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Jorgelina Aveiro: la mujer que convierte cartón y aserrín en calor solidario para Malargüe

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“A partir de ahí dije: tengo que hacer algo para ayudar a la gente”

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En Malargüe, hablar de invierno no es hablar solamente de una estación del año. Es hablar de frío intenso, de hogares que necesitan mantenerse calientes, de familias que muchas veces deben resolver con ingenio aquello que no siempre pueden cubrir con recursos económicos. En ese contexto aparece la historia de Jorgelina Aveiro, una mujer que, de manera silenciosa, artesanal y profundamente solidaria, empezó a transformar materiales simples en una alternativa concreta para calefaccionarse.

Su proyecto se llama Terra Block y nace bajo una idea clara: ofrecer briquetas ecológicas, también llamadas por ella “leña ecológica”, elaboradas a partir de cartón reciclado y aserrín. En uno de los materiales de presentación de su emprendimiento se lee una frase que resume el espíritu de la iniciativa: “Calor eficiente, consumo inteligente”.

Pero detrás de esas palabras hay mucho más que un producto. Hay una necesidad observada de cerca, una decisión personal y una voluntad de ayudar.

“Mi proyecto nace desde una necesidad real en Malargüe”, cuenta Jorgelina. Y enseguida explica por qué: muchas familias no cuentan con gas natural en una zona donde las bajas temperaturas obligan a buscar alternativas para calefaccionarse. Algunas recurren a garrafas, otras a leña, pero ambas opciones pueden volverse costosas o difíciles de conseguir.

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Fue entonces cuando ella se hizo una pregunta simple, pero enorme en su sentido humano. O, mejor dicho, tomó una decisión: “A partir de ahí dije: tengo que hacer algo para ayudar a la gente”.

Lo que vino después no fue una gran inversión ni una maquinaria sofisticada. Fue todo lo contrario. Jorgelina empezó con lo que tenía a mano, demostrando que muchas veces las soluciones nacen de la creatividad, de la perseverancia y de una mirada atenta hacia quienes más necesitan.

Su método es completamente artesanal. Ella misma lo cuenta con naturalidad: no tiene recursos para comprar herramientas, entonces fue armando su propio sistema de trabajo. Utiliza un tubo de PVC con algunos orificios, donde coloca la mezcla, y luego compacta cada briqueta con una herramienta casera hecha con un palo y una base similar a una sopapa. Con ese elemento introduce y presiona la mezcla hasta darle forma.

Cada briqueta que realiza actualmente pesa alrededor de 250 gramos y, según explica, puede tener una duración de entre dos y tres horas. Además, necesita un tiempo de secado de aproximadamente siete a diez días antes de poder ser utilizada.

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En su relato no hay adornos. Hay trabajo. Hay manos. Hay recorrido. Jorgelina busca cartón en negocios, camina, junta, selecciona, separa lo que sirve de lo que no sirve. Luego compra aserrín o viruta en carpinterías, porque ese material sí debe pagarlo. Después deja todo en remojo, prepara la mezcla y comienza el proceso más duro: moler, prensar, compactar.

Como no cuenta con una máquina para moler, se las arregla con un taladro pequeño adaptado con espigas. Pero el esfuerzo no es menor. El taladro se calienta y muchas veces debe continuar el trabajo con sus propias manos.

“Tengo las manos lastimadas ya por tanto moler y tanto apuñar la masa”, reconoce.

Esa frase muestra la parte menos visible del proyecto. Porque detrás de cada briqueta no hay solamente cartón reciclado y aserrín. Hay tiempo, fuerza física, paciencia y una voluntad que insiste aun cuando los recursos faltan.

Jorgelina también destaca que sus briquetas no llevan adhesivos. Son elaboradas con materiales reciclados y naturales. Incluso, en sus pruebas más recientes, comenzó a incorporar hojas secas, con muy buenos resultados. La búsqueda no se detiene: prueba, aprende, comparte, mejora.

