

“Vivir en El Manzano es algo hermoso. No tendrá todas las comodidades, pero hay cosas que no se pagan con nada: el cielo limpio, la familia y los vecinos que siempre están unos para los otros.”

En el paraje El Manzano la vida transcurre con otro ritmo. No hay ruido de ciudad ni apuro de semáforos: hay cielo abierto, arroyos que se cruzan a caballo y vecinos que todavía se saludan por el nombre. Allí nació y creció Mirta Muñoz, a quien todos conocen simplemente como Lola. Cuando habla de su lugar en el mundo, su voz se llena de gratitud. “Haber nacido en esta zona es lo más lindo que uno tiene”, dice, y enseguida aparecen los recuerdos de una infancia que hoy parece lejana: los viajes a caballo para ir a la escuela, los arroyos con correntadas fuertes que había que cruzar y la convivencia en los albergues escolares donde niños, maestros y celadores formaban una gran familia. “Éramos más de cien compañeros viviendo ahí durante meses. Todos bajo las mismas condiciones, con lo que nuestros padres podían darnos. Si uno no tenía medias o calzado, nos ayudábamos entre nosotros”.
Aquella infancia tranquila fue también el comienzo de una vida marcada por el esfuerzo. Hubo un tiempo en que, ya casada, pensó en irse del campo para buscar “una mejor vida” para sus hijos. Lo recuerda con una claridad práctica, como quien enumera lo cotidiano: no había acceso a una ruta para llegar en vehículo a la casa; todo se llevaba a lomo de mula, desde materiales hasta muebles; para la escuela o para un centro de salud, muchas veces no quedaba otra que el caballo o la caminata. “Había que comprar el material y hacer algún mueble ahí nomás, con la sabiduría que uno tenía”. Y sin embargo, el paisaje y esa forma de vivir terminaron pesando más que cualquier carencia.
Lola cuenta que cada día vuelve a encontrarse con esa certeza cuando levanta la mirada y observa lo que la rodea. “Mirar la belleza que nos rodea cada día es lo más emocionante. La naturaleza nos da tantas cosas… tanta riqueza”. Y habla de las noches como si fueran un regalo: salir de una habitación a otra, sentir el aire fresco en la cara, mirar el cielo puro y limpio. “¿Cómo no va a estar agradecida una de eso?”. Ha conocido ciudades grandes —Buenos Aires, Córdoba—, pero allí sintió otra cosa: “estar encerrada entre cemento”, no poder contemplar el cielo a ninguna hora. Por eso, más allá de las comodidades que puedan faltar, hay algo que para ella es “impagable”.

Cuando le pregunto qué significa ser mujer en el campo, Lola no lo reduce a un rol. “Ser mujer de campo no solo significa ser esposa, madre, sino también ser agradecida de la forma simple que se puede vivir, descubrir cada día los desafíos que nos da la vida y cómo superarlos”. Y agrega algo que se repite como un hilo en su relato: mirar al otro. Ponerse en el lugar del vecino, ver la necesidad ajena, estar atenta. Aun así, es clara en una crítica que no necesita dramatismo: siente que el trabajo de la mujer rural está poco reconocido. “Nuestro trabajo como amas de casa está muy, muy poco reconocido. Directamente no se nos tiene muy en cuenta”.
Su rutina lo explica mejor que cualquier discurso. En temporada de chivos —septiembre, octubre, noviembre, hasta diciembre— el día empieza antes del amanecer. “Tipo cinco de la mañana hay que salir para el corral”, revisar animales, asegurarse de que los chivitos estén con sus madres, ayudar al marido en el campo. Después, la casa: hacer pan, lavar ropa en un fuentón “como antes”, tirar leña al hombro para cocinar, preparar la comida en el fuego, guardar agua fresca de una vertiente, alimentar gallinas, recoger huevos, y si queda tiempo, la huerta. Lola lo dice sin queja, con la serenidad de quien sabe que esa vida tiene exigencias, sí, pero también sentido. El invierno, reconoce, es lo más sacrificado: lavar a mano con frío, salir a buscar leña para calefaccionarse. Y, como si equilibrara la balanza con una frase simple, remata con lo que para ella lo justifica todo: “lo más hermoso del campo es la familia”, poder estar, trabajar juntos, compartir el día entero sin tener que dejar a los tuyos lejos por horas.

