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Una madre y sus cinco hijos intentan empezar de nuevo en Malargüe y necesitan una oportunidad

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A esta historia llegamos a partir de un mensaje. Una lectora nos compartió un pedido desesperado que circulaba en Facebook: una familia recién llegada a Malargüe necesitaba ayuda urgente. Hablaba de cinco hijos, de abrigo, de alimentos, de colchones. Decidimos acercarnos para conocer la situación de primera mano. Lo que encontramos no fue una publicación más en redes sociales, sino una realidad concreta que merece ser contada.

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Llegué y la escena no tenía nada de postal. No era “emprendedurismo”, no era “historia inspiradora” en el sentido liviano con el que a veces se cuentan estas cosas. Era necesidad. Era desesperación. Débora Liz Martínez, 39 años, venida de Comodoro Rivadavia, estaba con harina en la cara porque estaba cocinando a contrarreloj. Panes, churros, lo que pudiera vender para que ese día, al menos, alcance para comer.

Hace unos tres meses llegó a Malargüe con sus cinco hijos —la mayor de 18, un varón de 16, una nena de 11, otra de 6 y un nene de 4— “con lo puesto”. Con lo puesto, sin ropa de recambio, sin cama para todos, sin margen. Hoy viven de prestado, en condiciones que ella misma describe sin vueltas: una piecita muy, muy chica donde se acomodan como pueden. Son seis personas en un espacio mínimo, dentro de una vivienda en malas condiciones. En la casa hay un salón, y es allí —donde está el horno— donde cocinan lo que después Débora sale a vender.

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Cuando se le pregunta cómo llegó a Malargüe, Débora cuenta que antes vivía en Rosario y que, por una situación de violencia que puso en riesgo su vida y la de sus hijos, tuvo que irse. Desde allí llegó a Comodoro Rivadavia, donde —según relata— también la pasó muy mal. Fue en esa ciudad donde conoció a Emanuel, su pareja actual, a quien habían llevado a trabajar “y no le estaban pagando”: dice que trabajaba prácticamente gratis y que apenas recibía “una ración de comida por día”. Con el tiempo, Emanuel se fue a vivir con ella, pero la situación se volvió cada vez más difícil: a Débora la desalojaron, terminó en la calle y, después, decidió venir a Malargüe junto a sus hijos para intentar empezar de nuevo. Hoy viven en la precaria casa de la madre de Emanuel.

“Mi situación actual es que vivo de prestado”, me dice. Y enseguida, como si necesitara que se entienda la magnitud: “Venimos con lo puesto… no tengo nada”. Lo único que consiguieron hasta ahora es una cama de dos plazas donada por gente de la iglesia. “Está en mínimas condiciones, pero a nosotros nos sirvió”, cuenta. El resto se resuelve con colchones tirados en el piso para los chicos y otra cama compartida entre las tres chicas. “Los chicos no tienen cama”, repite, y el frío que se viene vuelve esa frase todavía más seria.

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Débora no habla desde la queja. Habla desde el agotamiento de quien viene golpeando puertas. Fue a Desarrollo Social. Le dieron una caja de alimentos: leche, harina, azúcar y algunas cosas básicas. Pero cuando pidió ayuda para que sus hijos pudieran comenzar la escuela, la respuesta fue otra: sin documentación en Malargüe, no hay acompañamiento. “Me dijeron que no me podían dar ninguna mano porque yo no tengo documentación acá”, relata.

Intentó hacer los DNI en el Registro Civil. “Me hacen sacarlos por internet y no hay ningún turno”, cuenta. Y sin documentos se complica todo: no puede regularizar trámites, no puede resolver cobros, y también se frena la escolaridad. “Todavía no les he podido conseguir lugar… porque no tienen los documentos… me piden analíticos, me piden un montón de cosas”, explica. Los chicos venían estudiando en Comodoro, pero la salida fue solo con lo que pudieron juntar para los pasajes y sin pagar equipaje: “Me vine con lo puesto. Con nada”.

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En este escenario, Débora hace lo único que siente que le queda: salir a vender. No porque le encante, no porque sea un proyecto, sino porque es la cuerda de la que se agarra para sostener a su familia. “Vendo panes en la calle, churros… todos los días, todos los días”. Camina distintos barrios. A veces intenta ir a Las Sendas, pero incluso ahí se encuentra con trabas: “Me han parado… diciendo que yo no era de acá, que no podía”. Ella intenta explicar: no ocupo un puesto fijo, camino con la mercadería en la mano. Y dice algo que resume todo: “Yo sé que ellos cumplen su trabajo, pero yo también tengo que trabajar y nadie me da trabajo… tengo que alimentar cinco hijos”.

Con lágrimas en los ojos esta mujer cuenta una dura historia de abusos y violencias de la que eligió salvarse con sus hijos. Cuando le pregunto qué sabe hacer, responde rápido, con esa mezcla de orgullo y cansancio de quien viene peleando desde siempre. “Desde los 8 años que vivo trabajando”, dice, y enumera oficios: Me dediqué mucho tiempo a la venta de indumentaria de trabajo, pintura en obras y en altura, textil, cocina (estudió gastronomía), tejido, reciclaje. “Sé hacer de todo”, asegura. No está pidiendo que la sostengan: está pidiendo que la dejen empezar.

Lo que Débora busca, por encima de todo, es un trabajo. Y con eso, poder ordenar lo demás: escuela para sus hijos, trámites, un ingreso estable, una vida más digna. También pide ayuda concreta: ropa de abrigo, calzado, alimentos (harina especialmente para hacer sus ventas), colchones, ropa de cama, útiles escolares. Pero el pedido más importante es el que no se compra en un supermercado: una oportunidad real.

Malargüe, tantas veces, ha sido tierra de brazos abiertos. Un lugar donde la gente llega buscando un comienzo y, con el empuje propio y la ayuda justa, se acomoda, trabaja, se integra. Esta nota no busca “idealizar” ni exponer: busca poner en palabras una urgencia que existe y que ya está tocando puertas.

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Débora se ve una mujer sufrida, hoy superada por la situación pero que la sigue luchando como ha hecho siempre, no busca lujos. Pide lo básico. Pide que sus hijos puedan estudiar. Pide un trabajo. Pide un lugar digno donde dormir sin que el invierno se lleve la salud de sus hijos y lo poco que tienen.

Cómo ayudar:

  • Calzado y abrigo
    • Chica (18 años): talle 38
    • Varón (16 años): talle 41–42
    • Nena (11 años): talle 32–33
    • Nena (6 años): talle 26–27
    • Nene (4 años): talle 23–24
  • Alimentos no perecederos: harina, aceite, leche, arroz, etc. (harina especialmente para hacer más panes para vender)
  • Útiles escolares: mochilas, cuadernos, lápices
  • Ropa de cama y colchones
  • Un lugar donde vivir más cómodos

Domicilio: Olascoaga 885, Barrio Municipal
Contacto: Emanuel (pareja) 2604 042060

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