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Especial 8M: Camila Herrera: “El arte no es solo algo que hago: es la forma en la que miro el mundo”

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“Aunque algún día mi nombre no sea recordado, me gustaría que mis obras sigan ahí, contando algo de mí y dejando una huella en los lugares donde estuve.”

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Camila Herrera tiene 19 años, pero habla de su vocación con una claridad que no siempre se encuentra incluso en quienes llevan muchos más años buscando su camino. Se nombra a sí misma como una artista joven que crece todos los días, y en esa forma de presentarse ya hay algo profundo: no se define desde un título cerrado, sino desde un proceso, desde una construcción viva, en movimiento. Camila no se piensa como alguien que “hace arte” de vez en cuando. El arte, en ella, es identidad. Es una manera de sentir, de observar, de hacerse preguntas y de habitar lo que la rodea.

Cuando no está pintando, dice, sigue siendo artista. Sigue mirando superficies vacías e imaginando qué podría nacer ahí. Sigue combinando colores en la cabeza, interpretando lo que ve, pensando en cómo algo podría ser distinto o incluso más bello. Hay una Camila amiga, hija, una joven que ama, que duda y que sigue descubriéndose, claro. Pero aun en todo eso, el arte sigue estando presente. No depende solo de sus manos. Vive en su forma de mirar. En esos “lentes de artista” con los que observa el mundo y que le permiten encontrar sentido, color y posibilidad donde otros tal vez solo ven una pared, una vidriera o un espacio vacío.

Ser una mujer joven que empieza a expresar su arte en Malargüe le genera un orgullo enorme. No solo por lo que significa en términos de trabajo o reconocimiento, sino por lo que implica en su crecimiento personal. Camila habla con emoción del cariño de la gente, de la confianza que recibe, de esa sensación tan poderosa de sentir que otros creen en ella y en lo que es capaz de hacer. Y en una ciudad como Malargüe, donde a veces los caminos parecen menos trazados para ciertas disciplinas, esa confianza tiene aún más valor. Para ella, abrirse paso desde el arte también es demostrar que sí se puede intentar vivir de lo que una ama, sin importar la edad. Que los sueños no están tan lejos como a veces nos hacen creer.

En su caso, no hubo un momento exacto en el que descubriera que el arte era su camino. No recuerda un clic, una revelación puntual, una charla que lo cambiara todo. Siente, más bien, que el arte estuvo en ella desde siempre. Y en esa historia de origen aparecen con mucha fuerza sus padres. Los dos vienen del mundo del diseño, y Camila reconoce en ellos no solo a sus pilares afectivos, sino también a quienes le enseñaron a mirar. Creció rodeada de maquetas, cartones, pinturas, diseños, fotos. Creció en un ambiente donde la creatividad era parte de la vida cotidiana y donde nunca escuchó esa frase que tantas veces pesa sobre quienes eligen un camino artístico: “te vas a morir de hambre”. Al contrario, encontró apoyo, consejo, compañía y una manera de ver la vida que después hizo propia.

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Por eso, cuando habla de propósito, lo hace con convicción. Para ella, el propósito es eso que te mueve por dentro, lo que podés ofrecer al mundo y la huella que querés dejar. Y no duda en decir que ser artista es el suyo. Es lo que la moviliza, lo que siente que puede entregar y también la marca que quiere dejar en la historia. No lo dice desde la vanidad, sino desde una conciencia muy fuerte del paso por este mundo. Le interesa ser recordada, sí, pero sobre todo a través de lo creado. A través de aquello que quede cuando ella ya no esté. Hay algo conmovedor en esa idea de permanencia que aparece una y otra vez en sus palabras.

Quizás por eso su sueño está tan ligado al muralismo. Camila no se imagina quedándose quieta ni limitada a formatos pequeños. Sueña con ser una gran muralista, salir de Malargüe, ponerse a prueba en otros lugares, pintar superficies enormes, dejar obras en edificios y paredes inmensas. Le interesan los murales porque sabe que cuentan historias, porque una vez que están ahí pasan a formar parte del paisaje y de la memoria colectiva. Un mural puede sobrevivir muchos años, incluso décadas. Puede ser visto por miles de personas sin que sepan necesariamente quién lo hizo, pero incorporándolo como parte de su propia vida cotidiana. Y eso, para ella, es una forma hermosa de permanecer.

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Su deseo no es solo que recuerden su nombre, sino que recuerden lo que dejó. O incluso más: que aunque su nombre se pierda, su obra siga estando. Que las personas sigan viendo algo creado por ella y que eso forme parte de esa sociedad en la que estuvo y a la que aportó algo de sí. Camila piensa el arte como huella, como historia, como presencia. Y en esa mirada hay una madurez muy singular para su edad.

