Monumento al Gral. San Martín y Merceditas en La alameda, Ciudad de Mendoza (Foto La capital)

Cada 24 de agosto, por la Ley 5136 aprobada en 1986, se festeja en nuestra provincia el Día del Padre.

Por más que los círculos sanmartinianos intentan instaurar la fecha en la sociedad toda, sigue prevaleciendo el día del Padre comercial del mes de junio. Pero hay quienes estamos convencidos de que esta fecha debe ser, alguna vez, considerada socialmente para festejar tan noble vocación. Este convencimiento no solo se basa en la admiración que como héroe tenemos al General San Martín; y ni siquiera aún por ser el libertador de tres naciones. Pues dicho convencimiento brota del mismísimo protagonismo de Don José en su rol de papá.

Como todos saben, San Martín se casó con una jovencita llamada María de los Remedios de Escalada, con quien engendró dos hijos y de los que solo nació la primera, a quien llamaron Mercedes Tomasa (quizás, el primer nombre en honor a la Virgen de la Merced y el segundo, por la abuela materna de la niña, Doña Tomasa de la Quintana) y el segundo, la joven Remedios lo perdió por un aborto natural. Así lo manifestaba el general San Martín en una carta a Bernardo O’Higgins, el 13 de septiembre de 1818.

Recordemos que Merceditas nació el 24 de agosto de 1816, cuando San Martín estaba en plena preparación del cruce Los Andes para liberar Chile, y que en 1820 partiría rumbo al Perú para la Independencia final; por lo que su estadía con su hija y su esposa fue muy breve, ya que el fin superior de la Independencia le obligaba abandonarlas temporalmente. A su esposa no volvería a verla, pues falleció en agosto de 1823 en Buenos Aires. Es decir, que a esta altura la niña tenía 7 años y prácticamente no conocía a su Padre; pero desde este momento el desvelo del General San Marín será la educación y el bienestar de su niña. Ya días antes había escrito al gobierno del Perú manifestando su intención de emigrar a Europa para dar educación a Mercedes. ¡Y así nomás fue! En febrero de 1824 se marchó al exilio. El Padre de la Patria comenzaba a ocuparse de su hija.

Muchas veces cometemos el error de reducir la paternidad de San Martín a sus conocidas máximas, las cuales quedan como principios abstractos de un hombre bien intencionado; pero al momento de estudiar su vida familiar en el exilio, nos damos cuenta de que Don José educó a su hija con afecto y disciplina. Se alegra el libertador de haber separado a su niña de su abuela Doña Tomasa de Escalda, quien había mal criado a la niña convirtiéndola en un diablín, en palabras del mismísimo General: “Qué diablos, le decía a Manuel Olazabal, la chicuela es muy voluntariosa e insubordinada, ya se ve, como educada por la abuela”.

Una vez instalado en Europa, San Martín destinó la mayor parte de su dinero para pagar la educación de su hija. Sus visitas al colegio eran los días sábados y allí se manifestaba el carácter marcial de San Martín para formar a su niña para la vida. El historiador chileno Benjamín Vicuña Makena, pudo tomar de una compañera de colegio de Merceditas este testimonio: “San Martín había tomado la costumbre de visitarla todos los sábados y sacarla a paseo los domingos. Esta visita y la demostración afectuosa con la que siempre la acompañaba estaba subordinada a una condición y era esta la que no tuviese una sola falta apuntada en los libros de la Directora. En esto, como en todo lo disciplinario, San Martín se reveló inflexible y hasta tal punto que cuando llegaba a la pensión para visitarla y se encontraba que había merecido la más ligera observación, le decía: “Hoy no te besaré, hija mía, mañana no vendré a sacarte… Disimulando tal vez su ternura en una mirada airada, el general tomaba su sombrero y se iba para volver el próximo sábado puntual como un reloj.”

Los siguientes años en Europa para el padre y su hija fueron complejos. La austeridad, la vivencia en una cultura ajena, la necesidad de emigrar a Francia, los problemas de salud, la epidemia del cólera; todo esto fortaleció el afecto familiar.

Después vino el matrimonio de Mercedes con Mariano Balcarce y por fin las nietas del general que alegraron sus últimos días. Nietas, que vaya a saber por qué designios de Dios, no le dieron descendencia; pues ninguna de las jovencitas tuvo hijos.

Al momento de la muerte del general, su hija y su yerno le acompañaron afectuosamente. Seis años antes, el héroe de Los Andes había escrito su testamento, en el cual reflexionaba sobre la educación dada a su hija y le dejaba una enseñanza más:

“Aunque, es verdad que todos mis anhelos no han tenido otro objeto que el bien de mi hija amada, debo confesar que la honrada conducta de ésta, y el constante cariño y esmero que siempre me ha manifestado, han recompensado con usura, todos mis esmeros haciendo mi vejez feliz; me la ruego continúe con el mismo cuidado y contracción la educación de sus hijas (a las que abrazo con todo mi corazón) si es que su vejez quiere tener la misma feliz suerte que yo”

Mercedes no sólo se destacó como esposa y madre, como lo soñaba el General San Martín, sino que aprendió notablemente: música, dibujo, idiomas vivos y, con particularidad, pintura al óleo…Pero sobre todas las cosas, supo transmitir a sus hijas el amor por los demás, a tal punto que Josefa Balcarce de San Martín, nieta de nuestro libertador, es admirada aún hoy en Francia por la obra de bien que ella realizó en su tiempo.

Por Prof. Francisco Parada.

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