

Lic. José Luis López, Coordinador del Programa Bienestar Emocional Adolescente de Malargüe (DGE) reflexiona sobre los últimos hechos de violencia en las escuelas del país

Lo ocurrido en las últimas horas en San Cristóbal, Santa Fe, donde un adolescente mató a otro e hirió a varios dentro de una escuela con un arma de fuego, nos golpea a todos. No sólo por el horror del hecho, sino porque nos obliga a mirar algo que muchas veces preferimos dejar para después: la salud mental de nuestros niños y adolescentes. Y en Mendoza, esta alarma no nos resulta ajena. Todavía está muy presente lo sucedido en septiembre de 2025 en La Paz, cuando una alumna ingresó armada a una escuela y mantuvo en vilo a toda la comunidad educativa durante horas.
Frente a hechos así, la reacción inmediata suele ser hablar de seguridad, controles y protocolos. Todo eso es necesario. Pero también es cierto que el Gobierno provincial viene mostrando una conciencia cada vez mayor sobre la necesidad de intervenir de manera preventiva en estos temas y está avanzando en esa dirección. La reestructuración de la Dirección de Acompañamiento Escolar (DAE), la decisión de poner la convivencia escolar en el centro de las Jornadas Institucionales y la puesta en marcha de iniciativas como el Programa de Bienestar Emocional Adolescente (BEA) en Malargüe son señales concretas de un camino que debe profundizarse.

Y justamente allí está el punto de fondo: necesitamos fortalecer más y mejor los espacios preventivos dentro de las escuelas. Porque la salud mental no debe empezar a atenderse cuando la crisis ya explotó, sino mucho antes. Debe trabajarse de manera sostenida, pedagógica y comunitaria, enseñando habilidades para la vida: reconocer emociones, pedir ayuda, manejar la frustración, resolver conflictos, desarrollar empatía, fortalecer la autoestima, aprender a convivir y construir resiliencia frente a un mundo cada vez más exigente y complejo.
En Malargüe, el Programa de Bienestar Emocional Adolescente (BEA) nació precisamente desde esa convicción: llegar antes que el daño, fortalecer factores protectores y generar condiciones para que nuestros jóvenes puedan afrontar mejor los desafíos de la vida actual. El informe de evaluación del programa 2025 lo plantea con claridad: no se trata de responder a hechos aislados, sino de enfrentar una problemática más profunda del bienestar juvenil con una política pública de prevención, promoción y acompañamiento sostenido. Y la experiencia ya realizada en 2024 y 2025 mostró que este camino no sólo es posible, sino necesario.
Además, el propio sistema educativo mendocino ya cuenta con marcos que van en esa dirección. Las normas de convivencia escolar insisten en que la escuela debe fortalecer la calidad de las relaciones, promover la participación estudiantil, generar climas escolares sanos y construir alianzas con las familias. Ese enfoque es clave, porque prevenir no consiste solamente en reaccionar ante emergencias, sino en construir todos los días una cultura del cuidado, del respeto y de la escucha.

Y aquí aparece una idea central que no deberíamos olvidar: las familias necesitan de la escuela y la escuela necesita de la familia. Ninguna puede sola. En un tiempo marcado por la ansiedad, la hiperconectividad, la violencia simbólica, el aislamiento y la fragilidad de muchos vínculos, educar ya no puede limitarse a transmitir contenidos. También hay que enseñar a vivir, a convivir y a cuidar la propia interioridad. Esa tarea no reemplaza a la familia, pero la complementa; y la familia, a su vez, no puede desentenderse de lo que pasa dentro de la escuela. Necesitamos una verdadera alianza educativa y afectiva.
No se trata de convertir a los docentes en terapeutas. Se trata de asumir algo más simple y más profundo: que sin bienestar emocional no hay aprendizaje pleno, no hay buena convivencia y no hay prevención real. Las escuelas son uno de los pocos espacios donde todavía podemos llegar a tiempo, de manera universal, cotidiana y formativa.
La tragedia de Santa Fe y el antecedente de La Paz deberían conmovernos. Pero, sobre todo, deberían impulsarnos a sostener y fortalecer este rumbo. Si queremos cuidar de verdad a nuestros niños y adolescentes, debemos consolidar los espacios preventivos, ampliar las herramientas institucionales y acompañar con decisión a las escuelas y a las familias. Programas como BEA no son un lujo ni un complemento accesorio: son una inversión humana, educativa y social que vale la pena profundizar.
Autor: Lic. José Luis López Coordinador del Programa Bienestar Emocional Adolescente (BEA) de Malargüe – DGE

.








