

La venta de chivitos atraviesa una temporada difícil en Malargüe. En el paraje Río Grande, una familia puestera relata cómo la baja demanda impacta en la economía rural y refleja el esfuerzo silencioso de la vida de campo.

Para llegar al puesto de Doña Rosa Guajardo y Anastacio Salvo, en el distrito Río Grande, Puesto «La Cancha» no hay atajos ni caminos alternativos. Sí o sí hay que cruzar la jaula. Por allí pasan las personas, los animales y todo lo necesario para vivir. La mercadería, cada ladrillo, cada bolsa de cemento que permitió levantar la casa familiar fue trasladado de esa manera, cruzando el río con paciencia y esfuerzo.
El puesto no es solo un lugar de trabajo. Es un espacio profundamente familiar. Allí viven, se crían los nietos y crecen los más chicos, aprendiendo desde temprano lo que significa la vida de campo.
Las mañanas son tranquilas, marcadas por el canto de los pájaros y la rutina de siempre. Cuando llegan visitas, nunca falta el mate compartido, el pancito casero con mermelada o una galletita con manteca, gestos simples que hablan de una hospitalidad intacta.
La venta de chivitos atraviesa una temporada difícil en Malargüe y esa realidad se siente con fuerza en cada rincón del departamento. “La crianza estuvo buena, pero la venta fue mala, muy poca”, resume Doña Rosa. “Se trabaja todo el año y después no se vende como antes”, agrega Anastacio, dejando en claro que el problema no está en el esfuerzo, sino en la falta de demanda.

La dificultad no se limita a los chivitos. Otras producciones que solían complementar la economía familiar también se vieron afectadas. “Este año tengo apenas ocho pollitos, porque no hubo más”, cuenta Doña Rosa. “Y los pavos tampoco sacaron cría. Otros años tenía muchas aves, pero este año me fue mal”, agrega.
Vivir de este lado del Río Grande implica un esfuerzo adicional permanente. “Para pasar hay que cruzar la jaula, no hay otra”, explican. Por allí cruzan los chivos, los materiales y todo lo necesario para sostener la vida cotidiana. “Para hacer la casa hubo que traer todo por la jaula. Es un trabajo grande”, recuerdan. El proyecto de un puente lleva años mencionado, pero nunca se concreta, y el aislamiento sigue siendo parte del paisaje.
La comunicación en el campo combina tradición y cambios. Las pilas al sol ayudan a mantener encendida la radio, una compañera infaltable. “La radio la escuchamos todos los días”, cuentan. Las señal que llega con claridad es la de la LV19 Radio Nacional, que permiten seguir lo que ocurre en Malargüe y sentirse parte de la comunidad.

Con la llegada de la telefonía móvil, la comunicación con los hijos se volvió más sencilla. “Ahora uno se comunica todos los días con los hijos”, señalan. Salir a buscar señal ya no implica recorrer grandes distancias por lo menos en esta zona. En algunos puestos, la incorporación de antenas satelitales permitió tener conectividad incluso en los lugares más alejados. Aun así, el «comunicado radial» sigue siendo una forma típica de comunicación del campo.
La asistencia sanitaria es otro aspecto clave. Desde un centro de salud cercano, los agentes visitan la zona de manera regular. “Todos los meses viene la gente de salud”, explican, destacando la atención médica y odontológica, y la presencia de ambulancia en el área. Ese acompañamiento se vuelve fundamental a medida que pasan los años.
“Uno se va haciendo grande, pero no deja de trabajar”, dicen. Los achaques de la salud aparecen, pero el cuidado de los piños no se abandona. El trabajo diario continúa, incluso cuando el contexto es adverso y la venta no acompaña.

A través de la radio y la lectura digital, la familia se mantiene informada. Conocen el Diario Digital Ser y Hacer y siguen las noticias del departamento. No son ajenas a problemáticas como la baja del turismo. “Antes venía mucha gente, ahora se ve muy poco”, comentan, señalando otro factor que impacta en la venta directa.
Consultadas sobre la posibilidad de algún acompañamiento por parte del estado, la respuesta es clara y directa. “Claro que ayudaría”, dicen. No quieren ser invisibles, tampoco merecen serlo. Explican que en los temporales muchas veces quedan aislados y que, cuando el chivo no se vende, no alcanza para la mercadería ni para mejorar la casa. “Criar cuesta mucho y todo está caro”, remarcan.
La historia de esta familia refleja una realidad que atraviesa a muchos crianceros de Malargüe. En una temporada difícil, poner en valor la vida de campo es también reconocer el esfuerzo silencioso de quienes, todos los días, sostienen una forma de vida que es parte esencial de la identidad del departamento.

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