Uno de los aspectos más interesantes de su iniciativa es que no guarda el conocimiento para sí. Al contrario, lo comparte. En sus redes sociales muestra el proceso, da consejos y va contando los avances. La idea no es solamente vender un producto, sino enseñar a otros a hacerlo en sus propios hogares.

En tiempos donde calefaccionarse puede ser un problema serio para muchas familias, esa decisión tiene un valor enorme. Jorgelina no presenta sus briquetas como algo inaccesible ni lejano. Las muestra como una posibilidad real, hecha con materiales que muchas personas pueden conseguir: cartón, aserrín, viruta, hojas secas, agua, tiempo y ganas.

También explica que las briquetas largan muy poco humo, casi nada, y que no generan chispas. Para encenderlas, según cuenta, alcanza con una pequeña cantidad de alcohol. Son una alternativa pensada para fogones o salamandras, especialmente en zonas donde el acceso a combustibles convencionales es limitado.

El proyecto tiene una dimensión ecológica muy clara. Reutiliza cartón, aprovecha residuos de carpintería y propone una forma de calefacción más económica y sostenible. Pero en la voz de Jorgelina, la ecología no aparece como un discurso distante, sino como una práctica cotidiana: juntar, reciclar, aprovechar, transformar.

“Todo es reciclado”, dice. Y en esa frase se resume una forma de mirar los recursos disponibles.

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Durante la entrevista también contó que logró conectarse con personas de Alemania, donde este tipo de briquetas ya se utiliza desde hace años. A partir de ese intercambio, comenzó a pensar en una nueva posibilidad: hacer briquetas aromatizadas.

La idea es que, al colocarlas en el fogón o en la salamandra, además de aportar calor, desprendan aromas como limón, naranja u otros que cada persona elija. Nuevamente, Jorgelina aparece en movimiento: escucha, aprende, prueba y adapta.

Hay algo profundamente valioso en su manera de encarar este proyecto. No espera tener todo resuelto para empezar. No se detiene porque le falten herramientas. No se queda solamente en la dificultad. Con lo que tiene, hace. Y con lo que hace, ayuda.

Ella misma contó que el año pasado, durante la época de calor, empezó a elaborar muchas briquetas para tenerlas listas. Luego repartió varias a personas que no podían comprar leña ni gas.

“He repartido muchísimas briquetas a la gente que no puede comprar leña ni ha podido comprar gas”, recuerda. Y agrega: “Sabemos que estamos en una situación muy complicada, entonces yo les he querido dar una mano de una u otra forma; con poco, con mucho, pero les he dado una mano”.

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Esa frase revela la esencia de Jorgelina. Su proyecto no nace únicamente como un emprendimiento. Nace como una respuesta comunitaria frente al frío y frente a la necesidad. Vende sus briquetas para sostener el trabajo, pero también comparte el conocimiento para que otros puedan replicarlo. En esa combinación aparece lo más humano de la iniciativa: producir, enseñar y ayudar.

Para quienes quieran conocer más sobre el proceso, aprender a hacer briquetas en casa o acompañar su trabajo, Jorgelina invita a seguirla en sus redes sociales. En TikTok e Instagram aparece como Jorgelina Aveiro, donde va subiendo los tips que aprende y las pruebas que realiza.

De cara al invierno, su propuesta se vuelve especialmente importante. No solamente porque ofrece una alternativa para calefaccionarse, sino porque recuerda algo fundamental: muchas soluciones pueden nacer desde lo sencillo, desde lo cotidiano, desde materiales que otros descartan.

En Malargüe, donde el frío se siente con fuerza, Jorgelina Aveiro decidió convertir cartón, aserrín y esfuerzo en calor. Pero, sobre todo, decidió convertir una necesidad en una ayuda concreta para otros.

Y quizá ahí esté el verdadero valor de Terra Block: en demostrar que una briqueta puede calentar una salamandra, sí, pero también puede encender una idea mucho más grande. La idea de que, aun con pocos recursos, siempre hay una manera de tender una mano.

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