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La verdad antes que la primicia

Este es el primer Día del Periodista que vivimos sin Eduardo Araujo.

Y por más que intentemos hablar del periodismo, inevitablemente terminamos hablando de él.

Porque durante casi cuarenta años hizo de este oficio una forma de vida. Porque dedicó sus días, sus noches y buena parte de su existencia a buscar historias, a escuchar a las personas, a recorrer las calles de Malargüe y a contar lo que ocurría con responsabilidad, respeto y compromiso.

Cada 7 de junio es una oportunidad para reconocer el valor de una profesión fundamental para la vida democrática. Pero también es una fecha que nos invita a reflexionar sobre una pregunta sencilla y profunda a la vez: ¿qué significa realmente ser periodista?

En tiempos donde la información circula de manera inmediata y donde muchas veces alcanza con repetir lo que otros publican, conviene recordar que no cualquiera es periodista.

Periodista es quien sale a buscar la noticia. Quien investiga antes de opinar. Quien pregunta cuando otros prefieren guardar silencio. Quien construye fuentes, verifica datos y entiende que detrás de cada información hay personas, familias e historias que merecen ser tratadas con responsabilidad.

Eduardo entendía el periodismo de esa manera.

Quienes lo conocieron saben que su agenda era una extensión de su propia vida. Lo acompañaba a todas partes. Allí anotaba nombres, teléfonos, datos, acontecimientos y pequeñas pistas que muchas veces terminaban convirtiéndose en grandes historias.

También saben que una sirena de bomberos, una ambulancia o un móvil policial eran suficientes para verlo salir de inmediato en busca de la noticia. No esperaba que alguien le contara lo que había pasado. Necesitaba estar allí. Ver con sus propios ojos. Preguntar. Escuchar. Comprender.

Conocía a la gente y la gente lo conocía a él.

Conocía cada rincón de Malargüe y guardaba en su memoria una parte invaluable de la historia de nuestro departamento. Muchos acudían a él no solo para consultar un dato periodístico, sino también para reconstruir hechos, nombres, fechas y acontecimientos que parecían perdidos en el tiempo.

Sin embargo, por encima de todo, había una convicción que guiaba cada una de sus decisiones profesionales: la verdad antes que la primicia.

Esa frase no era un eslogan. Era una forma de trabajar.

Prefería esperar antes que publicar algo que no estuviera confirmado. Prefería perder una exclusiva antes que cometer una injusticia. Sabía que la información tiene consecuencias y que el periodismo no puede desentenderse del impacto que generan las palabras.

Porque la ética no consiste solamente en decir la verdad. También consiste en comprender cuándo, cómo y de qué manera comunicarla para no causar daños innecesarios.

Ese fue uno de los valores que defendió durante toda su trayectoria y que hoy sigue siendo parte de la identidad de Ser y Hacer de Malargüe.

Entre sus mayores legados queda una obra silenciosa y profundamente valiosa para Malargüe: más de 280 historias de vida que rescató a lo largo de los años. Mucho antes de que la memoria oral se convirtiera en una preocupación colectiva, Eduardo comprendió que los testimonios de nuestros mayores eran un patrimonio que no podía perderse.

Buscó a hombres y mujeres de más de 70 años, los escuchó durante horas y les dio un espacio para contar sus recuerdos, sus luchas y sus experiencias. Gracias a ese trabajo paciente y constante, quedaron registradas vivencias que hoy forman parte de la historia viva de nuestro departamento.

No entrevistaba solamente para obtener información. Entrevistaba para comprender a las personas. Sabía escuchar. Sabía esperar los silencios. Sabía generar confianza.

Y trataba a todos con la misma consideración.

Podía entrevistar a un presidente de la Nación, a un gobernador o a un ministro con el mismo respeto con el que conversaba con un puestero de nuestra zona rural. Nunca midió la importancia de una persona por el cargo que ocupaba ni por su nivel de instrucción. Para él, cada historia merecía ser escuchada y cada persona tenía algo valioso para aportar.

Quizás por eso tantas personas se sintieron cómodas frente a su grabador y su libreta. Porque antes que periodista era, sobre todo, un gran escuchador de historias humanas.

El año pasado recibió una distinción como periodista decano en actividad, reconocimiento que sintetizaba casi cuatro décadas de compromiso con la comunicación y con la comunidad. Pero quienes compartieron con él saben que su mayor orgullo nunca fueron los reconocimientos. Su verdadera satisfacción era haber ejercido esta profesión con honestidad. Lo único que tengo es mi nombre, repetía.

Hoy, a casi diez meses de su partida, su ausencia sigue doliendo.

Duele en quienes compartieron con él una amistad, una enseñanza o una entrevista. Duele en quienes aprendieron de su experiencia. Duele en quienes lo consultaban cuando necesitaban entender mejor la historia de Malargüe.

Y duele también en esta redacción.

Sin embargo, junto con esa ausencia permanece algo mucho más fuerte: su legado.

Permanece en los periodistas que continúan acompañando este proyecto desde sus inicios, como su gran maestro y querido amigo Eduardo Julio Castón y su querida alumna y colega Pamela Rodríguez. Permanece en cada valor que ayudó a construir. Permanece en cada decisión editorial que busca honrar los principios con los que nació este medio en septiembre de 2008.

La fotografía que hoy ilustra esta nota resume mejor que cualquier palabra quién fue Eduardo Araujo. Concentrado. Escribiendo. Como tantas madrugadas de su vida. Las teclas gastadas por el uso hablan de miles de horas de trabajo silencioso. De la pasión intacta. Del compromiso de quien entendía que informar era también una forma de servir.

Quizás por eso, en este Día del Periodista, no queremos recordar solamente a un profesional destacado.

Queremos recordar a un hombre íntegro. A un periodista que eligió la verdad antes que la primicia. A quien ayudó a formar a esta generación de periodistas. A alguien que hizo del compromiso, la ética y el respeto por las personas una forma de ejercer este oficio.

Eduardo, aunque ya no estés físicamente entre nosotros, sigues presente en cada página que publicamos y en cada valor que intentamos sostener.

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