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Cañada Colorada y una inundación anunciada: cuando las obras que estaban planificadas nunca llegaron

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“Esto se podría haber evitado con obras que están estudiadas desde hace más de veinte años”

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La inundación que afectó fincas en Cañada Colorada, al oeste de Malargüe, no puede explicarse únicamente por la intensidad de las tormentas. Testimonios de vecinos, audios de comunicaciones internas, explicaciones institucionales y documentos técnicos previos describen un escenario de riesgo conocido y recurrente, atravesado por puntos vulnerables en el sistema de drenaje, obras proyectadas que no se ejecutaron y una cadena de decisiones —y demoras— que, frente a cada crecida, vuelven a exponer a productores y familias.

Gabriel Ferrero, vecino del lugar y productor, fue uno de los más afectados por los episodios recientes. Según relató, el agua ingresó desde un badén por un punto vulnerable del sistema de drenaje, avanzó sobre su propiedad, anegó callejones internos, espacios de uso familiar, cultivos y su emprendimiento gastronómico. En menos de una semana el agua entró dos veces: la segunda, el viernes 30 de enero, con una crecida que describió como más grave que la anterior. En ese contexto, y según relataron vecinos de la zona, se sumaron otros damnificados y se vivieron momentos de angustia y tensión al tratar de salir de sus hogares.

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Mostramos los videos que nos hicieron llegar vecinos de la zona para entender la magnitud humana del tema que estamos tratando. Empecemos por el video del día domingo 25 de enero en donde se escucha a Gabriel Ferrero:

Ahora los testimonios de solo 5 días después, del viernes 30 de enero, donde la familia Poblete trata infructuosamente de salir de su domicilio.

Un problema recurrente, no un hecho excepcional

Lo ocurrido en Cañada Colorada no es un episodio aislado. En los últimos años, vecinos y productores vienen advirtiendo que cada crecida importante vuelve a encontrar al territorio sin defensas suficientes. El arrastre de sedimentos, la saturación de colectores y la falta de contención hacen que el agua busque su curso natural: las fincas, los caminos y las áreas productivas.

El impacto no se limita al ingreso del agua. Las crecidas dejan depósitos de arcilla que deterioran el suelo, vuelven improductiva la tierra y dificultan una recuperación rápida. A eso se suma el daño económico: pérdidas en infraestructura, jornadas de trabajo suspendidas y el esfuerzo constante por sostener emprendimientos rurales que dependen de cada temporada.

Detrás de estos hechos aparece una pregunta que atraviesa todos los testimonios: si el riesgo era conocido, ¿por qué no se hicieron las obras necesarias?

El Plan Estratégico que advirtió el riesgo

La respuesta conduce inevitablemente a los documentos. Desde principios de los años noventa existen estudios técnicos que analizaron el riesgo aluvional en el pedemonte malargüino y propusieron soluciones concretas. Parte de ese trabajo fue incorporado al Plan Estratégico de Malargüe, elaborado con la participación de universidades y equipos técnicos especializados.

Graciela Viollaz, quien tuvo a su cargo el Plan Estratégico municipal, explicó que los estudios sobre Cañada Colorada y las cuencas que descienden desde el pedemonte no solo diagnosticaron el problema, sino que propusieron obras específicas para reducir el impacto de las crecidas.

Entre esas propuestas se incluían reservorios de retención de crecidas, diques retardadores, restauración hidrológica–forestal, obras con gaviones, recomposición de defensas y sistemas de desvío para evitar que el agua ingresara a zonas productivas y habitadas. No se trataba de ideas generales, sino de proyectos con cálculos técnicos, localización territorial y prioridades definidas.

Los estudios están hechos, pagos y archivados desde hace más de dos décadas. No hacía falta diseñar nuevas soluciones: bastaba con ejecutar las que ya existían.

Dos escalas del problema: obras estructurales y obras puntuales

En el debate que se abrió tras las inundaciones aparece con fuerza una distinción clave: no todas las soluciones operan en la misma escala.

Por un lado, están las obras estructurales de cuenca, pensadas para reducir el riesgo de fondo en todo el pedemonte malargüino. Son las defensas aluvionales y sistemas de control de crecidas proyectados desde hace décadas, que requieren planificación integral, financiamiento sostenido y ejecución a largo plazo.

Por otro lado, existen intervenciones puntuales y de emergencia, de bajo costo relativo, orientadas a resolver puntos críticos concretos: recomponer un borde, restituir una defensa, colocar sifones o instalar una compuerta para evitar que el agua ingrese por un punto vulnerable cada vez que se produce una crecida.

“Esto se arregla con dos pesos con cincuenta”, graficó Ferrero, en referencia a este segundo nivel de obras. No hablaba de resolver el riesgo aluvional de toda la cuenca, sino de evitar que el agua vuelva a entrar por el mismo lugar mientras las soluciones de fondo siguen pendientes.