Mientras ese gran sueño se construye, encontró en las vidrieras un primer camino. Terminó la secundaria con bachiller en artes visuales en la escuela Cronin y tuvo la fortuna, dice, de haber podido estudiar algo que realmente la apasionaba. Al salir de la escuela, empezó a preguntarse cómo podía generar un ingreso a partir de lo que amaba. La idea de pintar vidrieras venía dando vueltas desde hacía tiempo, como uno de esos escalones necesarios para llegar más adelante a algo más grande. Porque para ella, intervenir vidrieras no es el final del camino, sino una parte de ese recorrido que la acerca a lo que sueña.

Sabe que pintar una vidriera y pintar un mural no son lo mismo. Cambian las texturas, los tamaños, los tiempos, las exigencias físicas, la técnica, el vínculo con el clima y con el espacio. Pero también sabe que todo suma. Que cada trazo, cada error, cada superficie nueva le da experiencia, temple y oficio. Por eso decidió intentarlo. Y la primera vez, lejos de ser una experiencia ideal, fue durísima. Fue con mucha ilusión, pensando que iba a ser algo lindo y distinto, pero terminó frustrada, enojada, enfrentándose a un formato completamente nuevo que la sacó de su zona de confort. Lo que imaginaba fácil resultó difícil. Lo que parecía controlado se volvió incierto. Y sin embargo, de ahí salió aprendizaje. Mucho aprendizaje.

Camila no romantiza el proceso. Reconoce el miedo. Reconoce la frustración. Reconoce esa voz interna que a veces aparece cuando se para frente a una vidriera en blanco. Pero también dice que justamente ahí está la oportunidad. Para ella, la creatividad es un músculo, algo que hay que ejercitar para que no se apague. Y cada espacio vacío es un desafío para ponerla en juego. Pintar algo nuevo no solo le da técnica y conocimiento: le permite ser un poco mejor que ayer. La enfrenta con ella misma, con su impostora, con su pesimista, con esa voz que a veces intenta frenar. Y pintar, al final, termina siendo también una manera de romper con eso.

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Desde su lugar, siente que le aporta a Malargüe un poco más de color. Tal vez parezca algo pequeño, dice, pero no lo es. Ella siente que a su ciudad le falta más arte, más color, más espacio para las expresiones nuevas. Y también cree que hace falta instalar con más fuerza la idea de que sí se puede vivir de lo que una ama. Que la juventud no es un obstáculo, sino parte del presente. Que los jóvenes no son solo futuro: son ahora. Son quienes ya están construyendo una sociedad distinta.

En su relato hay una sensibilidad muy clara hacia el valor de lo único, de lo hecho a mano, de lo irrepetible. Cuando pinta para alguien, busca transmitir pasión, dedicación, prolijidad. Quiere que esa persona sienta que tiene algo único en su espacio, algo que una máquina no podría hacer. Y esa alegría ajena, esa felicidad del otro al ver una obra propia en su negocio, en su casa o en su local, es también una de las cosas que más la conmueven y la empujan a seguir.

No dice haber dudado nunca de su talento en un sentido profundo. Nunca sintió de verdad que no fuera capaz. Sí escuchó comentarios, sobre todo de adultos, que repiten esa vieja sentencia de que del arte no se vive. Pero frente a eso elige posicionarse con firmeza. Si hay gente que vive del arte, piensa, ¿por qué ella no podría? Para Camila, ningún camino garantiza el éxito o el fracaso: todo depende también de cuánto una crea, aprenda, se sostenga y se anime. Aun así, reconoce los desafíos. Y habla de ellos con mucha honestidad: aprender todo el tiempo, aceptar que no lo sabe todo, tolerar lo inesperado, ponerle precio a lo que hace, darle valor a su trabajo, no dejar que el comentario ajeno —bueno o malo— defina su rumbo, administrar el tiempo, hacer lugar a su vocación.

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Quizás uno de los rasgos más lindos de su historia sea esa mezcla entre seguridad y conciencia de aprendizaje. Camila cree en sí misma, pero también sabe que está creciendo. Sabe que todavía no conoce todos los desafíos que vendrán, aunque entiende que cada uno de ellos será también una oportunidad para seguir formándose.

Y cuando piensa en otras chicas jóvenes que tienen algo para expresar pero sienten miedo, su mensaje sale con una fuerza muy genuina. El miedo, dice, va a estar siempre. El miedo al qué dirán, a fracasar, a alzar la voz, a mostrarse. Pero aun así, hay que hacerlo. Porque salir de la zona de confort nos agranda, nos fortalece, nos ayuda a conocernos y a encontrar propósito. Su invitación no es solo a crear, sino a animarse a ser.

Camila Herrera todavía está empezando, pero ya dejó claro algo esencial: no quiere pasar por el mundo de puntillas. Quiere dejar color, historia, huella. Quiere que su arte siga hablando incluso cuando ella no esté. Y en una ciudad donde cada gesto creativo abre camino para otros, su manera de mirar ya es, en sí misma, una forma de transformar.

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