

Hoy la Selección Argentina vuelve a jugar una final del mundo. Como ocurrió hace apenas unos días, es probable que cientos de malargüinos se reúnan en las calles para alentar, compartir la emoción y, si el resultado acompaña, celebrar un nuevo logro deportivo.

Ojalá así sea.
El fútbol tiene una capacidad singular para unir generaciones, familias y amigos. Durante algunas horas, las diferencias quedan a un lado y una comunidad entera puede encontrarse alrededor de una misma ilusión. Esa alegría colectiva merece ser vivida.
Pero precisamente porque el festejo puede convocar a muchas personas, vale la pena detenernos un instante y hacernos una pregunta sencilla: ¿podemos celebrar sin poner en riesgo a nadie ni dañar aquello que pertenece a todos?
El espacio público no es un escenario descartable. Es patrimonio común. Los semáforos, las luminarias, los carteles, las plazas y cada elemento de la ciudad cumplen una función que va mucho más allá de una tarde de festejos.
Subirse a un semáforo para agitar una bandera puede parecer una expresión de euforia. Sin embargo, también es una conducta que pone en riesgo la integridad física de quien lo hace, compromete la seguridad de quienes están alrededor y puede ocasionar daños cuya reparación termina pagando toda la comunidad.

En Malargüe conocemos bien el valor de esa infraestructura. Durante meses, los vecinos reclamaron por el funcionamiento de los semáforos de la intersección de avenida San Martín y General Roca, uno de los cruces más transitados de la ciudad. Hubo demoras, reclamos y finalmente una intervención para reemplazar equipos y modernizar el sistema.
Costó tiempo recuperarlos.
Costó recursos públicos.
Costó paciencia.
Por eso resulta necesario preguntarnos si tiene sentido poner nuevamente en riesgo aquello que tanto costó reparar.
Las autoridades tienen la responsabilidad de organizar los festejos, garantizar la seguridad y preservar el patrimonio público. Pero la responsabilidad no termina allí. También los vecinos debemos comprender que el entusiasmo nunca puede convertirse en una excusa para perder de vista los límites.
Celebrar con responsabilidad no hace menos intenso el festejo. Al contrario. Demuestra que una comunidad puede expresar su alegría sin poner en peligro a nadie ni deteriorar aquello que le pertenece.
Y aquí aparece una contradicción que no podemos dejar pasar.
Llamativamente, la fotografía en cuestión fue publicada en la cuenta del intendente de Malargüe, Celso Jaque.

No corresponde afirmar que esa conducta haya sido promovida por el intendente. Pero sí resulta válido señalar que, al momento de seleccionar y compartir la publicación, no parece haberse considerado el mensaje que transmitía esa escena. Las cuentas de quienes ejercen responsabilidades públicas también comunican valores, incluso cuando no existe una intención expresa detrás de cada imagen.
Quien tiene la responsabilidad de cuidar la ciudad también debe reflexionar sobre aquello que decide mostrar como representación de una celebración popular.
Ojalá esta tarde Malargüe vuelva a tener motivos para celebrar. Si así ocurre, que las banderas flameen, que las familias se abracen y que las calles vuelvan a llenarse de alegría.
Pero que mañana no tengamos que lamentar una tragedia ni volver a reparar aquello que entre todos ya habíamos conseguido recuperar. Porque la verdadera victoria también consiste en saber cuidar lo que es de todos.
Redacción Ser y Hacer










