

“La paz se construye todos los días, en el respeto, en la solidaridad, en la educación y en el cuidado de los demás.”

Rosa Jaque fue distinguida como Embajadora de Paz y Hacedora Cultural por la Federación Internacional Unidos por el Mundo, en reconocimiento a su trayectoria y a su labor en favor de la paz, la educación, el desarrollo social y las artes a través de la literatura.
Para la escritora malargüina, la designación no representa un punto de llegada, sino una nueva responsabilidad.
“Lo entiendo no como un premio que marca un punto de llegada, sino como un compromiso para seguir trabajando por la paz desde la cultura, la literatura y el servicio a la comunidad”, expresa.

La distinción llega después de más de cuatro décadas vinculadas con la escritura. En su obra aparecen la memoria familiar, la identidad del sur mendocino, las vivencias comunitarias, la justicia social y la fortaleza de las mujeres. Su palabra nace en Malargüe, entre montañas, volcanes y paisajes que forman parte de su sensibilidad y de su manera de mirar el mundo.

Cuando le comunicaron la designación, su primera reacción fue la sorpresa.
“Mi primer cuestionamiento fue: ‘¿Por qué a mí, si ni siquiera nos conocemos?’”, recuerda.
La respuesta llegó de parte del escritor Christian Vedder, presidente de la Federación. Según le explicó, la elección surgió luego de observar su trayectoria literaria y el trabajo que realiza en su comunidad. La propuesta implica continuar esa tarea y tender redes con otras personas que también promueven una cultura de paz.
Rosa entiende la paz como una construcción cotidiana, alejada de los grandes discursos.
“Se construye todos los días, en el respeto, en la solidaridad, en la educación, en el cuidado de los demás y también en el cuidado del lugar donde vivimos”, sostiene.
El reconocimiento llega, además, en un momento muy especial de su vida, cuando gran parte de su tiempo está dedicado al cuidado de sus padres.
“Me recuerda que, aun en medio de las responsabilidades cotidianas, nunca dejamos de ser quienes somos ni de sostener nuestros sueños”, afirma.

Su participación en la antología internacional “Cien Poetas Unidos por el Mundo” expresa con claridad el sentido de esta distinción. En esa obra colectiva, presentada en Buenos Aires, Rosa aporta una poesía en la que la paz no aparece como ausencia de problemas, sino como una elección frente a las heridas, las dificultades y la indiferencia.
Confesión de paz
Me hablan de la paz como si fuera un lugar al que se llega.
Y yo no la encontré allí.
Mi vida ha sido caminos empinados, puertas cerradas,
sueños que parecían demasiado grandes
para el sitio donde nacieron.
Me hablan de la paz como si fuera silencio.
Pero mis días están llenos de preguntas, de urgencias,
de responsabilidades, de luchas que casi nadie ve.
A veces siento que camino sola entre compromisos que elegí
y cargas que no elegí.
Sin embargo, sigo creyendo en la paz.
No porque la posea.
Sino porque la necesito.
Porque conozco el peso de las heridas,
valoro el descanso.
Porque conozco la indiferencia,
valoro el encuentro.
Porque conozco la dificultad,
valoro la esperanza.
Tal vez la paz no sea la ausencia de batalla.
Tal vez sea la decisión de no convertirse
en aquello que nos hiere.
Tal vez sea seguir construyendo, seguir cuidando,
seguir creyendo,
aun cuando el mundo parezca olvidar
que compartimos un mismo horizonte.
Rosa recibe la distinción con gratitud y la comparte con su familia, con quienes acompañaron su camino y con la comunidad de Malargüe.
“Los reconocimientos no cambian quiénes somos; simplemente iluminan por un instante ese camino que hemos venido recorriendo durante años”, reflexiona.
En su caso, esa luz permite reconocer a una poeta que hizo de la literatura una forma de compromiso, de memoria y de servicio. Una mujer trabajadora que, desde Malargüe, logró que su voz fuera valorada en un ámbito internacional dedicado a la paz.

.








