

Un joven malargüino cruzó el océano en busca de una oportunidad. Hoy vive del fútbol, enfrenta nuevos desafíos y, a la distancia, sigue llevando consigo sus raíces.

Nacer en Malargüe es un privilegio, pero también, para muchos, implica en algún momento tener que irse. Dejar los pagos desde chicos, despedirse de lo conocido, de lo simple, de esas cosas que parecen pequeñas pero que nos marcan para siempre: las siestas largas, el mate con tortas fritas, los domingos tranquilos, la cercanía de la gente. Malargüe tiene algo que nos atrapa, una forma de vida que se queda en nosotros incluso cuando estamos lejos. Pero también es cierto que no siempre están acá las oportunidades para crecer, y entonces toca partir. Hoy muchos jóvenes lo tienen claro: si su camino no está en el pueblo, levantan vuelo. Y en ese «irse» hay esfuerzo, decisiones difíciles y empezar de cero en lugares desconocidos. Por eso nace esta columna: para contar esas historias, las de quienes se fueron, pero nunca se fueron del todo.
Con cinco horas de diferencia y una vida completamente distinta a la que tenía en Malargüe, del otro lado del teléfono aparece Juan Andrés Izu. Tiene 25 años y hoy vive en Italia, en la región de Abruzzo, donde el fútbol —su gran pasión— lo llevó a empezar de nuevo. “Siempre sentí que, si no salía de Mendoza, no iba a seguir creciendo”, cuenta, como si resumiera en una frase el impulso que lo empujó a cruzar el océano y que hoy le permite jugar al fútbol en un club de Italia Montereale Calcio 1970”
Su historia de desarraigo empezó temprano. A los 14 años dejó su casa para irse a perseguir ese sueño que ya tenía claro. “Alejarse de la familia siendo chico no es fácil, hay que tener carácter”, dice. En ese camino reconoce a quienes estuvieron desde el inicio: Roberto Guardia, Marcos Gutiérrez y Ángel González, nombres que aún hoy recuerda como parte fundamental de su formación dentro del fútbol.

Después de ese primer salto, su carrera continuó en distintos clubes donde fue creciendo como jugador: comenzó en Fundación Amigos y luego pasó por Academia Chacras, Atlético Argentino y Deportivo Maipú. A fines de 2024 tomó una decisión que marcaría su vida: “Agarré mis cosas y me fui a buscar algo nuevo”. Esta vez, solo, abriéndose camino por su cuenta, generando oportunidades desde cero.
Hoy vive del fútbol. Juega como defensor central, fue campeón recientemente con su equipo y logró el ascenso de categoría. Su rutina está marcada por el esfuerzo: entrena, va al gimnasio y, en sus tiempos libres, trabaja como camarero. Comparte sus días con tres compañeros argentinos —un cordobés, un puntano y otro mendocino—, con quienes convive y hace más llevadera la experiencia de estar lejos. “No es fácil, pero lo hago porque es lo que me gusta”, resume.
Adaptarse no fue sencillo. El idioma fue una de las primeras barreras: “Estuve meses sin nadie con quien hablar, así que tuve que aprender sí o sí”. Sin embargo, destaca la calidez de la gente y el lugar donde vive: Monterreale, un pequeño pueblo ubicado a una hora de Roma, donde el frío es intenso, pero el trato humano hace más liviana la distancia.

Cuando la charla se vuelve más íntima, no duda: “Extraño muchísimo a mi familia”. Y ahí aparecen los nombres propios: su mamá, Gabriela; su papá, Silvio; sus hermanos y hermanas y todo ese círculo que sigue presente a la distancia. “Son los que están todos los días atrás mío, preguntándome cómo estoy”, dice, más aún en momentos difíciles como una lesión reciente.
También se extrañan las pequeñas cosas: el asado, el mate, las costumbres simples. Y aunque se fue muy joven, hay algo que tiene claro: “Malargüe es mi casa. Siempre va a ser mi casa”. Porque hay lugares que no se abandonan nunca, aunque estén a miles de kilómetros.
Hoy su mirada está puesta en el futuro, lejos de Argentina. Quiere seguir creciendo en el fútbol, escalar categorías y ver hasta dónde puede llegar. “Al que tenga ganas de irse, que lo haga. No tenés nada que perder”, dice antes de despedirse. Y en esas palabras queda resumida su historia: la de un joven que se animó a irse, a empezar de cero y a perseguir un sueño, sin olvidar nunca de dónde viene.










