Presidente Alberto Fernández.

Por Guillermo Mosso (Diputado provincial Partido Demócrata)

«Idoneidad» e «idiotez» son palabras que comienzan parecido, aunque significan algo totalmente distinto.

La primera, idoneidad, deriva del latín idoneus e indica la «aptitud para algo»; la segunda, idiota, viene del griego y significa etimológicamente «el que se dedica a lo propio» y Se aplicaba a quien no prestaba atención a los asuntos públicos o políticos. El idiota y el idóneo son dos géneros distintos de personas. Sin embargo, uno llega a ser idóneo por mérito propio; y a ser idiota, también.

La Real Academia Española define idoneidad como cualidad de idóneo, como aquella persona «apropiada o adecuada para algo». Yo, que soy Contador Público, ¿podría hacer una operación de vesícula? Estudié, logré y merecí el título que me dio la Facultad de Ciencias Económicas. Pero no soy idóneo para operar una vesícula. No soy apto para ejercer la medicina porque no merecí un título que no gané: «mérito» significa «ganar».

Ahora bien, en Grecia una persona desinteresada de las cosas públicas era considerada un idiota.

La idiotez es precisamente la actitud que define a alguien que actúa según el «sálvese quien pueda», como dijo el Presidente en aquellas declaraciones del pasado 26 de mayo en las que inició sus ataques y descalificaciones contra el mérito, como también lo hizo en los últimos días.

Esta aclaración es importante porque el Presidente utiliza un lenguaje populista que llevó al periodista Marcelo Longobardi a definirlo como «la versión ridícula de Cristina Kirchner». Es un discurso que solo se entiende porque el presidente quiere complacer al kirchnerismo de paladar negro, algo que logra al confundir el mérito y el esfuerzo personal con el «individualismo poco solidario».

Los constituyentes de 1853, cuando establecieron la igualdad ante la ley, eliminaron las «prerrogativas de sangre [y] nacimiento…» y los «…títulos de nobleza». Es decir, que se eliminó la posibilidad de que alguien «muy inteligente que nace en la pobreza no tenga las mismas posibilidades que un mediocre nacido en la riqueza». Sin embargo, al mismo tiempo que eliminó las prerrogativas de sangre, dejó bien en claro que todos los habitantes son iguales ante la ley, pero «…admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad», esto es, por el mérito. Dicho con otras palabras, la mismísima Constitución Nacional estableció que la base del empleo y de la igualdad jurídica es la «aptitud para algo». Mala noticia para el Presidente Fernández: la Constitución es meritocrática.

Debemos observar cómo una sociedad que busca el desarrollo y progreso de su pueblo -aunque tenga gobiernos de derecha o de izquierda-, funciona bien gracias a la idoneidad sustentada en la meritocracia. Las democracias más desarrolladas y estables del planeta buscan también que los funcionarios y empleados públicos accedan no por pertenencia a una determinada clase o casta, sino mediante el mérito y el esfuerzo personal. Entre estos ejemplos encontramos a los países Oceánicos, Europeos, donde se destacan los escandinavos – que el presidente tanto cita -, y a la República del Ecuador que incorporó una institución como el Instituto Nacional de la Meritocracia con el objeto de «fortalecer la gestión pública en el Ecuador, garantizando la aplicación de un sistema técnico de méritos en competencias, habilidades, capacidades, destrezas y valores que permitan seleccionar al personal idóneo para el servicio público, para mejorar la competitividad y fomentar la excelencia en las instituciones del Estado».

Tampoco es correcto pretender contraponer meritocracia y solidaridad. La idea que el Sr. Presidente tiene de la solidaridad podría resumirse en aquella frase de Marx: «De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades». Sin embargo, esta frase -aunque muchas veces se la cita fuera de contexto- dice que solo se puede actuar así cuando, entre otras cosas, «con el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva…». Incluso en el pensamiento marxista -influenciado por el darwinismo social- el éxito final de la sociedad comunista dependía del desarrollo previo de todas las capacidades productivas del capitalismo industrial. En última instancia, se puede decir que Marx también era meritocrático.

La diferencia entre el que trabaja y el que vive del Estado; entre el solidario y el que vive según el «sálvese quien pueda», entre el idóneo y el idiota dependen más del mérito que de las medidas que tome un presidente populista. Como señaló la CRA en un reciente pronunciamiento: «El presente de Argentina exige mucho más mérito y menos populismo decadente. Los dirigentes que conducen a sociedades prósperas, han llegado por sus méritos personales, los que desprecian el mérito individual, sólo generan fracasos y desesperanza».

Para los habitantes de Mendoza, este tipo de mensajes son completamente desalentadores, ya que no sentimos que así se valore el ejemplo de nuestros antepasados. De aquellos criollos e inmigrantes que construyeron una provincia en medio del desierto a base de trabajo, tesón y voluntad de progreso

Es preocupante que el primer mandatario incurra en estas apreciaciones despectivas para aquellos que creen que el esfuerzo individual y colectivo es la base del progreso de las sociedades. Probablemente esto sea así porque solo juzgue a partir de la experiencia de su propia carrera política, hecha en los pliegues del poder ajeno y al amparo de liderazgos de distintas orientaciones ideológicas, a los que sirvió sin contradicción alguna. Quizás sea, porque su arribo al pináculo de su actuación pública, no fue ganado ni merecido, sino producto de una jugada de ajedrez, juego donde no mandan los alfiles, sino la reina.