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Especial 8M – Silvia Díaz: “Nada fue fácil, pero siempre creí que con amor, fe y trabajo se puede salir adelante”

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“Venimos de familias sencillas y nos costó mucho. Pero cuando una hace las cosas desde el corazón, siempre encuentra la manera de seguir.”

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Silvia de Olinda Díaz nació el 14 de abril de 1979 en una familia sencilla de Malargüe, entre el campo, los animales y una infancia que todavía recuerda con ternura. Fue la menor y la única mujer entre varios hermanos varones, y quizás por eso aprendió desde temprano a hacerse lugar, a moverse, a no quedarse quieta. Cuando habla de sí misma, no elige grandes definiciones: dice que es una mujer simple, activa, muy mental, de esas personas que necesitan estar ocupadas, hacer cosas, proponerse desafíos. Y en esa manera de contarse ya aparece una parte importante de su esencia.

Hay en Silvia una mezcla de energía y sensibilidad. Detrás de la empresaria, de la mujer que hoy estudia una licenciatura en marketing y comercialización y trabaja todos los días en la promoción de sus proyectos, sigue estando aquella chica que creció entre caballos, cabritas y paisajes de campo, con una infancia llena de amigos y libertad. Ese origen no quedó atrás. Está presente en su manera de mirar Malargüe, en el respeto que siente por su cultura y en la convicción de que las cosas valiosas no se construyen de un día para otro.

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Su vida, en realidad, no parecía encaminada desde el inicio hacia el mundo del emprendimiento. Terminó la secundaria, pensó en estudiar medicina forense, después se interesó por un profesorado de lengua y literatura, y finalmente encontró su camino en el profesorado de ciencias naturales. Se recibió en 2001, en medio de un país convulsionado, y comenzó a trabajar como docente en distintas escuelas rurales de Malargüe. Fue profesora en La Junta, El Alambrado, Las Loicas, Carapacho, La Minera. Durante años, ese fue su mundo: la docencia, el esfuerzo, el traslado, el trabajo silencioso.

Pero la vida a veces cambia de dirección en una charla sencilla, de esas que parecen cotidianas y después lo modifican todo. Silvia y su esposo Roberto tenían a sus hijos pequeños y necesitaban encontrar una forma de trabajar que también les permitiera estar presentes en la crianza. No se trataba solo de ganar dinero. Había una necesidad más honda: sostener la casa, acompañar a la familia y, al mismo tiempo, hacer algo propio. Así empezó todo.

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La idea de hacer chocolates nació en ese contexto, casi sin solemnidad, como empiezan muchas cosas importantes: en la intimidad de una familia que busca salir adelante. Silvia lo recuerda con honestidad y hasta con algo de humor. Ella era profesora de biología, no tenía nada que ver con el chocolate. Sin embargo, aprendió. Aprendieron. En casa, con los chicos dando vueltas, entre pruebas, errores, entusiasmo y mucho trabajo. Lo que empezó por necesidad fue encontrando forma, identidad y sentido.

Tal vez por eso, cuando habla de lo que construyó, no habla primero de marca ni de negocio. Habla del esfuerzo, del camino, de esas pequeñas cosas que muchas veces una no ve mientras las está haciendo. Recién con el tiempo, dice, pudo mirar hacia atrás y darse cuenta de todo lo logrado. De cuánto costó. De cuánto hubo que insistir.

Silvia sabe bien lo que es venir de abajo. Lo dice sin dramatismo, pero con verdad. Tanto ella como Roberto vienen de familias humildes, sin grandes posibilidades económicas ni sociales. Nada les fue regalado. Todo hubo que pensarlo, imaginarlo, trabajarlo. Y quizás por eso, en su historia, lo material nunca aparece desconectado de lo humano. Para ella, emprender no es solo vender: es sostener, crear, dar trabajo, construir algo que también sea útil para otros.

