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Marcos Antonio Torres: 35 años de trabajo, humildad y cocina de campo

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“Gracias a Dios he tenido siempre laburo. Siempre.”

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Este 1° de mayo, Día del Trabajador, elegimos celebrar la fecha contando la historia de un hombre que hizo del trabajo una forma de vida. Marcos Antonio Torres acaba de jubilarse después de 35 años como cocinero de campo, un oficio silencioso pero fundamental, de esos que sostienen la rutina de quienes pasan largas jornadas lejos de casa.

Llegamos a él por pedido de Andrés Nieto, su patrón durante más de tres décadas. Y ese gesto ya dice mucho: no todos los días una empresa busca homenajear a un trabajador que se retira. En el caso de Marcos, más que despedir a un empleado, despiden a alguien querido, respetado y sentido como parte de la familia.

Por eso, en este Día del Trabajador, su historia nos permite ponerle rostro, nombre y vida a una palabra que a veces repetimos sin detenernos demasiado: trabajo. En Marcos, el trabajo fue esfuerzo, responsabilidad, humildad, servicio y también una manera de construir su casa, su familia y el cariño de todos los que compartieron con él tantos años de camino.

Marcos me recibió en su casa junto a su señora, Yoli. La charla fue larga, tranquila, de esas que se van armando sin apuro. Frente a mí estaba un hombre sencillo, de pocas vueltas, con esa humildad propia de la gente buena. Un trabajador de toda la vida que hoy empieza a acomodarse a una etapa nueva: la jubilación.

Cuando le pregunté cómo había comenzado su historia laboral, volvió primero al campo. Nació y se crió en la zona rural, entre Río Grande y Río Chico, con invernada en Chihuido Chico. Su familia tenía animales: chivas, vacas, caballos. Eran cinco hermanas mujeres y él, el único varón.

Su padre era hombre de campo y no quería irse. “Él decía: ‘Yo voy a morir en el campo’”, recordó Marcos. Pero con los años la vida fue cambiando. Sus hermanas empezaron a venirse al pueblo para estudiar o trabajar, su papá comenzó a ver menos y finalmente la familia decidió vender algunos animales y comprar una casa en Malargüe.

Antes de convertirse en cocinero de campo, Marcos hizo distintos trabajos. Estuvo en Obras Sanitarias, limpió jardines, hizo changas y nunca le escapó al esfuerzo. Lo resume con una frase simple, pero enorme: “Gracias a Dios he tenido siempre laburo. Siempre”.

Después llegó a YPF, al barrio YPF, donde trabajó en parques y jardines y también limpiando tráilers. Allí un hombre de la obra social, a quien recuerda con mucho cariño, le propuso ir a Pampa Palauco, a la cocina.

Marcos no sabía cocinar. Lo dice sin agrandarse, con absoluta naturalidad: “Yo no sabía ni pelar una papa”. Primero entró en limpieza y después pasó como ayudante de cocina. Dudaba porque no tenía experiencia, pero le dijeron algo que le quedó marcado: “Se aprende”.

Y aprendió.

Durante varios años fue pasando por distintas empresas que prestaban servicio en la zona. Las licitaciones cambiaban, algunos se iban, otros llegaban, pero Marcos quedaba. Ya lo conocían. Sabían cómo trabajaba. Sabían también que era una persona responsable y querida.

Cuando terminó una etapa de YPF, pensó que ese camino se cerraba. Sin embargo, al poco tiempo lo llamaron para lavar y ordenar vajilla que habían traído desde Palauco. Allí apareció Andrés Nieto, quien le preguntó si quería sumarse a trabajar con ellos.

Marcos volvió a decir que no sabía demasiado de cocina, que apenas había sido ayudante. Pero aceptó. Fue a su casa, le avisó a su mamá y se fue.

“Así que ahí empecé con Nieto. Treinta y cinco años después acá estoy”, contó.

Los comienzos fueron modestos. Una cocinita chica, de cuatro hornallas pequeñas, poca gente y mucho por hacer. Recuerda incluso la primera comida que preparó: unos bifes con cebolla. Con el tiempo, la cocina mejoró. Llegó una cocina industrial grande, un buen horno, una amasadora, un freezer. Pero al principio hubo que arreglarse con lo que había.

Y justamente eso, dice Marcos, es parte del oficio de cocinero de campo.

“Uno se las arregla”, explicó.

