

“Hay una primavera que no vuelve jamás, que es la juventud del cuerpo, y otra que es eterna: la juventud del alma.”

Mirtha Leguizamón tiene 73 años y una energía que no se explica solo por el entrenamiento, la constancia o la disciplina. Hay en ella una manera de estar en el mundo que combina fortaleza, gratitud y una decisión profunda de seguir en movimiento. Técnica industrial minera, profesora de química y durante años parte de la vida educativa de Malargüe, se desempeñó como docente, como regente y se jubiló como directora de la Escuela Técnica Química Industrial y Minera. Pero si hoy se describe a sí misma, elige hacerlo desde un lugar más amplio: como una mujer activa, madre de tres hijos, abuela de seis nietos, alguien que en esta etapa de su vida sigue dando lo mejor.
La jubilación, para muchas personas, suele marcar una pausa. En Mirta fue, más bien, una nueva posibilidad. Si bien el deporte la acompañaba desde mucho antes, fue después de retirarse de la actividad laboral cuando su dedicación se hizo más intensa y los logros comenzaron a crecer. En la actualidad, vive esta etapa con agradecimiento y con un compromiso firme con la actividad física. Entrena, va al gimnasio, compite en torneos departamentales, provinciales y nacionales de newcon, y forma parte de un mundo que no solo le exige preparación, sino también pasión.

El gusto por el deporte nació temprano, en la escuela secundaria, en aquellas competencias intercolegiales de la semana del estudiante. Ahí descubrió que el movimiento le gustaba, que había algo en el desafío físico y en la competencia que la convocaba. Con el tiempo, esa inclinación dejó de ser solo una actividad para convertirse en una forma de vida. Primero apareció como un propósito; después, como una parte inseparable de su cotidianeidad. Para Mirta, el deporte ayuda a sostener el cuerpo y también la mente. No lo vive solamente como una práctica, sino como un estilo que ordena, fortalece y acompaña.

Nunca sintió que la edad fuera un límite. Esa convicción atraviesa toda su historia deportiva. Muy por el contrario, siente que con los años su entrega fue creciendo, y también las oportunidades. Ha sido jugadora de la selección mendocina, de la selección cuyana y de la selección nacional de newcom, un recorrido que habla no solo de nivel deportivo, sino también de una perseverancia admirable. Cuando piensa en el mayor desafío que enfrentó, no menciona una competencia puntual ni un resultado. Habla de superarse. Y en esa palabra se cifra, quizá, la verdadera esencia de su camino.
Hoy la sostiene algo tan concreto como valioso: la salud. Poder entrenar, viajar, competir y conocer personas en distintos lugares, compartir con otros el mismo objetivo, vivir momentos lindos dentro y fuera de la cancha. Todo eso forma parte de lo que el deporte le sigue regalando. En su relato, competir no aparece solo como una exigencia física, sino también como una fuente de alegría, de encuentro y de vitalidad.

Ella siente que al equipo le aporta confianza, actitud y respeto por el otro. Y a la comunidad, dice, le ofrece un desafío constante desde su propia energía: invitar a los demás a acercarse a un centro deportivo, a elegir alguna actividad, a empezar desde donde se pueda. No todos tienen que correr, aclara; algunos podrán trotar y otros caminar despacio. Lo importante es moverse, intentarlo, no quedarse quietos frente al paso del tiempo. En esa invitación hay algo generoso y profundamente humano: Mirta no muestra su camino como una excepción, sino como una posibilidad.
Sus metas deportivas, dice, ya están cumplidas. No habla desde la resignación, sino desde una calma agradecida. Ya logró mucho y hoy solo pide poder continuar mientras Dios lo permita. Hay en esa frase una sabiduría sencilla, la de quien sabe valorar lo alcanzado sin dejar de disfrutar lo que todavía viene. También le da alegría sentirse un espejo para sus hijos y sus nietos. Cuenta que la mayoría son deportistas y espera que para ellos el movimiento también se vuelva un estilo de vida, una elección cotidiana, una manera de cuidarse y de habitar el mundo.

Cuando empezó a jugar newcom, recuerda, era una actividad más recreativa. Con los años fue cambiando, evolucionando, volviéndose más física, más competitiva, más exigente. Y justamente ahí encontró una adrenalina especial. Ese crecimiento del deporte acompaña también su propia historia: empezó como juego y terminó convirtiéndose en un espacio de compromiso, de pertenencia y de alto nivel de competencia. Hoy, además, destaca cómo se ampliaron las categorías y cómo el newcom dejó de ser una práctica solo para mayores de 60 para abrirse también a otras edades. Para sostenerse ahí, asegura, no hay secretos: hacen falta constancia y disciplina.

Pero si algo vuelve potente su testimonio no son solo sus logros, sino el mensaje que deja. Mirta cree que todos los momentos de la vida son importantes para aprender y que nunca es tarde para empezar una actividad física. Lo dice desde la experiencia, desde el cuerpo vivido, desde los años transitados sin renunciar al entusiasmo. Y después lo resume en una imagen hermosa, de esas que quedan resonando mucho después de leerla: hay una primavera que no vuelve jamás, que es la juventud del cuerpo, y otra que es eterna, la juventud del alma.
En esa frase está, quizás, todo lo que ella representa. Una mujer que atravesó la educación, la familia, el trabajo y el deporte sin dejar de crecer. Una mujer que a los 73 años sigue compitiendo, entrenando y sembrando ejemplo. Y una malargüina que demuestra, con la serenidad de quien ya no necesita probar nada, que la vitalidad no depende solo de la edad, sino también de la decisión de seguir eligiendo la vida todos los días.

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