmulo de situaciones. Escalón por escalón, esto sucedió en la Argentina para trepar a una cifra que no estaba presente, a principios del año pasado, ni en la peor de las pesadillas.
La enfermedad originada en Wuhan, China, a finales del 2019, lleva un año, cuatro meses y 11 días entre nosotros, pero el mundo estaba en alerta ya a principios de enero del 2020.
El 23 de enero de ese año, el entonces ministro de Salud de la Nación, Ginés González García, minimizaba el impacto que el nuevo coronavirus -aún no había sido declarado pandemia- podía tener en nuestro país.
“No, hasta ahora no tenemos ninguna posibilidad que no sea un caso importado”, dijo en La Red. Y poco después, redobló la apuesta en una entrevista que brindó a C5N: “Estoy mucho más preocupado hoy por el dengue en la Argentina que por el coronavirus”.
Pasó más de un mes, el virus se había propagado desde China a Europa, donde hacía estragos, especialmente en Italia y España. Fue desde Barcelona que llegó el primer caso que tuvo nuestro país. El 3 de marzo, Claudio Ariel Pazzi fue diagnosticado con COVID-19 e internado en el hospital Agote, en medio de un enorme operativo de seguridad.
Apenas cuatro días después se produjo la primera muerte. La víctima fue Guillermo Abel Gómez, un recolector de basura y militante peronista que en la década del ’70 actuó en las villas de emergencia.


Para Ginés González García -según expresó al Canal 12 de Córdoba tiempo después- el virus “comenzó con la clase media y media alta que viajaba”. La historia de Gómez indica que al llegar la dictadura militar se exilió en Europa junto a Nelly, su pareja, a quien habían secuestrado y liberado poco tiempo antes. Con la Democracia retornó a la Argentina, pero parte de su familia permaneció en Francia. Precisamente había viajado allí para visitar a una de sus hijas, nacida en París. Regresó el 25 de febrero y tres días después comenzó a sentir los primeros síntomas: fiebre y dolor de garganta. El 7 de marzo murió en el hospital Argerich. Recién en la autopsia se conoció padecía la enfermedad.
En medio de una gran incertidumbre, sin tratamiento ni vacunas por entonces, el presidente Alberto Fernández dio una improbable receta para combatir el virus. El 12 de marzo, señaló en una entrevista con Radio Mitre: “Según dicen todos los informes médicos del mundo, muere a los 26 grados. El calor mata el virus…”.


Un día después, Eric Luciano Torales, un joven empleado bancario llegado desde los Estados Unidos, eludió el cumplimiento del decreto presidencial que exigía 14 días de aislamiento. Fue a una fiesta de 15 e infectó a varias personas, entre ellas su abuelo, Luis María Suárez, que murió apenas dos semanas después. Fue la primera prueba palpable y contundente de la capacidad de propagación del virus. Todavía no existían las variantes más contagiosas y mortales, como la de Manaos y la Delta.El anuncio de Alberto Fernández del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio. Lo rodearon Omar Perotti (Santa Fe), Horacio Rodríguez Larreta (CABA), Axel Kicillof (Provincia de Buenos Aires) y Gerardo Morales (Jujuy).
A mediados de mes, el presidente Alberto Fernández recibió un informe reservado del ministerio de Salud: Las proyecciones llevaban a una hipotética cantidad de enfermos que iba de los 250.000 a los 2.200.000. No lo decía, pero de acuerdo al ritmo de decesos que se registraban en China y Europa, el cálculo daba entre 2.000 y 60.000 muertos. Se quedó corto.
Con esos números en la mano, el gobierno comenzó con las restricciones. El 15 de marzo se suspendieron las clases en forma presencial. En principio fue por 14 días. Los chicos recién volvieron a clases presenciales este año.3 de abril de 2020, una de las dramáticas escenas con jubilados por el caos originado por el anuncio de pagar jubilaciones y pensiones en un solo día.
Cuatro días más tarde, con 128 infectados y 3 muertos, Alberto Fernández -rodeado del jefe de gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta, y los gobernadores de Buenos Aires (Axel Kicillof), Santa Fe (Omar Perotti) y Jujuy (Gerardo Morales) anunció el aislamiento social, preventivo y obligatorio (ASPO) en todo el país. Como las restricciones a los vuelos y la ausencia de clases presenciales, la cuarentena iba a durar dos semanas. Pero se fue extendiendo cada vez más: al término de cada DNU se anunciaba la puesta en vigencia del siguiente.

Una de las primeras consecuencias de la virtual clausura del país fue la aparición de argentinos varados en distintos países del mundo. Para finales de marzo eran 30 mil los que pugnaban por regresar sin éxito. Muchos de ellos, médicos. Fue un verdadero drama que puso a muchos argentinos en riesgo de contagiarse: era habitual que, al buscar una rápida vuelta a casa, se apiñaran en aeropuertos de países que, en ese momento, estaban con tasa de contagiosidad mucho mayor a la de Argentina.
En medio del cierre total, el gobierno decidió la apertura de los bancos para pagar jubilaciones y aguinaldos. Es decir, el sector etario que más riesgo corría de infectarse con el virus. Aquel 3 de abril fue un verdadero caos.
El 11 de abril, durante una entrevista con el canal Net, el presidente lanzó un par de frases que, vistas desde hoy, suenan como una profecía autocumplida: “Yo no podría vivir en paz sabiendo que pudiendo evitar una muerte, deje que esa muerte ocurra. No quiera pensar lo que sería en mi conciencia dejar que mueran 40 mil”. Y más tarde, señaló: “Prefiero tener un 10% más de pobres que 100 mil muertos en la Argentina”.

