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Especial 8M Andrea Correa: “Defender a quienes más lo necesitan es la vocación que encontré en el camino”

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“Me gustaría que la comunidad sienta que, cuando tuvo un problema y fue a la Asesoría, encontró una respuesta, una orientación y una solución.”

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A los 34 años, Johana Andrea Correa ocupa un lugar de enorme responsabilidad en Malargüe: es asesora de niños, niñas, adolescentes y personas con capacidad restringida, además de ejercer en la Defensoría Civil. Pero cuando habla de sí misma, no separa con facilidad la mujer que es de la profesional en la que se convirtió. Su trabajo, dice, ocupa un pilar fundamental en su vida. Y quizás por eso, al definirse, aparecen primero rasgos que también atraviesan su manera de ejercer: alegre, empática, carismática, divertida, familiar.

Hay algo en su recorrido que no parece casual. Andrea siente que el camino sinuoso que tuvo que atravesar para llegar hasta donde está tiene mucho que ver con su propósito de vida. No fue una certeza inmediata ni una vocación descubierta en la teoría, sino una convicción que apareció con la práctica, cuando ya había jurado, cuando la responsabilidad dejaba de ser una idea y se convertía en decisiones concretas, personas reales, conflictos urgentes. Fue entonces cuando comprendió que había encontrado su lugar. “Defender al más débil es lo que más me gusta de mi profesión”, dice. Y en esa frase parece resumirse todo.

Su tarea la pone, todos los días, frente a personas vulnerables. Por un lado, quienes no tienen recursos para acceder a un abogado particular; por otro, niños, niñas y adolescentes que muchas veces quedan atrapados en medio de disputas familiares, convertidos casi en botín entre un padre y una madre. Andrea habla de esas situaciones con una mezcla de firmeza y sensibilidad. Sabe que allí su función no es solo técnica. También es humana. También es, de algún modo, una presencia que protege. “Es increíble poder velar por ellos y poder representarlos”, cuenta. Pararse delante de una audiencia y decirles a los adultos qué es lo mejor para ese hijo, recordarles que tienen que dejar a un lado sus rivalidades, no es solo parte del trabajo: es una forma de ejercer justicia con sentido.

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Para ella, ser mujer en ese cargo aporta algo particular. Lo dice sin desmerecer a los hombres —de hecho recuerda con admiración a un jefe anterior que desempeñó un trabajo fantástico—, pero entiende que en su función hay una sensibilidad que aparece de manera natural. En toda la provincia de Mendoza, señala, apenas dos asesores son hombres. La estadística, para ella, no es casual. Cree que muchas veces los niños encuentran en una mujer una figura que los relaja, que les transmite cuidado, que los hace sentir protegidos. Recuerda especialmente una audiencia en la que una niña, incapaz de decirle al juez lo que sentía, se acercó a ella y se lo dijo al oído: no quería estar con su mamá. Esa escena pequeña, casi íntima, confirma algo que Andrea repite con convicción: ser mujer, en su rol, no es un detalle menor. Es una perspectiva, una cercanía, una forma de recibir lo que el otro no puede decir en voz alta.

También su edad ha sido parte del desafío. Es la magistrada más joven del Ministerio Público de la Defensa en toda la provincia de Mendoza, y reconoce que muchas veces tuvo que demostrar más. “Sí, definitivamente”, dice. Demostrar que tenía la capacidad jurídica, la inteligencia emocional y la preparación necesarias para ocupar un lugar de semejante magnitud, pese a su juventud. Esa exigencia no fue solo externa. También hubo dudas propias. Al comienzo, cuando todavía estaba designada de manera interina y el cargo no se había confirmado, la inseguridad aparecía con frecuencia. Dudaba de su capacidad, de su criterio, de su predisposición. Y no era para menos: la responsabilidad de dictaminar qué es lo mejor para un niño, una niña o un adolescente, de manera objetiva, no es algo liviano. “Es mucha la responsabilidad”, reconoce, sobre todo en aquellos casos en los que en el fondo siente con claridad qué sería lo mejor, pero las pruebas no acompañan.

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Si hay un momento que la marcó especialmente en ese recorrido, fueron los concursos públicos. Antes de llegar al cargo actual, Andrea había rendido un concurso para asesora que no pudo aprobar. Lo recuerda con una honestidad desarmante: en la instancia oral, por los nervios, no pudo hablar. Se quedó callada. Fue una decepción profunda. Pero tres meses después volvió a presentarse, esta vez para el concurso de doble competencia, y fue la única persona aprobada entre 18 postulantes. En ese tramo de su vida no solo estudió como nunca antes, sino que también hizo tratamiento psicológico para volver a confiar en sí misma. “Fue el desafío más importante que tuve que atravesar”, admite. Levantarse después de esa caída, volver a creer, volver a apostar, decirse “yo sí puedo”, fue para ella una prueba de perseverancia y de coraje.

