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Especial 8M – Renata Escobar Sobarzo: “Prefiero intentarlo antes que quedarme con la duda de qué podría haber pasado”

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“Sueño con jugar profesionalmente en Europa, y sé que para llegar hay que elegir todos los días el camino del esfuerzo.”

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Renata Escobar Sobarzo tiene 16 años y una claridad poco común para su edad. Cuando se presenta, no busca adornarse demasiado: dice que es una chica básica, responsable, que persigue sus sueños. Y en esa simpleza ya aparece algo de su carácter. Hay en ella una mezcla de juventud y determinación, de vida adolescente y disciplina, de cercanía familiar y objetivos grandes. Porque aunque se considera una chica normal, de esas a las que les gusta compartir tiempo con amigos y con la familia, también sabe que su camino hoy exige otras elecciones.

Soñar en grande desde Malargüe, dice, no es tan fácil. Es una ciudad chica, y eso a veces vuelve todo más complejo. Pero también reconoce que ahí mismo encontró una oportunidad: la de crecer con el apoyo de su familia, la de animarse a proyectar una vida distinta sin dejar de estar sostenida por los suyos. En su historia, ese respaldo aparece como una base fundamental. No como algo accesorio, sino como el lugar desde donde pudo empezar a creer de verdad en lo que quería.

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El pádel no llegó a su vida de golpe. Siempre estuvo cerca. Su abuelo tenía canchas, y desde muy chica ella anduvo en ese ambiente, viendo, jugando, creciendo entre paletas y partidos. Pero hubo un momento en que dejó de ser solo algo familiar o recreativo y empezó a ocupar otro lugar. Renata siente que lo descubrió hace unos dos años, aunque recién hace uno comenzó a entrenar seriamente. Desde entonces, todo tomó otra dimensión. Tanto, que hoy su camino la lleva a Mendoza, ciudad a la que se muda para poder entrenar y seguir apostando a este sueño con más fuerza.

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Ese paso no es menor. A los 16 años, irse de Malargüe para seguir una carrera deportiva implica mucho más que cambiar de lugar. Implica una decisión. Implica dejar atrás una parte de la comodidad, del ritmo conocido, de la vida cotidiana con amigos, de esos planes simples de la adolescencia que para la mayoría son naturales. Renata lo dice con mucha honestidad: a su edad, muchos eligen tomar unos mates, estar con el teléfono o compartir más tiempo libre con amigos, y ella muchas veces no puede hacer eso. Pero enseguida aclara algo importante: no es que no pueda, sino que elige no hacerlo. Y en esa frase aparece la verdadera dimensión de su compromiso.

Como a tantos deportistas, también le tocó dudar de sí misma. También sintió miedo de no estar a la altura. Lo cuenta sin dramatizar, como parte del recorrido. Pero en esos momentos volvieron a aparecer el sostén de la familia y la ayuda de sus entrenadores, que la acompañaron para atravesar esos miedos y seguir adelante. Renata no se muestra como una chica invulnerable. Y tal vez por eso su historia resulta todavía más cercana: porque detrás del sueño hay una adolescente que también sintió inseguridades, pero eligió no quedarse detenida ahí.

El deporte le enseñó algo central: que los objetivos pueden alcanzarse. No como una promesa vacía, sino como una certeza que se construye con disciplina y constancia. En ella, esas palabras no suenan repetidas. Tienen peso real. Porque están sostenidas por entrenamientos, viajes, renuncias y una rutina que no siempre coincide con la de otras chicas de su edad. Sin embargo, no habla desde la queja. Habla desde la elección. Y eso le da a su testimonio una madurez muy particular.

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Cuando le preguntan qué cree que puede aportar hoy a otras chicas que también sueñan en grande, responde con sencillez que tal vez pueda ser un ejemplo. Un ejemplo de que con pasión, con esfuerzo y con constancia se puede avanzar hacia lo que una quiere. Cuenta que varias veces le preguntaron cómo hace, y que ella trata de responder con tranquilidad y paciencia, explicando cómo generar confianza y cómo sostenerse en ese proceso. Hay algo muy valioso en eso: Renata no solo está construyendo su propio camino, también empieza a convertirse en referencia para otras.

Su historia en la competencia comenzó con un recuerdo muy afectivo. Su primer torneo lo jugó con un tío, Héctor Gabriel Escobar, en séptima categoría. Ahí aparecieron las primeras sensaciones reales de competencia, esas que después se vuelven inolvidables. Hoy ese mismo tío vive en Mendoza, y con él va a vivir Renata en esta nueva etapa. Hay algo profundamente simbólico en esa continuidad: del primer torneo compartido al acompañamiento en el momento de partir para seguir creciendo.

Entrar a la cancha le genera nervios, claro. Pero también una sensación de satisfacción y de tranquilidad que aparece cuando se mete de lleno en el ambiente competitivo. Es como si en ese espacio, entre la tensión y la adrenalina, encontrara también un lugar propio. Un sitio donde todo cobra sentido. Donde el entrenamiento, el esfuerzo y las horas dedicadas se ordenan en una misma dirección.

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A su lado hay una red que la sostiene. Su familia, que la acompaña con tiempo, con esfuerzo y también desde lo económico. Y un grupo grande de entrenadores de la academia Cóndor, junto a Joselo Veloso, que forman parte de este presente tan decisivo. Renata sabe que el deporte es individual en la cancha, pero nunca se construye sola. Detrás de cada paso hay personas que empujan, creen y acompañan.

Cuando mira hacia adelante, no duda: sueña con jugar profesionalmente en Europa. El objetivo es grande, ambicioso, y justamente por eso conmueve aún más que salga de una chica de 16 años nacida en Malargüe, que ya está tomando decisiones importantes para acercarse a eso que quiere. En Renata no hay grandilocuencia. Hay convicción. Y quizá ahí esté lo más fuerte de su historia.

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Si una niña de Malargüe la escuchara hoy y quisiera dedicarse al deporte, su mensaje sería claro: que lo intente. Que con disciplina, pasión y constancia puede alcanzar sus metas. Pero sobre todo, que siempre es mejor intentar que quedarse con la duda de lo que podría haber pasado.

Renata recién empieza. Todavía tiene mucho por delante, mucho por aprender y mucho por vivir. Pero ya hay algo en ella que vale la pena mirar de cerca: esa decisión serena de elegir el esfuerzo, incluso cuando el camino exige dejar cosas atrás. Esa valentía de irse siendo tan joven para seguir creciendo. Esa forma de creer que los sueños, por más grandes que sean, también pueden empezar en una ciudad pequeña.

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