La tensión no es entre obra grande y obra chica. El problema, señalan los vecinos, es que no se hizo ni lo estructural ni lo urgente, y que la discusión administrativa terminó desplazando cualquier respuesta inmediata en un contexto de emergencia.

Cruce de responsabilidades y una urgencia que no espera

Durante los días posteriores a la crecida, las comunicaciones entre vecinos y organismos expusieron una superposición de jurisdicciones. Irrigación, Hidráulica, defensas, cauces temporarios o permanentes: cada área con su marco normativo, mientras el agua avanzaba sin reconocer límites administrativos.

Desde el organismo de Irrigación, el ingeniero Jorge Fernández explicó que el ingreso del agua se produjo porque “se ha roto la defensa del arroyo La Bebida” y que, en esas condiciones, “si el nivel del arroyo es más alto que el del canal, el agua va a entrar inevitablemente”. También señaló que restituir esa defensa requiere autorización del organismo competente, y que no se avanzó con intervenciones hasta tanto se aclararan responsabilidades.

Desde los vecinos, en cambio, se respondió que el problema lleva años, que la defensa existe desde hace décadas y que fue intervenida en distintas oportunidades. En el medio, la crecida avanzó y los daños se multiplicaron.

El trasfondo: planificación sin ejecución

Lo que deja al descubierto esta situación no es solo una emergencia puntual, sino una falla más profunda: la distancia persistente entre la planificación y la ejecución. Malargüe cuenta con diagnósticos, estudios y planes que identificaron el riesgo aluvional como una amenaza concreta para la producción, la infraestructura y las áreas habitadas. Sin embargo, muchas de esas obras quedaron en el papel.

La paradoja es evidente: existen planes estratégicos y estudios técnicos, pero no continuidad en las inversiones. Mientras se muestran obras de mayor escala en otros puntos, problemas locales, conocidos y reiterados, siguen sin resolverse.

En una zona donde la actividad agropecuaria bajo riego sostiene economías familiares y empleo rural, cada inundación no es solo un fenómeno natural: es una pérdida acumulada de años de trabajo.

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Portezuelo del Viento: los fondos que no llegaron al territorio

Cuando se anunció que los fondos de Portezuelo del Viento serían destinados a obras hídricas en la provincia, en Malargüe muchos imaginaron que parte de esos recursos permitirían resolver problemas estructurales largamente diagnosticados. Entre ellos, el riesgo aluvional en zonas como Cañada Colorada y los arroyos que descienden desde el pedemonte.

Sin embargo, más de veinte años después de que esos estudios técnicos fueran realizados y archivados, la pregunta sigue abierta: ¿por qué no se presentó el proyecto de defensa aluvional de Cañada Colorada cuando hubo fondos disponibles? ¿Por qué un plan con informes científicos, cálculos hidráulicos y alternativas de obra no fue desempolvado para su ejecución? ¿Por qué de esos recursos no quedó en Malargüe una obra concreta destinada a prevenir inundaciones?

Los documentos existen. Los diagnósticos también. Lo que no aparece es la decisión política y administrativa de convertir esos papeles en obras. Mientras tanto, las crecidas siguieron su curso natural y los daños se repitieron año tras año.

El caso de Cañada Colorada expone una paradoja persistente: cuando hubo planificación, faltó ejecución; cuando hubo fondos extraordinarios, los proyectos locales no avanzaron.

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Anexo documental: lo que dicen los estudios técnicos

Con el objetivo de aportar transparencia y facilitar el acceso a la información técnica que forma parte del debate público, Ser y Hacer publica como anexo los documentos que analizan el riesgo aluvional en Malargüe.

Los estudios elaborados entre 1993 y 2018 coinciden en que el pedemonte malargüino presenta una alta vulnerabilidad frente a eventos aluvionales y que, sin obras de corrección, las crecidas afectan zonas productivas, bajo riego y áreas habitadas. En ese marco, se proponen defensas aluvionales, obras de retención y ordenamiento del escurrimiento, y medidas de restauración hidrológica–forestal para reducir el impacto de las crecidas.

La documentación muestra que el problema no fue la falta de estudios, sino la brecha entre la planificación y la ejecución de las obras.

Documentos anexados para consulta pública:
Malargüe Sostenible. Planificación y Gestión Integral para el Desarrollo
Misión de Priorización – Programa Ciudades Sostenibles
Análisis de Riesgo Aluvional – Pedemonte Campo Cañada Colorada
Estudios Hidrológicos y Propuesta de Obras – Instituto de Investigaciones Hidráulicas

Un poco de historia reciente:

Temporal: casas inundadas en Malargüe

Desde Defensa Civil Malargüe piden circular con precaución en el puente Arrollo La Bebida | Diario Mendoza Sur – Diario de San Rafael

Por anegamientos recientes sacarán el puente ferroviario sobre Arroyo La Bebida

Ser y Hacer mantiene abiertos los canales para incorporar respuestas formales y documentación técnica o administrativa de los organismos mencionados, y actualizar la información a medida que se produzcan nuevas definiciones.

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