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La trashumancia de Malargüe ya es patrimonio cultural nacional: el trabajo de Carina Llano y Gabriela Díaz que puso en valor a las familias puesteras

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La práctica del arreo y la trashumancia en Malargüe fue incorporada al Registro de Manifestaciones del Patrimonio Cultural Inmaterial de la República Argentina. El reconocimiento fue posible por un trabajo de investigación, escucha y territorio impulsado por Carina Llano y Gabriela Díaz, junto a familias puesteras, docentes y estudiantes.

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La trashumancia de Malargüe dio un paso histórico en su reconocimiento institucional. La práctica del arreo estacional, sostenida durante generaciones por familias crianceras y puesteras del sur mendocino, fue incorporada al Registro de Manifestaciones del Patrimonio Cultural Inmaterial de la República Argentina, según consta en la ficha oficial publicada por Cultura de la Nación.

El registro identifica a la trashumancia malargüina como un sistema de movilidad estacional, de transmisión intergeneracional, basado en saberes ecológicos locales. Ese ciclo organiza el traslado de animales entre campos bajos de invernada y zonas altas de veranada, siguiendo los ritmos del clima, el agua, las pasturas y la memoria territorial de las familias.

Detrás de ese reconocimiento hay un trabajo científico y comunitario encabezado por Carina Llano, investigadora del CONICET en el Instituto de Ingeniería y Ciencias Aplicadas a la Industria, y Gabriela Díaz, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Cuyo. Ambas integran el Laboratorio SaBiA, Saberes Biológicos Aplicados, y fueron identificadas oficialmente como responsables del relevamiento junto a instituciones académicas vinculadas al territorio.

El aporte de Llano y Díaz no consistió solo en reunir información técnica. Su tarea permitió ordenar, documentar y fundamentar una práctica que en Malargüe se vive desde adentro: en los puestos, en los caminos de arreo, en las escuelas rurales, en las familias que transmiten saberes de generación en generación y en una relación con la cordillera que no puede entenderse únicamente desde la producción ganadera.

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En diálogo exclusivo con Ser y Hacer de Malargüe, Carina Llano explicó que lo que más la movilizó fue “salir del laboratorio” y encontrarse con el territorio real. “Lo más valioso fue escuchar”, expresó la investigadora, al describir el proceso que la llevó a comprender la trashumancia no como un dato técnico, sino como una forma de vida.

“Desde la etnobiología uno aprende que el territorio no es un mapa, sino un espacio vivo donde las familias puesteras escriben su propia historia”, señaló Llano. Su testimonio permite dimensionar el valor humano de este reconocimiento: no se trata solamente de registrar una práctica, sino de honrar un modo de habitar Malargüe.

La investigadora también destacó el privilegio que significó que las familias le abrieran las puertas de sus casas y compartieran sus recorridos. Para Llano, aprender con la gente, en su propio lugar, permitió entender la trashumancia como una sabiduría que se hereda, se transmite y se camina. “Te cambia la mirada por completo”, afirmó.

Ese cambio de mirada también pone en valor el rol de Gabriela Díaz, cuya trayectoria en territorio, el trabajo con escuelas rurales y la articulación entre saberes científicos, educativos y comunitarios fueron destacados por el CONICET como centrales para dar forma a la propuesta.

La ficha oficial describe que las familias crianceras y puesteras han organizado por generaciones el desplazamiento de cabras, ovejas y vacas mediante huellas, senderos y caminos de uso histórico. Esos recorridos funcionan como mapas tradicionales del territorio, transmitidos oralmente y mediante la participación directa de niñas, niños y jóvenes.

La incorporación al registro nacional también llega en un contexto local de creciente valorización de esta práctica. En mayo, Ser y Hacer de Malargüe informó sobre la primera celebración del Día de la Trashumancia y del Transhumante, luego de la ordenanza que declaró a esta actividad como Patrimonio Cultural Intangible del departamento.

El reconocimiento nacional, sin embargo, no debería leerse como un punto de llegada. Para Llano, debe servir para visibilizar a las familias puesteras, fortalecer políticas públicas, mejorar condiciones de vida en territorios rurales y generar herramientas concretas para que las nuevas generaciones puedan elegir quedarse, volver o sostener vínculos con esta forma de vida.

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La trashumancia malargüina habla de producción, pero también de identidad. Habla de animales, pero también de familias. Habla de caminos, pero también de memoria. En cada arreo hay conocimiento ambiental, organización comunitaria, lectura del clima, cuidado del agua, uso de pasturas y transmisión de saberes.

Por eso, el trabajo de Carina Llano y Gabriela Díaz adquiere un valor especial: permitió que la ciencia acompañara una historia colectiva sin reemplazar la voz de sus protagonistas. La academia no llegó para explicar desde afuera, sino para escuchar, ordenar y respaldar con herramientas técnicas aquello que las familias puesteras vienen sosteniendo desde hace generaciones.

“Que hoy esto se reconozca como patrimonio inmaterial, para mí es hermoso”, expresó Llano a este medio. Y agregó que se trata de una forma de honrar el saber local que sostiene la identidad de Malargüe.

La trashumancia, ahora reconocida en el registro nacional, sigue siendo una práctica viva. Camina con las familias, con los animales, con las marcas del territorio y con una memoria que no está escrita solo en documentos, sino en los pasos de quienes cada temporada vuelven a unir la invernada con la veranada.

Fuentes:

ICAI-CONICET: incorporación al registro nacional.

CONICET Mendoza: nota sobre el aporte de Carina Llano y Gabriela Díaz.

Ficha oficial de Cultura de Nación: Arreo / Trashumancia en Malargüe.

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