

Hay momentos en los que mirar hacia atrás no significa quedarse en el pasado. Significa preguntarse cuánto hemos avanzado.

En el año 2000, Malargüe inició una experiencia que muchos recordamos con orgullo: la construcción colectiva de su primer Plan Estratégico. Instituciones, sectores productivos, organizaciones y vecinos se sentaron alrededor de una misma mesa para pensar qué departamento queríamos construir.
Muchos de los jóvenes que participamos de aquellas jornadas hoy peinamos canas.
Han pasado 26 años.
Y hay una pregunta que resulta inevitable: ¿cuánto de aquel Malargüe que soñamos logramos convertir en realidad?
La pregunta adquiere especial significado en estos días, cuando la retracción de la actividad petrolera vuelve a sentirse en el empleo, en las empresas de servicios, en el comercio y también en los recursos públicos. El domingo pasado advertíamos desde estas páginas que Malargüe necesita que el desarrollo llegue antes que el desempleo. Hoy creemos necesario avanzar un poco más.
Porque el problema no comenzó ahora.
Aquel Plan Estratégico surgido en el año 2000 ya hablaba de competitividad, diversificación, generación de riqueza, empleo, capacitación e integración. Malargüe venía de conocer demasiado bien los ciclos de auge y caída asociados a las actividades extractivas y comprendía que necesitaba ampliar las bases de su economía.
Veintiséis años después, el nuevo Plan Municipal de Ordenamiento Territorial vuelve a establecer entre sus objetivos estratégicos la necesidad de diversificar y fortalecer la matriz productiva.
La coincidencia debería interpelarnos.
No porque durante estos años no se haya hecho nada. Sería injusto afirmarlo.
Malargüe creció turísticamente, desarrolló infraestructura, fortaleció actividades tradicionales, impulsó emprendimientos, atravesó distintas experiencias productivas y hoy deposita importantes expectativas en el desarrollo minero. Hubo inversiones, políticas públicas y proyectos que dejaron huella.
Pero una cosa es reconocer esos avances y otra muy distinta es preguntarnos si alcanzaron para transformar la estructura económica del departamento.
La realidad actual parece indicarnos que no lo suficiente.
Cuando el petróleo se retrae, Malargüe lo siente. Lo siente el trabajador que teme por su empleo. Lo siente la empresa que pierde contratos. Lo siente el comercio cuando disminuyen las ventas. Lo siente quien alquila, transporta, presta un servicio o depende indirectamente del movimiento económico que genera la actividad.

Y lo siente también el Estado municipal cuando disminuyen recursos vinculados a las regalías petroleras.
Entonces la discusión ya no debería ser si necesitamos diversificar nuestra economía. Eso lo sabemos desde hace, por lo menos, 26 años.
La pregunta que corresponde formular es otra:
¿Por qué nos está costando tanto conseguirlo?
Tal vez allí debamos revisar no solamente los planes, sino nuestra capacidad para sostenerlos.
Malargüe ha demostrado que sabe diagnosticar sus problemas. Ha convocado especialistas, instituciones y ciudadanos. Ha producido planes, programas, documentos y visiones de futuro. Ha imaginado una economía donde convivan el petróleo, la ganadería, el turismo, la minería, los servicios y nuevas actividades.
Pero planificar no es transformar.
Un documento puede señalar hacia dónde queremos ir. Para llegar hacen falta continuidad, inversión, infraestructura, decisiones políticas y objetivos que sobrevivan a los cambios de gobierno.
Y quizá allí esté una de las mayores deudas.
Cada gestión tiene legítimamente sus prioridades, pero existen asuntos que deberían dejar de comenzar nuevamente cada cuatro años. La diversificación productiva debería ser uno de ellos.
Malargüe no necesita elegir entre petróleo y minería. Tampoco entre turismo y ganadería. Necesita petróleo, minería, turismo, ganadería, comercio, servicios, conocimiento, tecnología, producción y emprendimientos.
Necesita más columnas sosteniendo su economía.
Y necesita, además, que las nuevas oportunidades generen verdadero arraigo territorial: empresas locales participando, jóvenes capacitándose, trabajadores encontrando empleo y riqueza circulando dentro de nuestra comunidad.
La minería abre hoy una esperanza enorme. Puede convertirse en uno de los grandes motores económicos del Malargüe que viene. Debemos trabajar para que así sea. Pero también deberíamos aprender de nuestra propia historia.

Si dentro de veinte años dependemos exclusivamente de la minería como durante décadas dependimos fuertemente del petróleo, habremos cambiado de recurso, pero no necesariamente de modelo.
Diversificar significa precisamente evitar eso.
Significa que cuando una actividad atraviese dificultades existan otras suficientemente fuertes para sostener el empleo y el movimiento económico. Significa que una crisis sectorial no se transforme inmediatamente en una crisis departamental.
Por eso el nuevo PMOT representa una oportunidad, pero también una enorme responsabilidad.
No podemos permitirnos que dentro de otros 26 años una nueva generación vuelva a abrir nuestros documentos y descubra las mismas palabras: diversificación, desarrollo, empleo, integración, oportunidades.
Quienes éramos jóvenes cuando Malargüe comenzó aquel ejercicio colectivo del año 2000 hoy peinamos canas.
Los jóvenes de hoy merecen algo más que heredar nuestros diagnósticos.
Merecen heredar los resultados.
Porque después de 26 años, Malargüe quizás no necesite otro sueño sobre su futuro.
Necesita convertir en realidad el que viene soñando desde hace demasiado tiempo.
Redacción Ser y Hacer

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