
La Fiesta Nacional del Chivo vuelve a transformar a Malargüe en un espacio de encuentro, identidad y celebración colectiva, ofreciendo un respiro social y económico aun en tiempos difíciles, y recordándonos el valor de vivir la cultura con alegría, respeto y compromiso comunitario.

Hay momentos en el calendario de Malargüe que no se miden en días ni en horas, sino en sensaciones. La llegada de una nueva edición de la Fiesta Nacional del Chivo es uno de ellos. No se trata solo de un festival: es un hecho cultural, social y económico que, año tras año, logra algo que parece cada vez más difícil en tiempos complejos: unirnos.
Durante cinco días, Malargüe se transforma. El ritmo cotidiano se suspende, las noches se alargan y el cansancio se confunde con entusiasmo. Se trasnocha, se camina el predio gaucho, se escuchan artistas, se conversa con conocidos y desconocidos, se consume, se comparte. La Fiesta del Chivo crea una especie de burbuja colectiva donde el tiempo parece detenerse y la comunidad vuelve a encontrarse consigo misma.
En un contexto económico adverso, donde las preocupaciones son moneda corriente y la incertidumbre atraviesa hogares, comercios y proyectos, este festival representa también un respiro. No soluciona los problemas estructurales, pero dinamiza la economía departamental, genera movimiento, trabajo temporario y oportunidades para emprendedores, artesanos, gastronómicos y prestadores de servicios. Malargüe recibe visitantes y, con ellos, ingresos que alivian, aunque sea por unos días, una realidad difícil.

Pero el valor de la Fiesta del Chivo va más allá de lo económico. Es identidad. Es tradición. Es cultura viva. Es ese orgullo silencioso de saberse parte de una comunidad que, pese a todo, celebra. Porque pase lo que pase y esté la situación como esté, Malargüe en época de festival se transforma: lo desteñido vuelve a llenarse de colores, las calles se animan y el ánimo colectivo cambia.
Este año, sin embargo, no todo es celebración plena. La ausencia de las academias de danza y del tradicional concurso de canto y danza —suspendidos por razones presupuestarias— se siente. Esos jóvenes bailarines que, abajo del escenario, regalaban un espectáculo paralelo de chacareras, cuecas y gatos, eran una expresión genuina de la cultura popular. Su falta deja un vacío que merece ser reconocido y reflexionado. La cultura local necesita inversión, planificación y continuidad. Cuidarla no es un gasto: es una responsabilidad.

Aun así, la esencia permanece. La Fiesta del Chivo vuelve a convocarnos, a reunir generaciones, a hacernos anfitriones. Porque durante estos días, cada malargüino representa al departamento. En una charla, en una indicación, en un gesto. Somos anfitriones cuando explicamos una tradición, cuando orientamos a un turista, cuando compartimos una mesa o una historia.
Por eso, el llamado es claro. Vivamos esta fiesta con alegría, pero también con responsabilidad. Con respeto, sin excesos, de forma pacífica. Cuidemos el predio, cuidemos a quienes nos visitan y, sobre todo, cuidémonos entre nosotros. Que la celebración no pierda su sentido comunitario ni su carácter familiar.

La Fiesta Nacional del Chivo vuelve a demostrarnos que no todo está perdido, que no todo está tan mal como a veces parece. Que todavía podemos encontrarnos, celebrar y sentir orgullo de lo que somos. Que, al menos por unos días, Malargüe vuelve a latir al mismo ritmo.









