
“Nos quitaron los abrazos, la familia y la posibilidad de despedirnos. Hoy soñamos con volver a una Venezuela libre y digna.”

Más de siete millones de venezolanos viven hoy fuera de su país. Dispersos por América Latina, Estados Unidos y Europa, forman una diáspora marcada por despedidas inconclusas, duelos a distancia y familias partidas. En Malargüe, esa historia colectiva tiene rostro, nombre y una voz que combina fe, memoria y una lectura política lúcida de la realidad venezolana.
“Somos la familia Rojas Torres”, dice Carolyne Torres, sentada junto a su esposo, Gabriel Rojas. Llegaron a Malargüe hace 16 años, cuando Venezuela todavía no mostraba del todo el abismo que se avecinaba. “Salimos por un llamado de Dios”, explica ella. Vinieron a replantar la primera iglesia bautista de la ciudad. No escapaban de una persecución política ni de una crisis visible. “Todavía no se veía todo lo que se nos venía encima como nación.”
Llegaron con una hija de dos años. Hoy esa niña tiene 18. En el camino nacieron otros dos hijos y se consolidó una familia que echó raíces en Argentina, mientras miraba con dolor cómo el país que dejaron atrás se desmoronaba.
Una familia que se fue trayendo de a poco
Carolyne habla de Venezuela como de un tiempo en el que la familia estaba completa. Y cuando dice eso, algo se abre. Como si esa frase desplegara, de golpe, el mapa íntimo de los afectos rotos por la distancia. “Allá quedó toda nuestra familia… y poco a poco ellos fueron migrando”, cuenta.

La migración no fue un corte abrupto, sino un proceso lento y doloroso. Con los años, algunas piezas comenzaron a moverse hacia Malargüe. Llegaron primero sus hermanas: una terminó estableciéndose en Chile, otra en Estados Unidos, aunque pasó un tiempo por esta ciudad. Después vinieron sus suegros. Más adelante, cuando la situación en Venezuela se volvió insostenible, se sumaron una cuñada, una sobrina, un primo de Gabriel y el papá de esa sobrina.
Pero no todos pudieron venir a tiempo.
“Después que falleció mi papá… por falta de medicamentos… nos trajimos a mi mamá para acá”, dice Carolyne. Su padre murió en Venezuela sin poder acceder al tratamiento que necesitaba. Esa muerte dejó una escena imposible: una mujer mayor sola en medio del colapso. “No podía quedar allá sola”, repite, como si todavía necesitara convencerse de que no había otra opción.

Del lado venezolano quedaron, sobre todo, los mayores. Abuelos, tíos. Y una abuela que aún permanece allí, sosteniendo la memoria familiar. “Las personas mayores”, dice ella. En esa frase breve se condensa todo lo que no se puede resolver desde lejos: el cuidado que no llega, el abrazo que falta, la angustia constante de no poder estar.
Gabriel lo pone en palabras desde otra textura:
“Ha sido un proceso bastante difícil… hemos visto el deterioro del país. Hoy Venezuela no es ni siquiera la sombra de lo que nosotros dejamos.”
Y subraya algo que atraviesa toda la experiencia del exilio: la distancia no anestesia el dolor. “Uno tiende a pensar que estar lejos no lo sufre… pero cuando amás a tu patria, cuando amás a la gente que está allá y tenés la esperanza de volver, y ves que cada vez se hace más complicado… duele, y duele mucho.”
Ellos son pastores. Y esa fe no aparece como una consigna, sino como un sostén real: cuando la información se corta, cuando la familia no responde, cuando una noticia irrumpe de golpe y el cuerpo se llena de incertidumbre.
La madrugada del miedo y la incredulidad
La noticia de la captura del dictador Nicolás Maduro por parte del ejército de EEUU llegó de madrugada. Mensajes cruzados entre familiares repartidos por el mundo. Bombardeos. Oración. Incertidumbre.
“Había mucha confusión, no sabíamos qué estaba pasando”, recuerda Carolyne. Parte de su familia estaba en Caracas. Sin electricidad. Incomunicada. “Sentimos alegría, alivio… pero también miedo. Mucho miedo.”
Se levantaron, oraron y buscaron confirmar si esta vez era real. “Ya habíamos vivido muchos procesos fallidos”, dice Gabriel. Intentos que no prosperaron, promesas que se diluyeron. “Pero esta vez no. Esta vez se dio.”
La mirada política de Gabriel: “Venezuela sola no podía”
Gabriel habla con la serenidad de quien analizó durante años lo que ocurría en su país. No desde la ideología, sino desde la experiencia.
“Fueron tantos años que yo no encontré una manera en que Venezuela pudiera salir de esta situación que no fuese por la fuerza”, afirma. Y lo dice sin rodeos: “La intervención fue un mal necesario.”
Describe una realidad que, según él, no se puede ignorar:
“Venezuela está llena de estructuras de maldad. Hay grupos armados, colectivos, terroristas, paramilitares con poder real de daño.”
Recuerda que durante años las Fuerzas Armadas y las policías fueron funcionales al régimen. “Se convirtieron en instrumentos para reprimir y matar al pueblo.” Por eso, sostiene, una transición exclusivamente interna sería frágil. “Un gobierno netamente venezolano hoy estaría extremadamente amenazado.”
Su postura es clara:
“Por un tiempo se necesita ayuda externa con autoridad real para establecer orden, depurar fuerzas armadas y policiales y desarmar a estos grupos.”
No lo plantea como dominación, sino como acompañamiento. “Un árbitro”, dice. “Venezuela necesitaba ayuda para salir de eso.”

Lo que esperan: dignidad y reencuentro
Carolyne vuelve a lo esencial. “Esperamos que Venezuela recupere la dignidad, la seguridad, la posibilidad de vivir sin miedo.” No habla solo de política, sino de vida cotidiana. “Poder caminar tranquilo. Reencontrarnos con la familia.”
Y entonces aparece el sueño que se repite como una oración:
“Que al aterrizar se diga: ‘bienvenidos a Venezuela, bienvenidos a casa’.”
Habla de una abuela saliendo a recibirlos, de llorar juntos, de una mesa larga en diciembre, de olores, música y abrazos. “Queremos que nuestros hijos conozcan sus raíces, que conozcan a su familia en persona.”
Hoy, su corazón vive entre Venezuela y Argentina. Dos patrias. Una historia atravesada por el exilio. Y una esperanza que, por primera vez en muchos años, dejó de parecer imposible.
“Valió la pena confiar. Valió la pena esperar”, dice Gabriel.
Y en esa frase se cruzan la fe, la política y la vida real de millones que todavía sueñan con volver a casa.

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