Por Verónica Bunsters


“Entendí que el canto no era solo un pasatiempo, sino algo mucho más profundo”

Siempre les digo a los chicos de la Fundación Ser y Hacer que, si ven a alguien que se destaque, me avisen. Que estén atentos. Que miren alrededor. Porque muchas veces las historias más valiosas no hacen ruido, pero están ahí, creciendo despacio.
Una mañana, en el patio de casa, Vicky apareció con esa energía cariñosa y expresiva que la caracteriza. Me dijo con los ojos brillándole de entusiasmo:
—Verito, tengo una nota para el Ser y Hacer. Mía ha ganado un concurso en General Alvear.
Vicky hablaba con un orgullo que no se improvisa. Me contó que a Mía la había conocido en la escuela Minera, que la había acompañado algunas veces en ese concurso, que había estado ahí alentando, sosteniendo. Y también me confesó, con una mezcla de pena y ternura, que justo el último día no había podido estar. Ese detalle, dicho casi al pasar, terminó de convencerme: no era solo un premio lo que había detrás, había una historia.
Así llegué a Mía Rubio. No desde un escenario ni desde un título, sino desde la mirada orgullosa de una amiga.

Mía tiene 19 años y, cuando le pregunto quién es, no empieza hablando de concursos ni de coronas. Se define como una persona leal, curiosa y bastante autodidacta. Dice que es simpática, aunque tímida al principio. Que le gusta aprender por su cuenta, observar, escuchar y encontrar su propio camino. Esa forma de decirlo, sin exageraciones, ya adelanta algo de su personalidad.
Aunque nació en San Rafael, gran parte de su vida transcurrió en Malargüe, el lugar que siente como su verdadero hogar. “Malargüe significa paz”, dice con una convicción que no necesita explicaciones. Habla de tranquilidad, de vínculos reales, de pertenencia. Crecer ahí la marcó profundamente y le dio una base fuerte, personal y cultural, que hoy la acompaña incluso estando lejos. Sabe que tuvo que mudarse para seguir estudiando, pero deja claro que no cambiaría esa calma por nada.
Actualmente cursa el preuniversitario para la carrera de Abogacía. Es una etapa de esfuerzo, adaptación y crecimiento personal. La transita con responsabilidad, sin romantizarla, pero también sin resignar lo que la apasiona. La música está siempre presente en su vida cotidiana. Estudia, limpia, toma mates, y todo sucede con una canción de fondo. Nunca se desconecta del todo del canto, aunque no esté arriba de un escenario.

En su casa, la música nunca fue ajena. Su papá, Enrique, canta, toca la guitarra y el piano. Su mamá, Adriana, es profesora de música. “Son pilares fundamentales en mi vida”, dice Mía con gratitud genuina. La acompañaron en cada concurso, en cada presentación, en cada proceso. No como imposición, sino como sostén. Aun así, su camino no fue cómodo ni lineal.
El canto apareció a los 12 años. Empezó en el coro municipal, tomó algunas clases de guitarra en la escuelita artística, participó en obras. En ese momento lo vivía como algo que le gustaba, que le hacía bien, casi como un hábito. Más adelante llegaron las frustraciones y dejó las clases. Y después vino la pandemia.
Fue ahí cuando se volvió completamente autodidacta. Sin profesores, sin rutinas armadas, sin escenarios. Aprendiendo sola, enseñándose a sí misma gran parte de lo que hoy sabe. “Ahí entendí que el canto no era solo un pasatiempo”, recuerda. Era algo más profundo. Algo que insistía incluso cuando todo se frenaba.
Egresó en 2025 de la Escuela Secundaria Técnica Industrial y Minera, una etapa que todavía la atraviesa con nostalgia. Se lleva amistades, recuerdos y vínculos que sabe que van a durar toda la vida. Ese mismo año, además, asumió un rol que la conectó aún más con su identidad: representó al paraje de Río Barrancas en la Fiesta de la Vendimia y luego a Malargüe como Reina de la Ganadería de las Zonas Áridas.


Lo vivió como un honor enorme. Habla del compañerismo entre candidatas, de los vínculos que se formaron y del apoyo de la gente. Pero, sobre todo, de lo que aprendió recorriendo puestos y conociendo la realidad de los crianceros. Su proyecto estaba inspirado en poder ayudarlos. Aunque no se haya podido concretar, la experiencia la marcó. Aprendió sobre baile y modales, sí, pero también sobre territorio, esfuerzo y realidades muchas veces invisibles.

La confianza en los escenarios, aclara, la tiene desde chica. “Soy bastante caradura”, dice. Pero este rol de representación le dio algo distinto: una conexión más profunda con su cultura y sus raíces.
Los concursos de canto llegaron casi sin buscarlos. Gente conocida que le pasaba links, oportunidades que se animó a tomar. Antes ya había cantado en bares y espacios de Malargüe durante la temporada alta —Las Leñas, peñas, el casino—, pero esto era otro nivel.

Ganar el concurso de canto «Tu voz» en General Alvear todavía se siente irreal. El nivel de los finalistas era alto y lo sabía. Cuando dijeron su nombre, la sorpresa fue tan grande como la emoción. Volverá a la Fiesta de la Ganadería, esta vez como cantante y no como reina. Lo dice con orgullo, pero sin grandilocuencia, como quien entiende que este logro es un paso más, no una meta final.
Escucha música muy variada: melódicos, folclore, pop, jazz, blues. Nombra a Tamara Castro, Adele, Mon Laferte, Frank Sinatra. Influencias diversas, como su propio camino. Cuando piensa en el futuro, no promete certezas, pero sí convicciones. Sueña con dedicarse a la música. Hoy prioriza el estudio, pero sin dejar de lado lo que la apasiona. “Si algún día tuviera la oportunidad de vivir del arte, sin dudas la tomaría”, afirma.
Mía Rubio es una artista en construcción. Una joven que se hizo sola, que aprendió escuchándose, que avanzó incluso en la pausa. Una voz que no necesita gritar para hacerse notar. Tal vez por eso Vicky hablaba de ella con tanto orgullo aquella mañana en el patio. Tal vez por eso valía la pena escucharla.

Vicky con su amiga Mía

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