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Marcelo Blajevitch y Tatiana Valdez: cuando un coche motor se transforma en memoria, música y encuentro

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Desde un coche motor recuperado en Camino al Progreso 150, Marcelo Blajevitch y Tatiana Valdez abren La Locomotora, un centro cultural donde la memoria ferroviaria de Malargüe vuelve a ponerse en marcha entre historias familiares, música, testimonios y la emoción de un viaje que une San Rafael con La Batra, allí donde también late el recuerdo del abuelo Pablo Blajevitch.

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Hay historias que no se cuentan solamente con palabras. A veces necesitan un sonido, una imagen, una luz tenue, una puerta que se abre, un asiento que nos espera y la sensación de estar por partir hacia otro tiempo.

Eso ocurre en La Locomotora, el nuevo centro cultural creado por Marcelo Blajevitch y Tatiana Valdez en Camino al Progreso 150, en Malargüe. Allí, un viejo coche motor ferroviario, recuperado después de años de abandono, se transformó en un espacio donde la memoria, la música y la emoción se encuentran.

La propuesta nace de una historia profundamente familiar. El abuelo de Marcelo, Pablo Blajevitch, fue ferroviario y trabajó en la estación La Batra, lugar que hoy adquiere un valor simbólico enorme dentro de esta experiencia: es allí donde termina el recorrido imaginario que parte desde San Rafael y atraviesa distintas estaciones hasta llegar al sur, como si el viaje también regresara al origen familiar de Marcelo.

La presentación tuvo algo de avant-première. No fue una simple explicación ni una visita guiada tradicional. Fue una experiencia. Marcelo nos invitó a subirnos a un viaje por el tiempo: el pasado glorioso del ferrocarril, el dolor de su abandono, las estaciones que alguna vez fueron desarrollo y movimiento, y el presente de ruinas que todavía nos interpela como comunidad.

Pero La Locomotora no se queda en la nostalgia. La transforma en acción.

Desde el primer momento, Marcelo hizo una aclaración necesaria. El centro cultural se llama La Locomotora, aunque técnicamente lo que allí se conserva no es una locomotora, sino un coche motor Ganz Mávag, fabricado en Budapest, Hungría.

“El tema de La Locomotora es porque nos gusta la palabra, porque es una palabra fuerza, porque está relacionada con el mundo ferroviario”, explicó.

Y esa definición alcanza para comprender parte del espíritu del lugar. Locomotora es una palabra que empuja, que mueve, que arrastra, que pone en marcha. Tiene potencia. Tiene historia. Tiene destino. Y en este caso, también tiene una nueva vida.

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Marcelo contó que los Ganz Mávag comenzaron a llegar a la Argentina a partir de la década del 30, cuando un alto funcionario ferroviario viajó al exterior y pudo conocer esas unidades modernas, cómodas y veloces. En aquel tiempo, el país todavía trabajaba con locomotoras a vapor. Aquellos coches motores representaban una novedad de vanguardia.

Cuando ese funcionario regresó, según relató Marcelo, dijo algo así como que había que tener esas unidades en Argentina. Luego se realizó una licitación y, desde 1936, comenzaron a ingresar al país. Ese proceso se extendió durante varias décadas, hasta principios de los años 60.

El coche motor que hoy forma parte de La Locomotora pertenece a esos últimos modelos. Marcelo lo identifica como una unidad de clase turística, el número 3413.

Sin embargo, su historia en Malargüe no fue la de un tren de pasajeros. Según los testimonios que Marcelo fue reuniendo, entre ellos el de Raúl Andino, un histórico del ferrocarril local, cuando él llegó a Malargüe en 1976 para trabajar vinculado al petróleo, la unidad ya estaba en la zona. No trasladaba pasajeros, sino que se usaba como una especie de tráiler para el personal de vías y obras.

Allí dormían, comían, hacían asados, se cambiaban y guardaban herramientas. Era un espacio de trabajo ligado al mantenimiento ferroviario, en una época en la que el movimiento petrolero hacia Puesto Rojas mantenía activa parte de esa infraestructura.

Después, como ocurrió con tantas cosas vinculadas al ferrocarril, llegó el abandono.

El coche motor fue quedando detenido en el paisaje. Primero útil, luego quieto, después olvidado. Marcelo reconstruyó esa parte de la historia a partir de recuerdos familiares y testimonios. Su padre, Daniel Blajevitch, que trabajaba frente al ferrocarril, recordaba que una mañana se llevaron los ejes con las ruedas. Otro día, según contó, llegó gente y cortó la unidad por la mitad.

