

“La capacidad no tiene género. Y si la minería está creciendo en Malargüe, las mujeres tenemos que ser parte activa de ese crecimiento.”

Daiana Sboccia tiene 34 años, es malargüina, y su historia está atravesada por una mezcla de decisión, trabajo y movimiento constante. Actualmente se desempeña en el área de compras dentro de la industria minera y, además, es referente de la Alianza AFIM. Pero cuando habla de sí misma no se limita a un cargo. Se define como una mujer perseverante, comprometida y en constante crecimiento. También es mamá, emprendedora, profesora de zumba, y dice algo que la pinta de cuerpo entero: no le gusta quedarse quieta.
En su recorrido hay una idea que aparece una y otra vez: la de avanzar, aun cuando el camino no esté del todo despejado. Tal vez por eso, cuando le toca explicar qué significa para ella ser mujer en la minería, su respuesta es tan clara como potente: abrir caminos. Sabe que se trata de un ámbito históricamente masculino y que ocupar esos espacios implica demostrar, todavía hoy, que la capacidad no tiene género. Lo dice sin enojo, pero con la firmeza de quien lo ha vivido en carne propia.
Daiana empezó en la minería a los 21 años, en la provincia de Santa Cruz, cuando tenía una hija de apenas un año. Ingresó directamente al área de compras y desde allí comenzó a formarse y desarrollarse en abastecimiento y desarrollo de proveedores. No fue solamente un trabajo: con el tiempo entendió que había encontrado algo más profundo. Su propósito, dice, no es solo desempeñarse dentro de esta industria, sino también ayudar a que otras personas puedan hacerlo de manera profesional. Hoy esa convicción toma forma en una línea de formación pensada para proveedores y pymes que quieran ingresar al mundo minero en la comunidad.

En esa mirada hay algo muy suyo: no quedarse únicamente con el crecimiento personal, sino pensar en cómo abrirle la puerta a otros. Esa misma necesidad de generar redes, de compartir experiencia y de construir oportunidades fue una de las semillas que dio origen al movimiento de mujeres mineras del que forma parte. Todo empezó en un evento organizado por WIM en Mendoza, donde se reunieron mujeres que compartían experiencias similares dentro del rubro. De ese encuentro nació AFIM, con el objetivo de crear un espacio de acompañamiento, visibilización y desarrollo en Malargüe.

Lo que las impulsó a organizarse fue, sobre todo, la falta de representación femenina, la necesidad de capacitaciones específicas y la importancia de contar con una red de apoyo dentro de una industria tan técnica y exigente. Daiana lo cuenta con serenidad, pero en sus palabras se percibe la conciencia de que esos espacios no aparecen solos: hay que armarlos, sostenerlos y defenderlos.
El camino, por supuesto, no estuvo libre de obstáculos. Uno de los mayores fue encontrarse con puertas cerradas y con situaciones en las que su capacidad fue subestimada simplemente por tratarse de un movimiento impulsado por mujeres. Esa falta de apertura en algunos ámbitos podría haber sido un freno. Sin embargo, en lugar de callarse o retroceder, eligieron fortalecerse. Organizarse mejor, mejorar la propuesta, sostenerse en el tiempo y demostrar con hechos el valor de lo que podían aportar. Hoy, dice Daiana, hablan desde la experiencia y desde un trabajo sostenido que ya lleva casi un año.

En lo personal, reconoce que varias veces sintió que por ser mujer tuvo que demostrar más. En la minería, explica, eso ocurre con frecuencia. Muchas veces las mujeres deben validar una y otra vez su capacidad. Pero lejos de paralizarla, esa exigencia también funcionó como un impulso para fortalecerse, para mejorar su perfil profesional y para seguir construyendo carácter.
Entre los desafíos más fuertes que le tocó atravesar aparece uno que muchas mujeres conocen bien: equilibrar la vida laboral, el estudio y la maternidad. En un ambiente que demanda tiempo, compromiso y mucha energía, sostener todo al mismo tiempo requiere organización, esfuerzo y una enorme voluntad. Daiana no lo romantiza. Simplemente lo dice como parte de su realidad. Y cuando se pregunta de dónde sacó fuerzas para seguir, la respuesta vuelve otra vez al núcleo más íntimo: la familia. Ser cabeza de hogar, dice, también le dio la fuerza necesaria para no aflojar.

Esa experiencia personal es la que hoy también la empuja a pensar en otras. Desde su lugar, siente que está construyendo redes, brindando información accesible y ofreciendo un poco de inspiración al compartir historias reales de mujeres dentro de la minería. No habla de heroísmo ni de discursos grandilocuentes. Habla, más bien, de algo concreto y valioso: mostrar que sí se puede. Que hay otras mujeres transitando ese camino. Que hay experiencia, que hay lugar, que hay una red posible.

Y los cambios, aunque todavía incipientes, ya empiezan a notarse. Uno de los logros que más destaca es el crecimiento en las consultas de mujeres, hombres y también proveedores locales que quieren involucrarse en la industria minera y piden información concreta sobre cómo hacerlo. Para Daiana, eso es una señal de que algo está cambiando. Que hay más interés, más movimiento y más ganas de participar desde la comunidad. En ese avance, ella ve una oportunidad, pero también una responsabilidad: prepararse para que ese crecimiento incluya a más personas, especialmente a las mujeres.
Por eso, cuando imagina el futuro, lo hace con una imagen muy clara: más mujeres en áreas técnicas, tomando decisiones, liderando proyectos, siendo parte activa del desarrollo minero de Malargüe. No como una excepción, sino como parte natural de una industria que ya no puede seguir pensándose solo en masculino.
Su mensaje para las mujeres que sienten miedo o dudas frente a este mundo nace desde la experiencia y no desde la teoría: hay que hacerlo igual. Hacerlo con miedo, porque el miedo es natural cuando una se enfrenta a algo nuevo. Pero hacerlo. Porque si la minería está creciendo en Malargüe, entonces también es tiempo de prepararse para estar adentro de ese crecimiento, con formación, con trabajo y con decisión.
En Daiana hay una fuerza tranquila, de esas que no necesitan levantar la voz para dejar en claro lo que piensan. Su historia no habla solo de minería. Habla de una mujer que eligió no quedarse al margen, que convirtió la experiencia en herramienta y que entendió que abrirse paso también puede ser una forma de tenderle la mano a otras. Y en un tiempo en el que Malargüe mira cada vez más hacia ese horizonte productivo, su recorrido deja una certeza valiosa: no alcanza con que las mujeres estén presentes; también tienen que ser escuchadas, preparadas y protagonistas.

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