

La Selección Argentina volvió a hacerlo. Después de vencer por 3 a 1 a Suiza en tiempo suplementario, consiguió su lugar entre los cuatro mejores del Mundial 2026. Pero mientras los jugadores celebraban dentro del campo de juego, en cada rincón del país comenzaba otro partido: el de un pueblo que necesitaba encontrarse, abrazarse y compartir una alegría.

Malargüe no fue la excepción. En medio del frío de una noche de invierno, la avenida San Martín se convirtió nuevamente en el punto de encuentro de familias, jóvenes, niños y adultos. Hubo banderas, camisetas, bocinazos y canciones. Una verdadera ola humana ocupó el corazón de la ciudad y demostró que, cuando existe una emoción compartida, hasta las bajas temperaturas pueden quedar en segundo plano.
Podría decirse que fue solamente un festejo futbolero. Sin embargo, lo vivido representa mucho más.
En tiempos atravesados por preocupaciones económicas, diferencias políticas, discusiones cotidianas e incertidumbres, no siempre resulta sencillo encontrar aquello que nos una. Muchas veces parecemos concentrados en lo que nos separa, olvidando que también formamos parte de una misma comunidad. El fútbol, una vez más, ofreció una excusa para reconocernos en el otro.
Y está bien disfrutarlo.

Está bien salir a la calle, cantar, abrazar a un desconocido y sentir durante algunas horas que todos empujamos hacia el mismo lado. Está bien emocionarse frente a una pantalla, sufrir cada pelota y celebrar cada gol como si ocurriera en el patio de nuestra propia casa. No todo encuentro colectivo necesita estar motivado por una tragedia, un reclamo o una necesidad urgente. También tenemos derecho a reunirnos por una alegría.
La Selección representa dentro de la cancha algo que el país necesita recuperar fuera de ella: la capacidad de trabajar en equipo, confiar en el compañero, superar dificultades y sostener un objetivo común. Los jugadores sienten el acompañamiento de millones de argentinos y esos millones encuentran en el equipo un motivo para ilusionarse.
El próximo miércoles 15 de julio, Argentina enfrentará a Inglaterra por un lugar en la final. Seguramente volverán los nervios, las cábalas, las reuniones familiares y los corazones acelerados. También volverá esa esperanza de encontrarnos en la avenida San Martín, de vestir a Malargüe de celeste y blanco y de cantar juntos.
Hagámoslo con alegría, responsabilidad y respeto. Volvamos a salir. Volvamos a encontrarnos. Volvamos a sentirnos parte de un mismo pueblo.
No sabemos todavía hasta dónde llegará este camino. Pero, más allá de lo que suceda en la semifinal, algo ya ocurrió: Malargüe volvió a abrazarse gracias al fútbol.
Por eso, incluso antes del resultado final, corresponde decir gracias. Gracias a este equipo por permitirnos sufrir, emocionarnos y celebrar juntos. Gracias al fútbol por recordarnos que todavía podemos ser un solo pueblo.
Redacción Ser y Hacer

Fotos: Pamela Rodríguez

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