

Mientras avanzan los proyectos mineros, las iniciativas turísticas y los programas de capacitación, una parte de la economía local lucha por sostenerse. El desafío no es solamente prepararnos para el futuro, sino evitar que la espera deje afuera a quienes deberían ser sus protagonistas.

Algo está cambiando alrededor de Malargüe. La exploración minera avanza, aparecen nuevas iniciativas turísticas y el Gobierno provincial, a través de Impulsa Mendoza, viene desarrollando acciones para fortalecer proveedores, promover inversiones y preparar al departamento para una nueva etapa productiva. También existen esfuerzos educativos y de capacitación orientados a las actividades que podrían desarrollarse en los próximos años.
No son solamente discursos. Hay decisiones, proyectos y trabajo institucional que merecen ser reconocidos.
Pero mientras se construyen esas expectativas, otra realidad transcurre en las calles de Malargüe.
Comerciantes que luchan por mantener abiertas sus puertas. Pequeños empresarios que enfrentan costos cada vez más difíciles de sostener. Trabajadores que necesitan oportunidades laborales ahora. Jóvenes que miran el futuro sin saber si podrán construirlo en su propia tierra.
Hay un Malargüe que se prepara para crecer y otro que está haciendo enormes esfuerzos para llegar a ese momento. Y ambos necesitan encontrarse antes de que sea demasiado tarde.
Durante años hemos escuchado hablar de grandes posibilidades para nuestro departamento. Algunas quedaron en anuncios, otras avanzaron lentamente y otras todavía esperan convertirse en realidades productivas. Es comprensible que, después de tantas expectativas, una parte de la comunidad observe las nuevas promesas con cautela.
Sin embargo, sería un error confundir esa desconfianza con la ausencia de oportunidades. Lo que hoy comienza a movilizarse puede abrir posibilidades importantes, aunque todavía no existan certezas sobre su magnitud ni sobre cuándo se traducirá en más empleo y actividad económica.
Y allí aparece una pregunta incómoda: ¿estamos tomando verdadera dimensión de lo que podría venir?
La inquietud alcanza especialmente al empresariado local. ¿Cuántos comercios, prestadores y pequeñas empresas están pensando cómo adaptarse a las nuevas demandas? ¿Cuántos conocen los requisitos para convertirse en proveedores? ¿Cuántos pueden invertir hoy en capacitación, equipamiento o tecnología?
Pero tampoco sería justo exigir preparación sin reconocer las dificultades del presente.
¿Cómo pedirle a un comerciante que invierta pensando en el futuro cuando apenas consigue afrontar los gastos del mes? ¿Cómo hablarle de oportunidades a quien lleva tiempo buscando trabajo? ¿Cómo convencer a una familia de que tenga paciencia cuando sus necesidades no pueden esperar?
La esperanza es necesaria, pero no paga las cuentas.

El verdadero desafío consiste en atender ambas realidades al mismo tiempo.
Impulsa Mendoza, las instituciones educativas y los organismos públicos pueden contribuir con información, formación y herramientas para preparar a los malargüinos. Las cámaras empresariales también tienen una responsabilidad: acercar esas oportunidades a sus asociados y promover una transformación que no quede limitada a unos pocos.
Pero necesitamos algo más. Hace falta una estrategia que ayude a sostener la actividad económica existente mientras las nuevas inversiones recorren sus etapas de desarrollo. Acceso al financiamiento, fortalecimiento de pequeños emprendimientos, acompañamiento comercial y oportunidades productivas de corto plazo deberían formar parte de esa discusión.
También necesitamos que cada malargüino se pregunte qué puede hacer desde su lugar. Informarse, capacitarse, asociarse, mejorar servicios o explorar nuevas actividades son caminos posibles. No todos tendrán las mismas posibilidades, pero nadie debería quedar excluido por falta de información o acompañamiento.
Hay un riesgo que no podemos ignorar: que, cuando las oportunidades finalmente se concreten, las encuentren principalmente quienes hayan tenido recursos suficientes para resistir la espera y prepararse.
No sería justo que el desarrollo del departamento termine dejando al margen a quienes durante años sostuvieron su economía.
Malargüe necesita recuperar la confianza, pero una confianza construida sobre hechos, información y posibilidades concretas, no sobre promesas indefinidas.
Tenemos que prepararnos para el Malargüe que puede venir, sin abandonar al Malargüe que hoy necesita trabajar, producir y sostenerse.
Porque el verdadero fracaso no sería solamente que las oportunidades tarden en llegar. Sería que, cuando finalmente lleguen, demasiados malargüinos ya no estén en condiciones de aprovecharlas.
Redacción Ser y Hacer


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