Hay un tramo de su historia donde la fortaleza deja de ser una palabra y se vuelve una experiencia concreta. Lola recuerda un episodio de juventud —17, 18 años— que la obligó a tomar decisiones cuando todavía era chica. Ella se crió en otra familia: su madre falleció cuando era muy pequeña y, aunque lo dice breve, se nota el agradecimiento hacia ese hogar que la sostuvo. Aquella noche de mayo, su padre salió temprano al campo y no regresó. No había hombres cerca que pudieran ayudarla; caminó sola buscando auxilio hasta muy tarde. “Tipo once de la noche todavía andaba caminando”, cuenta, hasta que logró llegar a un vecino que la asistió. Su padre había sufrido un accidente: el caballo lo lastimó y estaba tirado en el campo, con fracturas en cadera, clavícula, brazo y costillas. “Desde ahí fue duro para mí tener que tomar decisiones… pero no había otra”. Ir a la ciudad, al hospital, cuidar, resolver: fue un aprendizaje acelerado. “Ya desde ahí empecé como a hacerme fuerte”.

Pero el golpe más duro llegó después: la pérdida de una hija, con solo ocho años. Lola no se detiene en detalles, y aun así alcanza para sentir el peso de esa ausencia. “Son duros momentos que te marcan la vida y cuesta mucho salir de ello”. En ese tramo aparece, de nuevo, el sostén colectivo: amigas, vecinas, la ronda del mate, los talleres, la charla que acompaña cuando el dolor no se va pero se aprende a caminar con él. “Así fui saliendo adelante y lo hemos ido superando, gracias a Dios”. Y entonces dice algo que explica, quizás, por qué su nombre circula “de boca en boca” en el paraje cuando alguien necesita una mano: en el último abrazo a su hija le prometió que siempre iba a estar para los demás como había estado para ella. Esa promesa se convirtió en una forma de vivir. “Siento siempre ganas de ayudar… sin poner precio a lo que hacía”. No le importa cómo llegar: caminando, haciendo dedo, como sea. “Para mí lo importante es darle una mano a la otra persona”. Y cuando logra hacerlo, se le nota la satisfacción: “tal vez ha sido algo de gran ayuda para ellos… enorme satisfacción”.
En El Manzano, la comunidad sigue siendo una palabra viva. Lola lo cuenta como quien describe una costumbre, no una excepción: vecinos que se visitan, mate compartido, un “hola, buenos días” que se repite, la pregunta sincera por lo que el otro necesita. “Por cualquier dificultad que el otro tenga, ahí estamos siempre unos para los otros. No hay diferencias”. Esa convivencia —dice— es una de sus emociones más grandes; es lo que “da ganas de vivir” ahí. Y también es parte de su identidad: siente que sus vecinos la aprecian, la buscan, confían. “Eso es algo enorme, algo gratificante”.

Hay otra dimensión en la vida de Lola que la ilumina: los saberes que vienen de la tierra. Trabajar la lana, el cuero, hacer barro para adobes. Son cosas que aprendió mirando a sus padres, porque “siempre ellos hicieron ese tipo de artesanía” y a ella le llamaba la atención. A los 15 años hizo su primera prenda para sí misma. Y hoy lo dice con una alegría serena: “hacer estos trabajos te hace olvidar todo… te metés en ese mundo de la lana, tranquilo”. Además, hay una belleza circular en el modo en que lo explica: criar animales y recibir de ellos esa “calidez” convertida en lana, en abrigo, en posibilidad. Si se sabe utilizar, dice, “te ayuda a salir adelante” y puede generar un ingreso, pequeño pero valioso para el sostén de la familia. Por eso le preocupa que esos saberes se pierdan: “sería muy lamentable”. Tiene un grupo pequeño con el que realizan artesanías, y le entusiasma cuando se acercan niños a aprender, cuando la curiosidad abre una puerta. “Mucha gente está viendo que se puede recuperar… cosas que se tiran y no es difícil darles utilidad y sacar dinero de eso también”.

Cuando habla de orgullo, Lola vuelve a su casa, a su historia íntima. “Ver mis hijos… hoy todos ya están con sus estudios, han podido progresar”. Los años fueron difíciles, pero no se dejaron vencer: “buscamos la vuelta para que ellos salieran adelante”. Ese logro —que hoy sean independientes— le devuelve una tranquilidad profunda. Y todavía guarda un sueño, de esos que nacen del deseo de compartir: tener un pequeño salón, un espacio en su casa para reunirse con artesanos, aprender, enseñar, mostrar trabajos, ser “más independientes”. Un lugar donde lo que se sabe no se pierda y donde lo comunitario vuelva a suceder alrededor de las manos.
Lola se define sin vueltas: “soy esa mujer que ha luchado por estar aquí donde estoy”, la que tiende visitas y ofrece lo que puede a quien lo necesita. Y si hay una idea que atraviesa toda su voz, como una enseñanza que no se aprende en manuales, es esta: el campo forma carácter. “Te enseña a ser fuerte, a resolver tus problemas, a buscar soluciones aún en los momentos más duros”. Dicho por ella, no suena a frase hecha. Suena a vida.

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