En el campo no hay almacén a la vuelta ni posibilidad de salir rápido a comprar lo que falta. Hay que mirar el depósito, pensar el menú, calcular para todos y resolver con lo disponible. “Estoy pensando: ¿qué voy a hacer mañana? Tengo esto, tengo esto. Voy al depósito, miro y digo: tengo lentejas, tengo porotos… listo, eso voy a hacer”.

Durante años cocinó solo. Hacía el desayuno, el pan, las tortitas, el almuerzo y la comida. Llegó a cocinar para unas 25 personas o más, no solo de la empresa de Nieto, sino también de otras firmas vinculadas a la actividad petrolera.

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En esa cocina, Marcos vivió de todo. “En el campo se pasan rabias, se pasan angustias, se pasan alegrías también”, dijo. Las rabias tenían que ver con la convivencia diaria: uno quería más sal, otro menos, alguno pedía otra comida, otro se quejaba. Marcos aprendió a escuchar, a tener paciencia y a seguir haciendo lo suyo.

“Yo hacía lo mío nomás. Todos los días”, resumió.

También entendió que la comida en un campamento es mucho más que un plato servido. Para quienes trabajan lejos de casa, después de jornadas largas, sentarse a comer es un momento importante. Es descanso, encuentro y rutina. Por eso su tarea fue tan valorada.

Cuando le pregunté qué alegrías le había dado su trabajo, no habló de grandes cosas. Habló de dignidad.

“Un buen pago, gracias a Dios. La ropa, la comida, dormir bien, calefaccionado, todo bien. De eso no tengo nada que decir”.

Con ese trabajo pudo construir su casa, sostener a su familia y hacer su vida junto a Yoli, su señora, peluquera y compañera de camino. Hoy su hijo ya formó pareja y en la casa están ellos dos, aprendiendo también a vivir este nuevo tiempo.

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Porque jubilarse, para alguien que trabajó toda la vida, no es solamente dejar de ir al campo. Es acomodar los horarios, la cabeza, el cuerpo y hasta el silencio. Marcos lo toma con calma. Dice que quiere salir, pasear mientras se pueda, aunque también la familia marca sus tiempos: el papá de Yoli tiene 94 años y requiere atención.

De todos modos, él lo dice con esa simpleza suya: “Siempre hay algo para hacer”.

La despedida empezó en el campo. Sus compañeros le organizaron un asado. Hubo chivos, fotos, emoción y mucho agradecimiento. Después llegó la sorpresa familiar. Marcos quería hacer un almuerzo para festejar “su triunfo”, como llamó a la jubilación, pero Yoli, su nuera, sus hermanos y su familia ya preparaban otra cosa.

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Despedida en su cocina de campo. Marcos junto a sus jefes y compañeros de trabajp

Lo sacaron de la casa, lo entretuvieron hasta la noche y, cuando volvió, le inventaron una excusa para hacerlo entrar. Al abrir la puerta, se encontró con los gritos, los aplausos y toda la gente esperándolo.

“No sabía qué hacer”, recordó.

Estaba su nieto, su familia, sus patrones Andrés, Doña Elba y Nicolás y muchos de los que compartieron con él tantos años. Más que una fiesta de jubilación, fue una demostración de cariño.

“La verdad que siempre todo el mundo me quería mucho”, dijo. Y enseguida corrigió, como quien entiende que ese afecto sigue intacto: “Bueno, no me querían, me quieren todavía”.

Esa frase resume buena parte de esta historia.

Marco Antonio Torres no se retiró como un trabajador más. Se fue después de 35 años de esfuerzo, responsabilidad y presencia diaria. Se fue dejando en la cocina del campo una vida entera de trabajo silencioso. Y se fue, sobre todo, rodeado de afecto.

Andrés Nieto lo definió como una persona intachable en su tarea y extraordinaria en lo humano. Después de escucharlo, se entiende por qué. Marcos habla sin grandilocuencias, agradece cada oportunidad y recuerda su camino con la tranquilidad de quien sabe que cumplió.

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“Fue toda una vida, gracias a Dios”, dijo en un momento.

Y sí. Fue toda una vida.

Una vida de campo, de cocina, de madrugadas, de pan casero, de comidas hechas con lo que había, de paciencia y de trabajo honrado.

Este Día del Trabajador, su historia nos recuerda que hay personas que no hacen ruido, pero sostienen mucho. Marcos Torres es una de ellas. Un hombre sencillo, querido y trabajador, que después de 35 años se jubila con algo que no se compra ni se improvisa: el respeto y el cariño de todos los que compartieron con él el camino.

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