

Patricia Farías, docente de una escuela rural de Malargüe, contó a Ser y Hacer las dificultades que atraviesan quienes deben recorrer cada semana la Ruta Provincial 186 para llegar a dar clases. Entre combustible, fletes y vehículos dañados, la vocación también tiene un costo que los docentes afrontan para sostener su tarea.

La vocación docente puede medirse también en kilómetros, horas de viaje y gastos que muchas veces salen directamente del bolsillo de quienes cada semana recorren caminos rurales para llegar a las escuelas. En Malargüe, docentes que trabajan en establecimientos de la zona deben transitar la Ruta Provincial 186, entre Carapacho y Agua Escondida, en condiciones que dificultan el traslado y aumentan los costos para quienes necesitan llegar a dar clases.
Patricia Farías, docente de una escuela rural de Malargüe y con 13 años de experiencia recorriendo esta zona, contó a Ser y Hacer parte de las dificultades que atraviesan los profesores que deben trasladarse semanalmente.
Según explicó, algunos compañeros optan por pagar un taxi flete desde Malargüe hasta las escuelas, con valores que actualmente pueden alcanzar entre 150 mil y 200 mil pesos por viaje. En otros casos, los docentes comparten un vehículo y dividen entre varios el gasto de combustible, que estimó entre 150 mil y 160 mil pesos.
El transporte público no siempre constituye una alternativa compatible con la tarea docente. Farías señaló que los horarios de los colectivos que llegan a la zona rural no coinciden necesariamente con los días y horarios en que los profesores deben trasladarse para cumplir con sus jornadas. A esto se suma el estado del camino. La docente describió sectores de la Ruta Provincial 186 con serruchos, piedras, baches y zonas afectadas por la nieve, una situación que, según su experiencia, se mantiene desde hace años.
“Lo demás siempre ha estado mal. No ha habido muchos cambios, excepto que la máquina pase, pero pasa un tramo en la entrada nada más”, relató Farías al referirse al mantenimiento del camino.

La situación no es nueva para quienes trabajan en las escuelas rurales. La docente recordó que en distintas oportunidades compañeros quedaron varados o tuvieron dificultades para atravesar sectores con barro y nieve. “Vehículo que uno ponga, vehículo que se desarma”, expresó al describir las consecuencias que el tránsito por esos caminos puede generar sobre los automóviles utilizados para llegar a las escuelas.
En su propio caso, contó que durante estos 13 años también le ha tocado hacer dedo para poder regresar a su casa después de jornadas de trabajo, en sectores como Ranquil Norte o Carapacho. El problema tampoco alcanza únicamente a los docentes. Por esos caminos deben desplazarse directivos y otros trabajadores vinculados con las escuelas, además de profesionales en la salud y efectivos policiales que prestan servicios en las comunidades rurales. El estado de la ruta condiciona así el traslado de personas que necesitan ingresar y salir de esos sectores durante todo el año.
La situación quedó expuesta nuevamente a partir de un episodio ocurrido durante uno de los viajes. La docente sufrió un inconveniente con su vehículo mientras transitaba por la zona y recibió la asistencia de un efectivo policial que regresaba de cumplir funciones en El Cortaderal.
En un mensaje enviado al diario, la docente agradeció especialmente el gesto del policía, cuyo nombre no llegó a conocer. Según relató, además de ayudarla con el inconveniente, el efectivo decidió acompañarla hasta que pudiera salir a la Ruta Nacional 40, para asegurarse de que continuara el viaje sin mayores dificultades. “En la soledad del campo, esos gestos rescatan la humanidad”, escribió la docente al agradecer la asistencia recibida.
El episodio también dejó planteado un reclamo que excede aquella situación puntual: la necesidad de contar con caminos transitables para quienes viven y trabajan en las comunidades rurales. Para los docentes, el problema tiene una dimensión concreta. Llegar a una escuela implica organizar traslados, compartir gastos, afrontar combustible, recurrir eventualmente a fletes y asumir el desgaste de los vehículos. Todo eso ocurre antes de comenzar la jornada frente a los alumnos.
La pregunta que atraviesa su testimonio es la que eligió para titular su propio mensaje: ¿cuánto vale la vocación docente?
En la respuesta no hay una cifra. Hay kilómetros recorridos, vehículos que se deterioran, gastos que se comparten y jornadas en las que llegar a la escuela ya constituye parte del esfuerzo de enseñar.

LECTURA RÁPIDA
¿Qué contó Patricia Farías? La docente relató a Ser y Hacer las dificultades y los costos que afrontan quienes viajan cada semana hasta las escuelas rurales.
¿Cuánto pueden gastar los docentes en el traslado? Según Farías, algunos compañeros pagan entre 150 mil y 200 mil pesos por un taxi flete, mientras que otros comparten gastos de combustible de entre 150 mil y 160 mil pesos.
¿Qué dificultades presenta el camino? La docente describió sectores de la Ruta Provincial 186 afectados por serruchos, piedras, baches, barro y nieve.
¿Quiénes además de los docentes utilizan estos caminos? También deben transitarlos directivos escolares y distintos profesionales y trabajadores que prestan servicios en las comunidades rurales.

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