El sur mendocino, otra vez a oscuras: cuando la energía se corta, también se apaga la pertenencia.
En el sur de Mendoza, esta vez no fue una metáfora. Durante horas, el corte de energía dejó sin luz a miles de hogares, hospitales, escuelas y emprendimientos productivos en San Rafael, General Alvear y Malargüe. Pero el apagón no fue solo eléctrico. Fue también el reflejo de una desconexión institucional, estructural y emocional que crece silenciosamente: el sur provincial se siente lejos. Y cada vez más.
Las causas inmediatas del colapso son múltiples: una sobrecarga en la línea de 132 KW desde Capiz, el estado precario de la infraestructura, el no funcionamiento de las Centrales Hidroeléctricas Nihuil I y II (y la III a modo preventivo también inhabilitada), una de las joyas históricas del sistema energético mendocino. Pero lo que duele es que no se trata de un hecho aislado. Lo que se cae con el sistema eléctrico es una parte del pacto territorial que mantiene unida a la provincia.

En enero, tras una fuerte tormenta en el Cañón del Atuel, en San Rafael, se vieron seriamente afectadas dos de las cuatro centrales hidroeléctricas. Desde la concesionaria actual aseguran que se encuentran trabajando, pero que el proceso será largo, y que el estado de los caminos cercanos a los Nihuiles dificulta los arreglos. La incógnita de hoy es poder responder si hay responsabilidades omitidas, quiénes asumirán los costos y si el peso de las leyes de concesiones, tanto nacionales como provinciales, se aplicará para asegurar la transparencia, eficiencia y operatividad en la gestión de la energía en la provincia.
A eso se suma una situación que parece pasar desapercibida en los grandes titulares: el estado deplorable de las rutas del sur, que no solo ralentizan el desarrollo económico, sino que ponen en riesgo la vida cotidiana de miles de personas. Las líneas de colectivo rompen sus unidades, los productores pierden conectividad y tiempo, y los maestros de escuelas rurales como la de Agua Escondida no llegan a destino. En algunos parajes, los chicos pierden días de clase no porque no quieran aprender, sino porque los docentes no pueden llegar.

Mientras tanto, el FOPIATZAD, el fondo fiduciario creado por la Ley 8986 para sostener obras eléctricas en zonas aisladas, está envuelto en una decisión que genera más dudas que certezas. El Poder Ejecutivo provincial, mediante el Decreto 330/2025, propone reemplazar a EMESA (empresa estatal con perfil técnico) por Mendoza Fiduciaria S.A. (entidad de perfil financiero) como administradora del fondo. ¿Por qué? ¿Cuáles son los argumentos técnicos? ¿Qué informe jurídico avala este traspaso? ¿Quién se hará cargo de los proyectos en ejecución? ¿Dónde está la rendición de cuentas del fondo?
¿Se transfiere por falta de eficiencia y por no haber cumplido sus objetivos, o es solo un cambio en la gestión de estos fondos?

Las preguntas siguen abiertas. Las respuestas, ausentes.
Y en medio de esa incertidumbre, la gestión se disuelve entre silencios. El gerente general de EMESA ha renunciado y se fue al sector privado, a la misma empresa de la cual vino al Estado. No hay informes públicos sobre el estado de los proyectos ni claridad sobre quién supervisará las obras que deberían evitar apagones como el que sufrió el sur. La comunidad siente que, además de perder energía, está perdiendo representación. Y con ella, esperanza.
Porque el sur no solo aporta. El sur sostiene, produce, trabaja y resiste. Pero cada vez que una obra no se termina, una ruta no se arregla, una inversión se dilata, la economía local se paraliza y la vida se complica. La heladera se apaga, el campo se arruina, el comercio se frena, la conexión a internet se pierde. Lo saben los chacareros, los comerciantes, los médicos, los estudiantes, los choferes, las maestras rurales. Todos lo viven, aunque pocos lo escuchen.

La historia mendocina está llena de momentos en los que la decisión política transformó realidades. Felipe Llaver lo supo cuando intentó recuperar para Mendoza el control de Los Nihuiles. Porque la energía no es solo un recurso: es soberanía, pertenencia y justicia territorial.
Hoy, cuando el sur estudia la geografía de la provincia pero no se siente parte de ella, necesitamos más que obras: necesitamos una visión integral, humana y federal del desarrollo. Una que mire al sur no como un lugar remoto, sino como parte esencial de lo que somos. Una que entienda que el equilibrio territorial no se construye con decretos, sino con decisiones políticas valientes, diálogo sincero y planificación con visión de futuro.

La energía es desarrollo. Pero también es dignidad. Y el sur mendocino merece ambas.
Por eso, más que nunca, es hora de volver a encender los vínculos. Gobernar es escuchar. Construir es incluir. Y el desafío no es solo técnico, sino profundamente político y humano.
Porque el sur también es Mendoza. Y si lo abrazamos, la provincia entera va a brillar.
Por Diputada Jimena Cogo, La Unión Mendocina.
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