Estos números hicieron que el gobierno nacional regresara, en mayo, a la virtualidad educativa. La discusión volvió a agrietar la relación entre la administración de Alberto Fernández -que emitió un DNU para lograr su objetivo- con la de Horacio Rodríguez Larreta, que decidió la presencialidad de las clases, aunque no en su totalidad. Las protestas en las calles se multiplicaron, llegando a las mismas puertas de la Quinta de Olivos. El presidente señaló que eso era “jugar con fuego, y yo lo que lamento es que ese fuego va a quemar a la gente”. El tema llegó hasta la Corte Suprema de Justicia, que falló a favor del gobierno porteño.Vuelta a clases en la Ciudad de Buenos Aires. En este caso, en el Colegio ORT.
Las cifras de mayo fueron lapidarias en términos sanitarios. El 27 de ese mes se llegó a un récord diario de 41.080 casos registrados de COVID-19. En el lapso de 30 días, los muertos fueron más de 14 mil, para concluir en 64.096.
El sistema de salud amenazó con colapsar: en los primeros días de junio se comprobó que en 13 provincias, la ocupación de las camas de terapia intensiva estaban en un 80% de su totalidad. En Río Negro y Santa Fe estaban prácticamente saturados: alcanzaron al 97%. Neuquén y Corrientes con el 91% y San Juan con el 90% completaban el oscuro panorama, con pacientes aguardando una cama en pasillos o directamente en el piso, y ambulancias que demoraban hasta 24 horas para hacer un traslado. La vacunación, por su parte, alcanzó ese mes para que al 21% de los argentinos tuviera una dosis. Santiago Cafiero y Carla Vizzotti en la llegada de vacunas de Astra Zeneca (Presidencia)

Para hacer más polémica aún la falta de vacunas, en un zoom, Santiago Cornejo, el titular para América Latina del Fondo COVAX -que responde a la Organización Mundial de la Salud y entrega vacunas a países con dificultades para adquirirlas- señaló que “antes de hacer cada acuerdo le preguntamos a los países si quieren acceder a esa vacuna y en el caso de Pfizer (Argentina) nos han dicho que no”. Ante el reclamo del Gobierno, Cornejo le envió un mail a Carla Vizzotti, que lo publicó y decía en su párrafo central: “Estamos subiendo un comunicado en nuestra página web aclarando que la Argentina tenía interés de recibir la vacuna de Pfizer a través del mecanismo COVAX, pero como no acordó con los términos de indemnización y responsabilidad del fabricante, no pudo continuar con la ventana de COVAX”.
El 22 de junio se registraron 792 muertos, récord de muertos diarios. Con ese número, se superaron los 90 mil fallecidos.
En el mundo, mientras tanto, una nueva variante de COVID-19 sumaba preocupación por su alta contagiosidad: la variante Delta comenzó a propagarse por todo el mundo. Después de mas de un año con distinto grado de restricciones aéreas, muchos argentinos habían viajado al exterior. El gobierno, a través del DNU, restringió la posibilidad de regresar a 600 compatriotas por día. Esto ocasiona numerosos trastornos.

El 29 de junio, Florencia Carignano, la directora de Migraciones, señaló al respecto: “Hay algunos argentinos que se han ido de vacaciones y que tardarán un poco más en regresar. Nada más que eso”. En los últimos días de julio, la posibilidad se amplió: pasó de 4.200 por semana (600 por día) a 5.200 en ésta. Próximamente se incrementará hasta llegar en forma progresiva a los 1.000 por día entre el 24 de julio y el 6 de agosto. Pero aun así, será la mitad que lo permitido antes de estas restricciones. Equipo Argentino de Optimist varado en el Aeropuerto de México (Infobae)
A pesar que el país se encuentra en el puesto 17 en la administración de las vacunas, el problema radica que en la inoculación total -con dos dosis- se llegó al 11% de la población, ubicándose en el puesto 12 entre 19 países de la región. Por supuesto, el reclamo para que se complete el esquema previsto no se hizo esperar. Esto ocasionó la respuesta del presidente Alberto Fernández: “Estamos en un país donde graciosamente se acusa de coimero al que tiene que comprar vacunas para los argentinos, y se acusa de envenenador al que consigue las vacunas. Y cuando el envenenador consigue las vacunas le reclaman la segunda dosis de veneno. En ese país vivimos, y dicen que no tienen libertad”.
El 11 de julio, el gobierno firmó un acuerdo con el laboratorio norteamericano Moderna Inc. para recibir 20 millones de dosis de su vacuna contra el COVID-19.
El 14 de julio, Argentina superó las 100 mil muertes por COVID-19. Quizás, la suma diaria de contagios y fallecidos, las cifras repetidas una y otra vez desde hace un año y cuatro meses, hayan anestesiado nuestra sensibilidad. Pero si lo pensamos en términos de padres, madres, abuelos, hijos, sobrinos, tíos, primos, amigos, compañeros de trabajo, vecinos o conocidos, nos daremos cuenta de la verdadera dimensión de esta tragedia.
Fuente: Infobae.
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