

Malargüe vuelve a demostrar su compromiso con la inclusión a través del deporte y la educación. Pero el verdadero desafío comienza cuando terminan las actividades: construir una comunidad donde todos puedan participar, desplazarse y vivir con autonomía.

Octubre nos vuelve a regalar imágenes que hablan de lo mejor de nuestra comunidad. El Campeonato Nacional de Futsal para personas con síndrome de Down, que tiene a Malargüe como sede y a Pumas Andinos como representante local, y las actividades del Mes de la Inclusión organizadas por la Escuela Especial Dr. Juan Maurín Navarro son expresiones de una sociedad que sabe acompañar, reconocer capacidades y abrir espacios de encuentro.
Entre esas actividades se destaca la tradicional Caminata por la Inclusión el próximo 23 de octubre, que se realiza desde 2017 y que, año tras año, reúne a estudiantes, docentes, familias, instituciones y vecinos. Quienes han presenciado esas jornadas saben lo movilizante que resulta ver a tantas personas caminando juntas por una misma causa. Es una manifestación colectiva de respeto, solidaridad y compromiso que merece ser reconocida.
Pero precisamente porque esas imágenes nos emocionan, también deberían invitarnos a una reflexión más profunda: ¿qué sucede con la inclusión cuando termina la caminata, cuando concluye el campeonato o cuando pasa octubre?
La inclusión no puede depender solamente de acontecimientos especiales, por importantes que sean. Tiene que estar presente en la vida cotidiana, en las oportunidades educativas, en el acceso al trabajo, en la práctica deportiva, en las instituciones y también en algo tan elemental como poder circular libremente por nuestra ciudad.
Y aquí aparece una realidad de Malargüe que merece nuestra atención.
Basta recorrer algunas calles para encontrar veredas deterioradas, tramos que terminan abruptamente, desniveles importantes entre propiedades vecinas y esquinas sin rampas accesibles. Son obstáculos que pueden representar un riesgo incluso para quienes caminan sin dificultades. Imaginemos lo que significan para una persona que utiliza silla de ruedas, un adulto mayor con movilidad reducida o alguien que necesita desplazarse con un andador.
Cuando una persona debe bajar a la calle porque la vereda no permite su circulación, la accesibilidad deja de ser una cuestión abstracta y se convierte en un problema de seguridad y de derechos.

Esta realidad también nos recuerda que la inclusión exige responsabilidades compartidas. A la Municipalidad le corresponde asumir su papel en la planificación, la accesibilidad de los espacios públicos, la construcción de rampas donde corresponda y la aplicación de las normas urbanísticas. Pero los propietarios frentistas también tienen responsabilidades en la conservación de sus veredas. Mantenerlas transitables, evitar obstáculos y resolver desniveles conforme a las exigencias técnicas no es solamente una cuestión estética: es una manera concreta de respetar al otro.
No se trata de reclamar grandes transformaciones imposibles de realizar de un día para otro, sino de establecer prioridades, coordinar esfuerzos y comprender que cada mejora puede representar una diferencia enorme en la autonomía de una persona.
Tampoco podemos reducir la inclusión a la accesibilidad física. Una sociedad verdaderamente inclusiva escucha a las personas con discapacidad, reconoce su derecho a decidir, elimina prejuicios y genera oportunidades reales de participación. No alcanza con invitarlas a estar presentes: debemos construir las condiciones para que puedan desarrollar sus proyectos de vida.
Por eso, el trabajo de las familias, los docentes, los deportistas y las instituciones merece algo más que un aplauso. Merece encontrar continuidad en decisiones públicas y compromisos ciudadanos.

La Escuela Maurín Navarro eligió este año una propuesta tan sencilla como profunda: «En este barco cabemos todos».
Ojalá sepamos convertir esas palabras en una práctica cotidiana. Que cada caminata nos ayude a tomar conciencia, pero también a transformar nuestra ciudad. Que cada encuentro deportivo abra nuevas oportunidades. Que cada institución, cada autoridad y cada vecino se pregunte qué puede hacer para eliminar una barrera.
Porque la verdadera inclusión no se demuestra solamente caminando juntos un día. Se demuestra garantizando que todos podamos recorrer nuestros propios caminos, con dignidad, autonomía y seguridad, durante todo el año.
Redacción Ser y Hacer

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