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Juan Martín Policante Vergara, el joven que recibió el legado: un instrumental, una promesa y un futuro que empieza con emoción

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“Recibir este legado fue un privilegio enorme y un impulso para no bajar los brazos y seguir adelante.”

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No estuve en el acto. No vi los abrazos ni escuché el temblor de las voces cuando el nombre de Daniel Hugo Pierini volvió a sonar fuerte en la Escuela Técnica Agropecuaria de La Junta. Pero esta historia llegó igual, como llegan las cosas que de verdad importan: de boca en boca, con un nudo en la garganta. La profesora Valeria Mendoza fue quien me la contó por mensaje. Fue el nexo. El puente silencioso entre una familia que todavía sostiene un duelo con las manos y un chico que, sin saberlo, estaba a punto de recibir un impulso enorme para su vida.

Porque lo que ocurrió en ese acto de egreso no fue solo una entrega. Fue una decisión íntima, lenta, trabajada, de esas que se toman con el corazón en la mano. Y fue, también, una forma concreta de decir: el legado sigue vivo.

Lo que se guarda… y lo que cuesta soltar

Leonardo Pierini habla del doctor Daniel Hugo Pierini como quien nombra una presencia. No como un recuerdo quieto, sino como alguien que todavía vive en lo que dejó.

Nos dimos cuenta… mi madre Maribel, mi hermano Nicolás y yo… que tenía un peso importante sentimental”, cuenta. No se refiere solo a libros o instrumentos. Se refiere a esa sensación extraña de estar “atados” a objetos que, de algún modo, parecen contener a la persona. Como si el doctor Pierini siguiera ahí, escondido en una pinza, en un estetoscopio, en una página subrayada.

La historia, explica Leonardo, empezó hace casi tres años con una primera decisión: donar bibliografía a la Biblioteca José Hernández. La biblioteca no tenía sección de veterinaria. Y un material fue llevando a otro. Pero cuando aparecieron los instrumentos, el asunto cambió: era otro tipo de despedida.

“Costaba desprenderse de ese material… una carga emotiva muy grande es poca palabra”, dice Leonardo, y en esa frase se entiende todo. Soltar no fue fácil. Pero también estaba el deseo del doctor Pierini: si él estuviera, habría compartido, donado, enseñado.

Ahí aparece un punto clave de la historia: Maribel, la mamá, la esposa. Leonardo la pone en un lugar central. Ella fue la autoridad emocional. La que dio el consentimiento, la que sostuvo la decisión, la que aceptó ver cómo algo tan íntimo tomaba otro destino.

Y ese destino —como si el pueblo supiera elegir el momento justo— fue la escuela que lleva el nombre de Daniel Hugo Pierini.

Los cómplices de una entrega con sentido

En esta trama hay personajes que no gritan, pero cambian el rumbo de todo. Valeria Mendoza, por ejemplo, fue quien —en charlas con Leonardo— comentó que había estudiantes con muy buen promedio que ya estaban casi seguros de estudiar veterinaria. Esa frase despertó el interés familiar. Y entonces aparece otro nombre que ilumina la historia: el veterinario Martín Vargas.

Leonardo lo define como “un compinche”. Un amigo con historia con el doctor Pierini. Y no es un dato menor: Martín Vargas fue, además, exalumno del doctor. Una continuidad viva.

Martín lo cuenta simple, como quien no quiere agrandarse, pero no puede ocultar la alegría: “La familia Pierini me ha hecho parte de todo esto… y estoy muy contento”. Se juntaron a revisar cajas, instrumental y otros elementos del doctor. Ya lo habían hecho antes con libros para la biblioteca de la escuela.

Y entonces se sumó otra coincidencia emotiva: el chico que iba a recibir el material era hijo de un amigo y compañero de la secundaria de Martín. Como si la vida insistiera en unir los puntos.

Martín dice que está dispuesto a ayudarlo en lo que necesite para avanzar en sus estudios. Y agrega algo que también pinta de cuerpo entero la historia: que desde su lugar en el municipio intenta facilitar prácticas profesionales para estudiantes de Medicina Veterinaria de Malargüe.

En pocas palabras: no es un gesto aislado. Es una red.

NUEVA DUO

El chico que se subía al colectivo con nieve

Cuando Juan Martín Policante Vergara habla, lo primero que aparece es su mundo. Tiene 19 años. Es de Malargüe, vive con su mamá Silvia, su papá Martín Policante y su hermana Guadalupe. Su familia está ligada al campo, a la ganadería con vacunos. Su mamá es ama de casa y él ayuda a su papá “en cualquier trabajo que se refiere al campo”, y cuando sale una changa, va.