Su carrera judicial comenzó en 2015, cuando ingresó al Poder Judicial como auxiliar administrativa. Ese mismo año ya era abogada. Después vinieron los concursos, los ascensos, los cambios de funciones: fue secretaria de la Defensoría Penal y Penal de Menores, luego coasesora, codefensora civil y codefensora penal, hasta ser designada en 2023 como la primera coasesora del departamento de Malargüe. Más tarde llegó al cargo actual de asesora y defensora civil. Diez años de carrera judicial, transitando todos los escalafones, le dieron una mirada amplia del sistema y del trabajo cotidiano de cada rol. Haber pasado por cada una de esas instancias, dice, le permite hoy comprender mejor el funcionamiento interno, relacionarse con sus compañeros desde el conocimiento real de lo que cada uno hace y sostener con más experiencia las decisiones complejas que le toca tomar.

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Sin embargo, la realidad del trabajo diario está lejos de ser sencilla. Uno de los mayores desafíos sigue siendo la falta de personal. Andrea cuenta que en la Asesoría trabajan de manera presencial solo dos personas, cuando deberían ser cinco. Organizarse, atender a todos, brindar respuestas y sostener el ritmo con recursos limitados es una exigencia permanente. Pero incluso en medio de esas limitaciones, hay algo que a ella no se le pierde de vista: detrás de cada expediente hay una vida concreta. No le gusta pensar en “causas” como si fueran solo papeles. Prefiere hablar de “problemas de la gente” o “situaciones de la gente que quiere solucionar”. Y eso cambia todo. Porque su trabajo deja de ser una acumulación de trámites para convertirse en una relación directa con el dolor, la urgencia y la necesidad de otros.

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Esa cercanía también la obligó a aprender a poner límites emocionales. Antes de ocupar este cargo, trabajó muchos años con la doctora Hidalgo en la Defensoría Penal, una mujer a la que reconoce como referente profesional. Andrea la nombra junto a su madre como sus grandes ejemplos femeninos: una, en la vida; la otra, en el ejercicio del derecho. De ambas parece haber tomado algo esencial. Aun así, hay casos que conmueven, que golpean, que llegan más hondo. Trabajar con menores y con personas vulnerables le enseñó, entre otras cosas, a dimensionar de otra manera los propios problemas. Lo dice con humildad: muchas veces uno cree que tiene grandes dificultades, hasta que escucha lo que viven quienes llegan a la Asesoría con recursos mínimos, con conflictos enormes, con una fragilidad que no siempre se ve desde afuera. Esa experiencia la hizo sentirse agradecida y bendecida por la contención que tiene y por las personas que la acompañan.

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En su historia personal hay además una marca simbólica que no pasa inadvertida: Andrea es la primera mujer de su familia en obtener un título universitario. Esa conquista íntima no aparece en su relato como trofeo, sino como parte de un camino que abrió puertas y que hoy también quisiera ver continuado. Uno de sus sueños es que algún día uno de sus sobrinos le diga que quiere estudiar abogacía como ella. Aunque enseguida aclara que más importante que seguir sus pasos es que cada uno elija desde el corazón. Está convencida de que ninguna carrera puede dar más felicidad que hacer algo que a uno realmente le gusta. Por eso, cuando imagina a una persona joven queriendo estudiar derecho o asumir un rol de compromiso social, su mensaje es claro: que se anime, que son carreras para personas valientes, desafiantes, comprometidas. Y agrega algo que su propia vida demuestra: uno nunca termina de estudiar. A los 34 años, además del título de grado, ya tiene dos posgrados, una especialización, una maestría y acaba de inscribirse en una diplomatura.

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Cuando piensa en la huella que le gustaría dejar, Andrea no habla de prestigio ni de reconocimiento. Habla de cercanía. Le gustaría que la comunidad recuerde que en la Asesoría encontró un lugar donde ir, una oficina donde alguien la escuchó, la orientó y la ayudó, incluso cuando el tema no correspondía exactamente a esa dependencia. Quiere dejar la imagen de una funcionaria accesible, capaz de dar respuestas coherentes, prácticas, humanas. Que la gente sienta que no estaba sola frente a sus problemas.

Tal vez por eso estas preguntas, según confiesa, la obligaron a detenerse y hacer una autoevaluación. A mirarse, a redescubrirse, a repasar el camino. Y en ese recorrido aparece con claridad la esencia de su historia: una mujer joven que encontró en la defensa de otros su forma de estar en el mundo. Una profesional que tuvo que estudiar, caer, levantarse, dudar y volver a creer. Y una malargüina por elección del compromiso, que cada día intenta que detrás de la ley también haya amparo, escucha y humanidad.

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