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Detrás de una gran reina, una mamá que fue ancla y motor

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“Ser mamá de una reina es ser el puerto seguro donde ella llega a descansar después de tanta exposición”

Valeria De Miguel, mamá de Catalina, Reina de la Vendimia departamental saliente.

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Mirar hacia atrás y pensar en el año vendimial de Catalina despierta en Valeria De Miguel una mezcla profunda de emociones. Nostalgia y orgullo conviven cuando repasa cada paso del camino recorrido junto a su hija, hoy ex Reina de la Vendimia saliente.

Para ella, ese recorrido significó ver una transformación. “Es ver la evolución de mi Cata, esa que empezó con miedos, a la mujer segura y comprometida que es hoy”, expresa. En ese crecimiento no solo estuvo la banda ni la corona, sino algo mucho más grande: la forma en que Catalina logró transmitir esperanza y alegría a tanta gente a través de su proyecto, que continuará este año, siempre desde una humildad inquebrantable. “Es una emoción que te hace decir: valió la pena el esfuerzo, mi Cata”, resume Valeria.

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Ser mamá de una reina implicó un rol silencioso, profundo y constante. Ella lo define con claridad: fue amor puro. “Ser mamá de una reina es ser el puerto seguro donde ella llega a descansar después de tanta exposición”, cuenta. Acompañar significó estar siempre cerca, pero correrse del centro para que su hija pudiera ser la protagonista. “Aprendí que mi lugar era ser su sombra para que ella pudiera brillar”, dice, describiendo ese acompañamiento cotidiano hecho de pequeños grandes gestos: escuchar en silencio, acomodarle el pelo, arreglar su ropa, acompañarla a la puerta antes de cada evento. Instantes simples que hoy recuerda con cariño y que sabe que va a extrañar.

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Valeria disfrutó verla florecer desde un lugar de humildad. Su mayor satisfacción no estuvo en aparecer en una foto, sino en saber que Catalina se sentía preparada para enfrentar el mundo, con la tranquilidad de saber que su mamá iba a estar siempre para ella.

Hay momentos que quedan grabados para siempre. Para Valeria fueron dos. El primero, durante el conteo de votos en la Fiesta Departamental, cuando el escribano repetía una y otra vez “Candidata 1, Catalina”, hasta llegar a 130 votos. La sorpresa fue general, incluso para la encargada, Yoli, quien destacó que era la primera vez que una candidata obtenía tantos sufragios. El segundo momento llegó en la Vía Blanca, cuando la gente gritaba su nombre. “La conexión que ella tuvo con la gente fue instantánea”, recuerda. Primero en Malargüe y luego en Mendoza.

Como familia vivieron diez días intensos en Mendoza, desde la Bendición de los Frutos hasta la elección. Un tiempo compartido que Valeria define como inolvidable y que volvería a vivir una y mil veces más.

Este año también fue de aprendizaje para ella como mamá. Descubrió nuevas facetas de su hija y aprendió a admirarla aún más. La sorprendió su madurez para manejar situaciones de presión, su empatía y su capacidad de liderazgo. “Descubrí en ella una voz propia que quizás, en lo cotidiano de la casa, no se notaba con tanta fuerza”, reflexiona. Catalina le enseñó que cuando un deseo nace del corazón, no hay cansancio que te detenga.

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Para Valeria, ser la mamá de una reina departamental es ser el ancla y el motor al mismo tiempo. Un orgullo que no entra en el pecho, pero también una gran responsabilidad emocional.

Porque más allá de la corona, de los aplausos y de la exposición, hubo un amor constante que sostuvo cada paso. Un acompañamiento silencioso, paciente y profundo, que no buscó protagonismo, pero fue imprescindible. En ese andar compartido, Catalina no caminó sola: tuvo una mamá que fue refugio, impulso y sostén. Y aunque el año vendimial haya terminado, ese lazo construido desde el amor queda para siempre, como la huella más verdadera de todo este recorrido.

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