La escuela, para él, no fue un trámite. Fue sacrificio.

“Tuvimos que sacrificar muchas cosas…”, dice. Y cuando empieza a explicar qué significa eso, la imagen se vuelve clarísima: su mamá levantándose temprano, preparándole el desayuno, y los dos esperando el colectivo a las 6:30, con cuatro grados bajo cero, con nieve, lluvia, lo que toque.

Ahí, en esa escena sencilla, está la raíz de todo.

Juan Martín habla con orgullo de haber egresado. Dice que la escuela le dio responsabilidad, que aprendió cosas que ya sabía pero no en profundidad, y otras nuevas. Que lo ayudó a ser “más estricto” con lo escolar y con lo personal. Y que su familia fue su pilar: “a no bajar los brazos”.

La vocación por veterinaria, cuenta, nació por su abuelo paterno. Un hombre de campo, de animales. “A pesar de que él no está… es mi fuerte”, dice, y se nota que esa ausencia también empuja.

Le gustan los vacunos y los caballos. Y cuando se imagina a futuro, se imagina en grande: sueña con un quirófano para atender caballos de carrera, animales chicos y grandes. Sueña con volver. Sueña con traer a Malargüe lo que hoy no existe.

“Acá no se pueden operar animales grandes porque no hay lugar… ni herramientas”, explica. Y ahí aparece otra capa del relato: no solo quiere estudiar para él. Quiere estudiar para volver y aportar.

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El día que el legado cayó en sus manos

Juan Martín no sabía lo que estaba por pasar. Y por eso lo que describe tiene una honestidad preciosa: sorpresa, gratitud y una responsabilidad nueva.

“Fue algo muy emotivo y que me llenó de orgullo”, dice sobre el momento en que recibió los elementos del doctor Pierini.

No conocía a la familia. No había tenido contacto directo. Y sin embargo, sintió un privilegio.

“Debe ser algo muy difícil entregar las cosas de un ser querido a una persona extraña”, reconoce. Por eso agradece tanto a Leonardo. Porque entiende el tamaño del gesto.

Para Juan Martín, esos instrumentos no son solo un set de herramientas para estudiar. Son una promesa que lo obliga a seguir.

“Estoy en deuda con ellos de seguir estudiando esta carrera”, dice.

Y también: “Es un impulso a seguir… a querer seguir su legado”.

En un punto de su relato, la emoción se vuelve casi un juramento: “Lo voy a lograr de llegar su legado lejos”. No lo dice con soberbia. Lo dice con la firmeza de quien se sabe acompañado.

Nombra a Dios varias veces. Habla de puertas que se abren, de caminos que se acomodan. Y lo dice desde una fe simple, cotidiana: “Gracias a Dios que se me están dando las cosas bien”.

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La Familia Pierini, La familia Policante y Martín Vargas en el acto de entrega

General Pico, el desarraigo y una frase que lo resume todo

Juan Martín ya sabe dónde va a estudiar: General Pico, La Pampa. Y cuando lo dice, aparece la dificultad más grande: el desarraigo.

Va a ser difícil… somos muy unidos”, explica. Irse duele. Pero también sabe qué lo empuja: sus ganas, su historia y ese regalo.

Y en el fondo, lo que más lo mueve es una escena futura que él ya tiene escrita en el corazón:

“Poder decir al día de mañana: Mirá, papi, soy veterinario, lo que vos querías’”.

Ahí está el chico. Ahí está su motor. Ahí está la razón por la que esta historia no termina en un acto escolar. Recién empieza.

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Un legado que no se guarda: se entrega

En esta crónica hay algo que conmueve porque es verdadero: nadie actuó por compromiso. La familia Pierini tomó una decisión íntima, trabajada, con dolor y amor. Martín Vargas acompañó con la delicadeza de quien entiende el peso de cada objeto. Valeria Mendoza sostuvo el hilo fino que une la escuela con las vidas reales. Y Juan Martín, con su historia de campo, frío, colectivo, sacrificios y fe, recibió algo que lo supera… y lo abraza.

Al final, el instrumental cambia de manos. Pero no cambia de sentido.

Y quizás por eso esta historia pega tan fuerte: porque demuestra que un nombre no queda solo en una placa. Un nombre vive cuando alguien decide que lo que fue importante no se guarda. Se comparte. Se dona. Se enseña. Se continúa.

Y ahora, en algún lugar de Malargüe, un chico de 19 años mira esas herramientas y entiende que no son solo objetos. Son una responsabilidad amorosa. Una herencia viva.

Un comienzo feliz. De esos que parecen final… pero en realidad son apenas el principio.

Verónica Bunsters

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