

En Malargüe hay una palabra que se escucha cada vez más: oportunidades. Oportunidades con la minería, con nuevos operadores petroleros, con inversiones y proyectos que prometen transformar nuestra matriz productiva. Pero mientras hablamos del trabajo que vendrá, hay familias preocupadas por el trabajo que tienen hoy y esa diferencia de tiempos debería preocuparnos a todos.

Los hechos de los últimos días parecen noticias independientes, pero puestos uno al lado del otro dibujan una fotografía del momento que atraviesa Malargüe.
Hubo un paro petrolero vinculado con despidos y reclamos laborales. Alrededor de 16 trabajadores provenientes de Electrocoop avanzaron hacia su reincorporación en la actividad, aunque todavía queda pendiente resolver el reconocimiento o pago de su antigüedad. El Gobierno provincial autorizó la cesión de la participación de YPF en Cerro Fortunoso y Valle del Río Grande a Venoil, mientras las obligaciones ambientales vinculadas al proceso no desaparecen con el cambio de operador. Y, casi simultáneamente, abrió sus puertas en Malargüe una oficina de Impulsa Mendoza destinada a preparar trabajadores y fortalecer proveedores ante las oportunidades que podría generar la minería.
Son situaciones diferentes. No corresponden necesariamente a las mismas empresas, sindicatos ni procesos. Pero juntas nos obligan a formular una pregunta:
¿Qué nos está diciendo esta semana sobre el Malargüe que viene?
El petróleo continúa siendo fundamental para nuestra economía, pero atraviesa una transformación que no podemos ignorar. Durante el primer semestre de 2026, según datos oficiales de la Secretaría de Energía citados esta semana por Ser y Hacer, la producción petrolera mendocina cayó un 8,4% respecto del mismo período del año anterior. Eso no significa que el petróleo vaya a desaparecer mañana. Tampoco que debamos dar por terminada una actividad que durante décadas sostuvo empleo, empresas y familias malargüinas. Significa que hay cambios en marcha y mientras esos cambios ocurren, la minería comienza a generar una expectativa legítima.
La apertura de una oficina destinada a capacitar personas y preparar proveedores es una buena señal. Malargüe necesita anticiparse a los perfiles laborales y empresariales que requerirán los proyectos que puedan concretarse. Pero también debemos decirlo con claridad: una oficina de capacitación no es una oficina de empleo y un proyecto anunciado todavía no es un puesto de trabajo.
La minería puede convertirse en uno de los grandes motores económicos de nuestro departamento. Pero no debemos cometer el error de imaginar que reemplazará inmediatamente cada empleo que eventualmente pueda perderse en otra actividad.

Entonces aparece la pregunta más difícil:
¿Y mientras tanto?
Mientras llegan las inversiones, mientras avanzan los proyectos, mientras se capacitan trabajadores, mientras las empresas locales se preparan y mientras la minería recorre sus tiempos técnicos, ambientales y administrativos, las familias tienen que seguir viviendo.El futuro puede necesitar algunos años. Las familias no pueden esperar algunos años para tener trabajo.
Por eso, esta transición necesita conducción. Provincia y Municipio tienen una responsabilidad que excede acompañar inversiones o celebrar anuncios: deben poder mostrar cómo piensan atravesar esta transformación en materia de empleo local. Las empresas que llegan o toman áreas deben demostrar cuánto de sus inversiones se convierte efectivamente en actividad para Malargüe. Los sindicatos deben defender trabajo y derechos. Y quienes impulsan los nuevos proyectos deben explicar qué trabajadores necesitarán, qué capacidades exigirán y cuándo podrían comenzar a demandarlas.
Pero también nosotros debemos hacernos una pregunta incómoda:
¿Estamos preparando realmente a los malargüinos para ocupar esos lugares?
Defender el empleo local no puede limitarse a exigir que las empresas contraten gente de Malargüe. Tenemos que conseguir que, llegado el momento, nadie pueda decir que debió buscar trabajadores o proveedores afuera porque aquí no existían las certificaciones, los oficios o las capacidades necesarias. Ahí hay una tarea que debe comenzar ahora.
Porque el desarrollo no puede medirse solamente en anuncios, inversiones proyectadas o cantidad de proyectos. Debe medirse también en puestos de trabajo preservados y creados, inversiones realmente ejecutadas, trabajadores capacitados y contratos que queden en proveedores locales.
Malargüe no debería tener que elegir entre defender el petróleo de hoy y apostar por la minería de mañana. Necesita cuidar lo que tiene mientras construye lo que viene. Porque detrás de cada porcentaje hay trabajadores. Detrás de cada área que cambia de manos hay una comunidad esperando saber qué ocurrirá. Y detrás de cada anuncio de inversión existe una pregunta que los malargüinos tenemos derecho a hacer:
¿Cuánto de todo esto quedará realmente en Malargüe?
Dentro de algunos años podremos contar proyectos, pozos, inversiones y toneladas producidas. Pero habrá una medida mucho más importante. Cuántos malargüinos pudieron quedarse. Porque crecer no alcanza si nuestra gente tiene que irse a buscar oportunidades afuera.
El verdadero desarrollo será aquel que permita que Malargüe avance sin dejar malargüinos en el camino y será verdaderamente desarrollo cuando cada familia pueda sentarse a su mesa y comprobar que ese futuro del que tanto hablamos también llegó hasta allí.
Redacción Ser y Hacer


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