Marcelo describió aquella situación como algo parecido a una operación de vandalismo, aunque realizada por personas que evidentemente sabían cómo trabajar sobre material ferroviario.

A partir de ese deterioro, la historia pudo haberse perdido por completo. Pero no fue así.

En 2003, Daniel Blajevitch inició gestiones ante el organismo encargado de los bienes del Estado para solicitar la carcasa del coche motor y poder darle algún uso. La entrega se concretó y en 2004 las dos mitades fueron trasladadas al lote familiar. Marcelo recuerda haber participado de aquel movimiento, levantando cables mientras la estructura avanzaba en un semi hasta quedar depositada en una esquina del terreno.

Durante muchos años no se le hizo ningún trabajo. El coche motor permaneció allí, como una promesa silenciosa, hasta que en 2017 comenzó una nueva etapa.

Marcelo empezó a intervenir el espacio. Retiró metales que ya no servían, trabajó en las paredes de madera, en el piso y en una conexión eléctrica segura. El primer destino fue musical. “En el caso de ustedes que me conocen, saben que soy músico”, dijo durante la presentación.

Así, el viejo coche motor comenzó a funcionar como sala de ensayo. Durante 2018 y 2019 hubo encuentros musicales, ensayos y movimiento de bandas. Después llegó la pandemia y todo se detuvo. Pero la idea siguió creciendo: pintarlo, acondicionarlo, abrirlo a la gente, invitar a conocerlo y sumar actividades.

El año pasado el proyecto tomó un nuevo impulso. La estructura fue trasladada dentro del predio y comenzó la construcción del galpón que hoy la contiene. A partir de allí, La Locomotora empezó a definirse como lo que hoy es: un centro cultural donde conviven la memoria ferroviaria, la música, la educación y el encuentro comunitario.

El corazón de la propuesta es una función llamada Historia de un coche motor. No se trata solamente de observar fotografías o escuchar datos históricos. La invitación es subir a la unidad y realizar un recorrido simbólico por las estaciones que unían San Rafael con Malargüe, hasta llegar a La Batra, esa estación donde trabajó Pablo Blajevitch, el abuelo ferroviario de Marcelo.

Ese detalle vuelve la experiencia todavía más íntima. Porque el viaje no termina en cualquier punto. Termina en un lugar que tiene nombre, memoria y sangre familiar.

Marcelo explicó que la función fue construida con material disponible de acceso libre en internet, entrevistas, blogs, videos y aportes de distintas personas, todas reconocidas y agradecidas dentro de la propuesta. También hay decisiones estéticas que buscan conservar una dimensión humana. Una imagen de locomotora pertenece al dibujante Pedro Basanta, que realiza trenes a mano. En el diseño trabajó Fede Romero. La música instrumental que acompaña las paradas pertenece al guitarrista danés Søren Madsen. Y el sonido del motor que se escucha durante la experiencia no es cualquier sonido: es el de un Ganz Mávag funcionando.

Cuando empieza la proyección, el espacio se transforma. El sonido del motor, las imágenes, la música, la voz de Marcelo y el interior del coche motor generan la sensación de estar realmente en viaje. Uno no solo escucha que el ferrocarril fue importante para los pueblos. Lo siente.

En el recorrido aparecen la estación de Malargüe, fotografías de la década del 50, la llegada de la primera locomotora un 8 de junio de 1944, autoridades, trabajadores, nombres propios y recuerdos que todavía circulan de boca en boca. Marcelo menciona al comisario Leopoldo Venegas, al padre Ángel, a Guillermo Chambrento, uno de los hombres vinculados a aquella primera locomotora, y también a vecinos y ferroviarios cuyas historias ayudan a completar lo que los archivos no siempre alcanzan a decir.

Hay momentos en los que la historia se vuelve especialmente cercana. Marcelo contó que, hablando con Santiago Alí , este le recordó que en la década del 50 viajó con su madre en un tren de pasajeros desde Malargüe hasta Córdoba. También mencionó a su propia madre, que de niña, en Rama Caída, recuerda haber visto pasar un coche motor, probablemente un Ganz Mávag.

Entonces la historia deja de ser una cronología y se convierte en algo más vivo: una suma de memorias personales.

“A veces la gente va brindando sus testimonios y se va construyendo también la historia en base a esos testimonios”, dijo Marcelo.

Esa frase resume el espíritu de La Locomotora. Porque no es un museo frío ni una colección cerrada. Es un lugar que se sigue escribiendo con cada persona que se acerca y dice: yo me acuerdo, yo lo vi, mi papá trabajó ahí, mi abuelo fue ferroviario, yo viajé, yo escuché contar.