A esa forma de vivir el trabajo la atraviesa profundamente la fe. Silvia habla de Dios, de la Virgen, de los ángeles, con una naturalidad conmovedora. No como un discurso aprendido, sino como una certeza íntima. Siente que siempre estuvo acompañada, que en los momentos en que algo parecía tambalear aparecía una señal, una mano, una fuerza para seguir. También siente muy cerca a sus padres. Su padre murió cuando ella tenía 16 años, y su madre hace pocos años, pero habla de ellos como presencias que siguen sosteniéndola de otro modo. En su relato, la fe no está separada de la vida cotidiana: es parte de su manera de resistir, de confiar, de avanzar.

Y junto a esa fe aparece con muchísima fuerza la familia. Roberto ocupa un lugar central en su historia. Silvia lo nombra con admiración, como a un compañero incansable, valiente, perseverante, un hombre que le enseñó a no dejar las cosas sin hacer. Se nota que no habla solo del socio de sus proyectos, sino del hombre con el que construyó una vida. Juntos criaron a sus hijos, atravesaron etapas difíciles, trabajaron codo a codo y transformaron una necesidad en una forma de sostenerse y de crecer.

Con el tiempo, a aquel primer emprendimiento se sumaron otros, y también más personas. Pero incluso ahí, en la lógica del trabajo y la empresa, Silvia vuelve siempre a lo humano. Le importa que quienes trabajan con ella se sientan parte, que no sean solo empleados, que haya equipo, vínculo, pertenencia. Hay en eso una marca muy suya: la idea de que nadie construye solo.

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También por eso su mirada sobre Malargüe no es la de alguien que simplemente desarrolla una actividad comercial en la ciudad. Hay un amor genuino por este lugar. Silvia habla de Malargüe como de un pueblo grande, una ciudad chica, donde todavía existe cierta cercanía, donde la gente se conoce, se saluda, se acompaña. Y aunque ha conocido otros lugares, elige quedarse acá. Siente que este pueblo tiene algo especial, algo que vale la pena mostrar, cuidar y potenciar.

En esa convicción también aparece otro de sus rasgos más claros: Silvia no se conforma con pensar solo en sí misma. Uno de sus objetivos actuales es trabajar para posicionar a Malargüe como destino turístico, ayudar a que crezca, a que se lo conozca más, a que otros también apuesten por esta tierra. En su manera de ver las cosas, el progreso propio no tiene sentido si no va acompañado por el crecimiento colectivo.

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Silvia acompañada de su familia

Claro que no todo fue fácil. Para una mujer, reconoce, abrirse camino en el mundo del emprendimiento tiene dificultades particulares. Siente que muchas veces la mujer tiene que demostrar más, y que incluso entre mujeres puede aparecer la crítica con demasiada facilidad. Pero aun con eso, siguió. Trabajó muchísimo para sostener sus proyectos, para imponer una identidad, para seguir apostando incluso cuando todo era incierto. Y esa perseverancia no nace del ego, sino de una convicción profunda: la de creer en lo que hace.

Si algo atraviesa toda su historia es el amor puesto en cada detalle. Silvia cree que las mujeres le ponen corazón a lo que hacen, y que cuando las cosas nacen desde un lugar genuino, eso se nota. No lo plantea como una frase bonita, sino como una experiencia vivida. Ella sabe lo que significa levantarse y seguir, criar hijos, trabajar, sostener una idea, dudar, cansarse, volver a empezar. Por eso, cuando aconseja a otras mujeres que quieren emprender, lo hace desde un lugar muy sincero: hay que escuchar esa voz interior que dice “vos podés”, incluso cuando alrededor todo parece incierto.

En un momento de la entrevista recuerda una frase de su padre que se le quedó para siempre: “El sol sale para todos”. Y después le suma su propia lectura, nacida de los años y de la experiencia: “Sí, el sol sale para todos, pero una tiene que salir a buscar dónde da más fuerte”.

Quizás ahí esté, en el fondo, la mejor definición de Silvia. Una mujer que no esperó que la vida le resolviera el camino, sino que salió a buscar su propia luz. Con fe, con esfuerzo, con amor y con esa fuerza serena de las mujeres que aprendieron a construir sin hacer ruido, pero dejando huella.

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