

Cada 25 de febrero se recuerda el nacimiento de José de San Martín. Pero más que evocar una figura lejana, la fecha invita a reflexionar sobre el origen de un proyecto histórico que transformó el destino de América del Sur.

Nacido en Yapeyú en 1778, su vida atravesó dos mundos: la formación militar en España y el regreso a estas tierras para asumir una causa mayor. Sin embargo, fue en Cuyo donde su figura adquirió dimensión continental. Allí no solo preparó un ejército; organizó una sociedad para sostenerlo.
San Martín entendió que la libertad no era un acto aislado, sino un proceso que requería disciplina, planificación y compromiso colectivo. Gobernó, administró recursos, articuló voluntades y construyó confianza. Antes de cruzar los Andes, consolidó una comunidad capaz de acompañar el esfuerzo.

Recordar el 25 de febrero no es repetir una efeméride. Es reconocer que detrás de cada gesta hubo formación, carácter y visión estratégica. El liderazgo no nació en la incertidumbre: se construyó con trabajo silencioso, responsabilidad y sentido del deber.
En Mendoza, su legado se vuelve tangible. El Ejército de los Andes no fue solo una fuerza militar: fue una organización social, política y económica, sostenida por vecinos, instituciones y decisiones concretas que marcaron el rumbo de la región.

Mirar esa experiencia desde hoy permite una lectura actual: los grandes objetivos requieren preparación y acuerdos. Las transformaciones profundas no se improvisan; se planifican, se sostienen y se hacen posibles cuando una comunidad asume un propósito compartido.
Por eso, el 25 de febrero puede leerse como el inicio de un proyecto. Uno que no se limitó a una batalla, sino que propuso un método: construir condiciones, sumar voluntades y avanzar con una estrategia clara hacia un horizonte mayor.

La asociación Cultural Sanmartiniana «Expedicionarios del sur» compartió con Ser y Hacer este interesante texto

.








