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9 de Julio: libertad, independencia y la Patria que todavía debemos construir

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El 9 de julio vuelve a encontrarnos bajo los colores celeste y blanco. Esta vez, además, en un clima mundialista que nos atraviesa como pocas cosas logran hacerlo. La Selección argentina de fútbol vuelve a reunirnos frente a una pantalla, en la mesa familiar, en el trabajo, en la escuela, en la calle y en cada rincón del mundo donde una camiseta alcanza para reconocernos parte de algo común. Pero justamente por eso, en el Día de la Independencia Argentina, la pregunta se vuelve necesaria: ¿qué nos une cuando no juega la Selección?

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El 9 de julio de 1816 no fue apenas una fecha para el calendario escolar. Fue una decisión política, histórica y moral. En San Miguel de Tucumán, representantes de las Provincias Unidas declararon la voluntad de ser una nación libre e independiente. No se trataba solo de romper un vínculo con una corona extranjera. Se trataba de asumir una responsabilidad: dejar de depender de otro poder para comenzar a gobernarse, decidir, sostenerse y proyectarse como comunidad.

Allí aparece una diferencia que muchas veces confundimos: libertad e independencia no son lo mismo. La libertad puede ser entendida como la posibilidad de elegir, de expresarse, de moverse, de pensar, de creer, de disentir. La independencia, en cambio, exige algo más profundo: hacerse cargo de las consecuencias de esa libertad. Una persona puede sentirse libre y, sin embargo, seguir dependiendo emocional, económica o moralmente de otros para tomar decisiones. Un país puede declararse libre y, aun así, no ser plenamente independiente si no logra construir instituciones fuertes, educación de calidad, trabajo digno, desarrollo federal y una convivencia capaz de superar sus fracturas.

La libertad entusiasma; la independencia compromete. La libertad abre puertas; la independencia obliga a caminar con responsabilidad. La libertad puede proclamarse en un grito; la independencia se demuestra todos los días, en silencio, con esfuerzo, coherencia y grandeza.

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En este contexto mundialista, la Argentina vuelve a vivir una escena conocida: por unas horas desaparecen las diferencias, se abrazan desconocidos, se suspenden discusiones, se comparte una alegría que parece devolvernos una patria posible. El fútbol tiene esa fuerza extraordinaria. Nos recuerda que todavía somos capaces de emocionarnos juntos. Nos muestra que hay símbolos que sobreviven a la grieta. Nos devuelve, aunque sea por noventa minutos, una imagen de unidad nacional.

Pero también debemos animarnos a mirar la otra cara. Si el fútbol es lo único que logra unirnos, ¿no estamos frente a una señal de debilidad como país? ¿Puede una nación sostener su destino solo sobre emociones deportivas? ¿Alcanza con vestirnos de celeste y blanco durante un Mundial si después nos cuesta reconocernos argentinos en el vecino que piensa distinto, en el joven que busca oportunidades, en el trabajador que se esfuerza, en el docente, en el comerciante, en el productor, en el jubilado, en quien vive lejos de los grandes centros de decisión?

La Patria no puede ser solamente una bandera en la tribuna. La patria también es la ruta que necesita mantenimiento, la escuela que debe enseñar, el hospital que debe cuidar, el empleo que permite arraigo, la palabra pública que debe ser responsable, la comunidad que no abandona a quien queda atrás. En Malargüe, hablar de independencia también es hablar de desarrollo con identidad, de oportunidades para nuestros jóvenes, de conectividad, de producción, de cultura, de educación y de futuro.

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Agradezcamos al fútbol por recordarnos que la unidad todavía es posible. Pero no le pidamos al fútbol que haga el trabajo que nos corresponde como sociedad. La Selección puede emocionarnos; no puede reemplazar nuestra responsabilidad ciudadana. Puede hacernos cantar el himno con el corazón encendido; no puede construir por sí sola un país más justo, más serio y más fraterno.

Este 9 de Julio debería invitarnos a una independencia más adulta. La independencia personal de quien aprende a decidir con conciencia. La independencia comunitaria de un pueblo que no espera todo de afuera. La independencia nacional de una Argentina que necesita menos grieta y más proyecto compartido.

Ser libres es un derecho. Ser independientes es una tarea. Y esa tarea, 210 años después de Tucumán, sigue abierta.

Redacción Ser y Hacer

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