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El decibelímetro muy bien, gracias

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Entre escapes recortados y música a todo volumen, el descanso quedó en segundo plano. Las herramientas están, las responsabilidades también. Lo que falta es control.

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En Malargüe hay ruidos que no dejan dormir. Y hay silencios que no dejan confiar.
El ruido de las motos con escape recortado, de los autos que atraviesan la madrugada como si no hubiera vecinos. Y el silencio del Estado, que mira para otro lado mientras el descanso se convierte en un privilegio.

Porque este no es un problema nuevo ni aislado. Es crónico. Y lo saben los vecinos que, fin de semana tras fin de semana, ven cómo la convivencia urbana se desarma sin que nadie ponga un límite claro.

El Municipio anunció que incorporó un decibelímetro. Lo dijo oficialmente: el instrumento existe y fue pensado para medir ruidos de vehículos. Es una buena noticia. Pero en la calle, en los barrios, en el centro, la sensación es otra: las motos siguen pasando a cualquier hora, los escapes siguen sonando y el control no aparece. El decibelímetro está, pero el vecino no lo ve.

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Y cuando el Estado no se hace presente, el mensaje es peligroso: que el que más ruido hace, gana.

Pero hay algo todavía más grave. Vecinos del centro de la ciudad elevaron un reclamo formal, por escrito, dirigido a todas las autoridades que corresponden. Denuncian ruidos molestos persistentes de un local nocturno ubicado en plena zona urbana, frente a una estación de servicio. Música a volumen extremo desde la una de la mañana hasta pasada la madrugada. Ingreso de público fuera de horario. Basura acumulada. Accesos a viviendas bloqueados. Riesgos evidentes.

No es una queja al pasar. Es un reclamo fundado, detallado, reiterado. Y lo que más duele no es solo el ruido: es la sensación de burla. Los vecinos lo dicen sin vueltas: sienten que “les están tomando el pelo”. Cuando llegan los controles, baja el volumen. Cuando se van, vuelve a subir. ¿Eso es control? ¿Eso es autoridad?

Las consecuencias son concretas. Trabajadores que no descansan. Personas que deben rendir al día siguiente. Bebés y niños alterados durante toda la noche. Mascotas afectadas. Vecinos con enfermedades crónicas para quienes dormir no es un lujo, sino parte de su tratamiento. Esto también es salud mental. Esto también es calidad de vida.

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Y no hay excusas posibles. El propio Honorable Concejo Deliberante dejó claro que ante denuncias por ruidos molestos quien debe intervenir es el Área de Ambiente Municipal. Las ordenanzas existen. El marco legal está definido. La responsabilidad es municipal. No es un vacío normativo: es una falta de decisión.

El ruido no es solo una molestia. El ruido es una forma de violencia urbana cuando se repite, cuando se tolera, cuando se naturaliza. Y la violencia crece cuando el Estado se ausenta.

Nadie discute la necesidad de espacios de diversión nocturna. Nadie pretende una ciudad apagada. Pero la convivencia exige reglas claras y controles reales. La diversión no puede sostenerse a costa del descanso ajeno ni del incumplimiento sistemático de la ley.

Por eso el reclamo es simple y legítimo: que se controle. Que se mida. Que se sancione cuando corresponda. Y que se haga de manera transparente. Sería sano —para despejar cualquier sospecha— que las mediciones se realicen sin aviso previo al local denunciado y con vecinos presentes como testigos. La transparencia no persigue: ordena.

NUEVA DUO

A los vecinos, una certeza que vale repetir: darse por vencidos no es una opción. Reclamar no es molestar. Exigir cumplimiento de la ley es ejercer ciudadanía.

Y al Estado local, una pregunta inevitable: ¿para qué sirve un decibelímetro si el ruido sigue ganando?
El silencio, en este caso, también hace ruido. Y Malargüe ya escuchó demasiado.

NR: Desde Ser y Hacer quedamos a disposición para facilitar el contacto entre vecinos y organismos de control, promoviendo mediciones con decibelímetro transparentes y con vecinos como testigos.

Redacción Ser y Hacer

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