

“Nunca pensé en dejar, porque es algo que me gusta”

Cuando Norma Benítez empieza a contar su historia, no habla de grandes planes ni de estrategias pensadas a largo plazo. Habla de una necesidad concreta, urgente y real: generar ingresos para sostener a su familia. Sus dos hijos iban a la escuela y había que salir a buscar una alternativa. Así, casi sin darse cuenta, empezó a caminar el sendero del emprendedurismo, uno de esos caminos silenciosos que se transitan con constancia y trabajo diario.
Al principio, su proyecto no tenía nombre ni estructura formal. Empezó vendiendo tortitas saladas, saliendo a ofrecerlas a la calle. Era lo que sabía hacer, lo que podía producir con lo que tenía a mano. “Este proyecto empezó como una necesidad, digamos, de ingresos”, cuenta, con la simpleza de quien nunca romantiza el esfuerzo, pero tampoco lo niega.
Los primeros pedidos llegaron de a poco. Recuerda especialmente uno de los primeros: alfajores y pastelitas. No era un encargo grande, pero sí significativo. “Fue una buena experiencia, porque si bien no era mucho, era una de las primeras ventas que tenía por pedidos”, dice. Ahí empezó a aparecer algo más que la necesidad: la posibilidad de que ese hacer cotidiano pudiera transformarse en trabajo sostenido.

Con el tiempo, comenzaron a surgir oportunidades distintas. Norma recuerda un evento en el que participaron sirviendo un ágape durante la entrega de viviendas. No recuerda la fecha exacta, pero sí la experiencia. “Los eventos donde hemos participado han sido buenas experiencias, ya que siempre tratamos de ser responsables y de cumplir con lo que se pide”, señala. Esa responsabilidad fue marcando su identidad como emprendedora: cumplir, estar, responder.

Durante un tiempo, Norma tuvo comercio en otro rubro, el de ceremonial, pero no funcionó como esperaba. Entonces empezó a trabajar en la Municipalidad de Malargüe. Sin embargo, el proyecto gastronómico nunca se detuvo. “De forma paralela, este proyecto siempre siguió en marcha”, explica. Fue mutando, adaptándose, creciendo a través de pedidos grandes, congresos, reuniones y capacitaciones.

Cuando habla de su forma de trabajo, insiste en una idea central: lo artesanal no es una etiqueta, es una práctica cotidiana. “Todo lo que es referido a tortas se hace de forma personalizada”, aclara. No hay producción en serie ni recetas estandarizadas. Cada torta se hace de manera individual, como si fuera para su propia casa. “Se hace su bizcochuelo y su preparación individual”, explica.
Las recetas llegaron con el tiempo, a fuerza de prueba y error. Aprendió sobre pesos, tamaños, proporciones. “Yo fui aprendiendo el tema de los bizcochuelos probando”, dice. Siempre cuidando que cada preparación tenga los ingredientes que debe llevar, sin atajos.
Hoy, su producto estrella son las tortas personalizadas y temáticas. Es ahí donde los clientes encuentran algo que valoran especialmente: “Lo que más valoran es el sabor y la presentación”. Esa combinación, lograda con trabajo artesanal, se convirtió en su sello.
Norma también hace comidas saladas: pizzas, sándwiches, empanadas, canapés, todo pensado para breaks y eventos. Las temporadas fuertes llegan hacia fin de año, con pan dulces, budines y celebraciones como comuniones y confirmaciones. Pero, como ella misma dice, el trabajo está presente durante todo el año, con altibajos, como en todo emprendimiento.
Entre los recuerdos más significativos aparece un casamiento. El de Jimena y Pablo. Fue el primer evento de ese tipo en el que trabajaron con sus productos. “Hicimos la mesa dulce y el break de bienvenida”, cuenta. Lo recuerda como una experiencia muy linda, de esas que confirman que el camino elegido tiene sentido.


Hoy, Norma trabaja desde su casa. Logró tener su propio espacio de trabajo dentro del terreno familiar. El sueño del local propio sigue ahí, firme. “Seguimos trabajando para poder lograrlo”, dice, sin apuro pero sin pausa.
Nunca pensó en dejar. Estudió, se formó, hizo el curso de cocinero profesional cuando estuvo en Málaga, aunque siempre se inclinó más por la repostería. Y hay algo fundamental que aparece casi al final de la charla, pero que atraviesa toda su historia: no trabaja sola. “Yo trabajo con mis dos hijos”, dice. Ellos son sus ayudantes, parte del proyecto, parte del esfuerzo diario.
En este punto de su recorrido, Norma decidió dar un paso más. Empieza ahora su proceso de incubación, no porque recién arranca, sino justamente porque todo lo que vino haciendo necesita orden, respaldo y proyección. Su intención es clara: regularizar las inscripciones, cumplir con lo administrativo y lo sanitario, y profesionalizar su emprendimiento.

La incubadora aparece como ese espacio clave donde los emprendimientos familiares, nacidos desde la necesidad y sostenidos con trabajo silencioso, pueden dar un salto de escala, transformarse, crecer y empezar a pensarse como empresas. No es un comienzo desde cero, es un nuevo capítulo.
La historia de Norma Benítez es la de muchas mujeres que no se rindieron. Que hicieron de la cocina un lugar de trabajo, de la familia un equipo y del esfuerzo cotidiano una forma de ganarle a la crisis. Sin grandes discursos, con perseverancia, y con la convicción de que vale la pena seguir.
Sus redes sociales : https://www.facebook.com/profile.php?id=100063881836915&locale=es_LA