La historia ferroviaria de Malargüe está hecha de fechas y de datos, pero también de voces. De familias. De trabajadores. De estaciones intermedias. De pueblos que crecieron alrededor del tren. De una idea de progreso que durante mucho tiempo estuvo asociada al sonido de las vías.

Por eso la experiencia conmueve. Hay nostalgia por lo que el ferrocarril significó para los pequeños pueblos como motor de desarrollo. Hay dolor por ver cómo muchas estaciones quedaron abandonadas, convertidas en ruinas o en recuerdos cada vez más lejanos. Pero en La Locomotora ese dolor no queda detenido. Se vuelve propuesta. Se vuelve cultura. Se vuelve encuentro.

Y ahí aparece con fuerza el trabajo compartido de Marcelo Blajevitch y Tatiana Valdés.

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Tatiana explicó cómo funcionará el centro cultural. De momento, las funciones serán los sábados a las 20 horas y los domingos a las 18 horas. Pero la idea es que el espacio pueda adaptarse también a la llegada de turistas.

“Tenemos la suerte de estar a un paso”, señaló, al hablar de la posibilidad de abrir la función cuando llegue gente interesada. La intención es que ningún visitante se quede afuera por una cuestión rígida de horarios o cantidad de personas.

De lunes a jueves el funcionamiento es más complejo porque el espacio está ocupado por otra de sus grandes actividades: la incubadora de bandas. Detrás de la pantalla están los instrumentos, los escenarios y todo lo necesario para que La Locomotora también funcione como sala de ensayo y aprendizaje musical.

Tatiana detalló que hay grupos de niños, adolescentes y adultos. Algunos empiezan con bajo, guitarra o teclado. Otros se animan a cantar o a tocar un instrumento por primera vez. En la noche funciona Expreso de Medianoche, un espacio para personas adultas que quieren acercarse a la música. Allí, contó, están sacando algunos boleros.

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Esa imagen también habla del espíritu del lugar: chicos aprendiendo instrumentos, adolescentes formando bandas, adultos animándose a cantar, y un viejo coche motor convertido en refugio cultural.

La Locomotora, entonces, no se queda quieta en el pasado. Tiene raíz ferroviaria, pero también presente musical. Guarda memoria, pero genera movimiento. Habla de trenes, pero también de canciones, de ensayos, de escuelas, de turistas, de vecinos y de nuevas oportunidades.

Tatiana también mencionó la posibilidad de recibir escuelas mediante coordinación previa, para salidas educativas. Además, sumó un dato valioso: Marcelo habla inglés y francés, por lo que la experiencia puede abrirse también a institutos o grupos con formación en esos idiomas.

Al momento de la entrevista, los valores informados fueron de $ 15.000 para turistas y una tarifa promocional de $10.000 para la comunidad local, pensada para que los malargüinos también puedan disfrutar y compartir esta propuesta.

Pero más allá de los horarios, las funciones y los valores, lo que queda después de conocer La Locomotora es una emoción difícil de ordenar. Queda la imagen de un coche motor que esperó casi veinte años para convertirse en otra cosa. Queda la historia de un padre que gestionó su recuperación, de un hijo que lo transformó, de una familia que lo sostuvo y de una pareja que hoy lo abre a la comunidad.

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Queda también el nombre de Pablo Blajevitch, el abuelo ferroviario que trabajó en La Batra y cuya memoria parece acompañar este viaje simbólico desde San Rafael hasta el último punto del recorrido.

En tiempos en que muchas veces se habla de la falta de propuestas, de la dificultad de crear espacios culturales o de la tristeza que produce ver abandonados tantos lugares cargados de historia, La Locomotora aparece como una respuesta concreta. Una respuesta hecha con paciencia, trabajo, sensibilidad, música y amor por Malargüe.

Marcelo y Tatiana no solo recuperaron un coche motor. Recuperaron una pregunta: ¿qué hacemos con nuestra memoria?

Y en este caso eligieron no dejarla oxidarse.

La pintaron, la iluminaron, le pusieron sonido, imágenes, música y relatos. La abrieron a las escuelas, a los turistas, a los músicos, a los niños, a los adolescentes, a los adultos y a todos aquellos que todavía creen que conocer la historia de un pueblo también puede ser una forma de cuidarlo.

La Locomotora es un viaje por el tiempo, un homenaje al ferrocarril, una sala de música, un centro cultural y una invitación a mirar Malargüe con emoción.

Porque cuando un pueblo se anima a rescatar sus ruinas y convertirlas en encuentro, no solo recuerda lo que fue. También empieza a imaginar lo que todavía puede ser.

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