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A los 91 años, Alfonso Ávila recorre 80 kilómetros cada miércoles para ir a estudiar.

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Alfonso Ávila desde hace unos tres años asiste al CEBJA Rural Nº 3-258. Tiene dificultades para ver y escuchar, pero cada miércoles recorre unos 40 kilómetros para llegar a la escuela, compartir con docentes y compañeros y continuar aprendiendo.

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Por Pamela Rodríguez.

Alfonso Ávila tiene 91 años y todos los miércoles vuelve a sentarse frente a un cuaderno para aprender. Desde hace aproximadamente tres años asiste al CEBJA Rural Nº 3-258, a unos 40 kilómetros de su casa, desde el paraje Las Loicas a Bardas Blancas y allí, entre maestros y compañeros, encuentra una nueva manera de transitar sus días.

Su historia podría contarse desde muchos lugares. Desde el hombre de campo que comenzó a trabajar siendo muy joven. Desde el trabajador de Vialidad Provincial que pasó de la pala a manejar una topadora y recorrió buena parte de los caminos de Malargüe. Desde el padre de cinco hijos y abuelo de alrededor de una docena de nietos. Pero hoy hay una escena que resume buena parte de su vida: a los 91 años, don Alfonso sigue yendo a la escuela.

“No veo nada, qué sé yo. Pero igual algo me hacen leer”, cuenta durante la entrevista. Habla de las actividades que realizan en clase, de los números, los nombres y de esos ejercicios sencillos que le permiten seguir escribiendo.

Tiene dificultades para ver y también para escuchar, pero eso no le impide continuar. Va acompañado por una persona que lo cuida y, en muchas ocasiones, por un nieto que también lo ayuda. Los miércoles se convierte en uno más dentro del grupo que llega a la escuela.

Él mismo explica que no comenzó solamente por una necesidad académica. También encontró allí compañía, conversación y una forma de ocupar el día. “Vengo a la escuela más que nada para eso”, dice. Y enseguida reconoce que, además, ha aprendido cosas nuevas.

La decisión de estudiar llegó después de una vida en la que la educación no siempre estuvo al alcance de todos. Ávila nació y creció en un contexto rural en el que conseguir alimentos o elementos básicos podía significar recorrer grandes distancias. Recuerda una infancia en la que en su casa eran ocho personas y en la que había que arreglarse con lo que había. El campo, dice, también le dejó una forma de vivir vinculada al trabajo, al esfuerzo y a una alimentación sencilla.

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A los 10 años comenzó a trabajar cuidando animales. A los 20 hizo el servicio militar durante 13 meses y después regresó con la decisión de buscar trabajo. En ese momento, los caminos comenzaban a cambiar la comunicación de la zona y terminó ingresando a Vialidad Provincial.

Allí desarrolló buena parte de su vida laboral. Comenzó trabajando con la pala y terminó jubilándose como maquinista y topadorista. Recuerda haber participado en la construcción y reparación de caminos y haber recorrido lugares como Valle Hermoso, Punta de Agua, Barrancas y El Batro, entre otros sectores.

Su vida también estuvo ligada al campo y a su familia. Tuvo cinco hijos y 12 nietos. Su hija, directora de la Escuela de La Junta «Petroleros del Sur» , que también participó de la conversación, lo define como un ejemplo para las nuevas generaciones.

Rosana Ávila, hija de Alfonso, recuerda que su padre siempre buscó que sus hijas pudieran tener otras oportunidades y que, cuando las condiciones eran difíciles, hacía lo posible para llevar a los chicos a la escuela. Había días de lluvia, caminos cortados y dificultades para trasladarse, pero la educación seguía siendo una prioridad.

La propia vida de Ávila transcurrió en una época en la que llegar a una escuela podía ser una verdadera dificultad. Recuerda haber concurrido a establecimientos rurales y también una escuela vinculada a la actividad de Mina Car, donde los alumnos permanecían varios días y contaban con un espacio prefabricado y un aljibe.

Habla también de una época en la que muchas cosas que hoy parecen habituales no existían. No había internet, teléfonos al alcance de todos ni caminos que permitieran llegar rápidamente a Malargüe. «Para conseguir mercadería durante el invierno, muchas veces había que viajar a Chile porque resultaba más sencillo que trasladarse hasta la ciudad».

Ávila conserva esos recuerdos con una precisión que sorprende. Cuenta episodios de cuando tenía 10, 15 o 20 años y reconstruye escenas de una vida que transcurrió entre puestos, animales, caminos, máquinas y largas distancias.

También conserva una mirada particular sobre el presente. Cuando habla de los jóvenes, sostiene que hoy existen herramientas y posibilidades que en su época eran impensadas: escuelas, internet, teléfonos y medios de comunicación.

Su mensaje para ellos es sencillo: valorar las oportunidades que tienen.

A los 91 años, Ávila no habla de grandes metas académicas. Tampoco sabe todavía hasta dónde llegará con sus estudios. Simplemente sigue asistiendo.

Cada miércoles recorre esos 40 kilómetros de ida y otros 40 de vuelta. Llega, comparte con sus compañeros, conversa con los docentes y realiza las actividades que puede. A veces escribe nombres o números; otras veces trabaja sobre ejercicios preparados especialmente para él. Y sigue.

“Gracias a Dios, bien”, repite varias veces durante la conversación. Dice que no tiene dolores importantes y que, pese a sus dificultades, puede desenvolverse en su casa, levantarse, bañarse, afeitarse y moverse conociendo de memoria dónde está cada cosa.

Quizás ahí esté una de las claves de su historia.

Ávila pasó buena parte de su vida abriendo y reparando caminos para que otros pudieran llegar. Hoy, a los 91 años, transita otro camino: el que lo lleva nuevamente a una escuela.

No importa que las letras sean difíciles de distinguir o que escuchar una conversación requiera un esfuerzo mayor. Hay algo que permanece intacto: las ganas de seguir aprendiendo. Y cada miércoles, cuando llega al aula del CEBJA Rural Nº 3-258, esa voluntad vuelve a ponerse en marcha.

Video de como aprende las letras y números:

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