

“Escuchar, tocar, darle tiempo al instrumento… y estudiar, que es importantísimo.”

Hoy, 23 de enero es el día del músico argentino. En Malargüe hay nombres que aparecen cuando la conversación se vuelve seria. Cuando alguien dice “música” y no está hablando solo de tocar una noche, sino de aprender, de formar, de construir una escena. En esas charlas, casi siempre, aparece Carlos Olivera. Y sin embargo, para muchos sigue siendo Carlitos: porque lo conocemos desde chico, porque lo vimos formarse con paciencia, porque su recorrido no se cuenta con alardes sino con hechos. Hay gente que hace carrera haciendo ruido. Y hay otros —como él— que la hacen trabajando.
Su historia empieza temprano, con una escena simple y fundamental: el apoyo familiar. “Mis primeros pasos en la música fueron desde pequeño, con el apoyo de mis padres”, dice. El piano fue su primera casa. Estudió con María del Carmen García, “Marita”, y continuó en el Conservatorio Izaguirre hasta los 17. Esos años no fueron solo práctica: fueron oído, disciplina, cuerpo entrenado para escuchar.
Con el tiempo, la música fue abriéndose como se abre el mundo: por curiosidad. “Durante toda la vida vas escuchando cosas que te van haciendo tener otros gustos musicales, o despertar inquietudes”, cuenta. Y recuerda un quiebre bien claro: escuchar a Liliana Herrero y al Chango Farías Gómez. Ahí, en esos sonidos, entendió algo que después se le volvería marca: el folclore —y la música en general— no es una vitrina; es un organismo vivo que se transforma.

En su ruta aparecen maestros, colegas, aprendizajes concretos: Carlitos Arcangioletti en guitarra, Leonardo Moore en la escuela artística, Guillermo Debia en San Rafael. Y Gabriel Pinto, pianista, colega y amigo con quien compartió años tocando. Pero si hay una frase que ordena su mirada, es esta: formarse es tocar con otros. No como eslogan: como método. La música, para él, se aprende en el encuentro.


Aunque aprendió piano, guitarra y charango, en un momento el camino lo llevó al bajo. Y acá vale decirlo con todas las letras: el bajo no fue un “plan B”. Fue una elección que lo definió. “Faltaban bajistas… me incliné por ese lado y después terminó gustándome mucho”, dice. Y se nota que no habla de un instrumento cualquiera: habla del lugar desde donde se arma el suelo. El bajo es pulso, es sostén, es dirección, es tensión y descanso. Es el oficio de que la música camine.
Entre las influencias nombra a Eduardo Pinto —impacto directo, “quedé flasheado” al verlo tocar con seis cuerdas—, a Daniel Masa y a Jaco Pastorius. No los menciona para “mostrar” referencias: los menciona como quien dice de ahí aprendí lo que el instrumento puede llegar a decir.
Esa idea de música como trabajo —como oficio real— también aparece cuando habla de tocar en todos los formatos posibles, en distintos escenarios y condiciones. En ese recorrido, destaca lo compartido con Marito Vázquez: “me ha enseñado también que no hay que quedarse quieto y moverse y buscar nuevas formas de seguir tocando espacios”. Y en la misma línea menciona a Marcelo Blajevich, “un músico inquieto” que siempre está buscando alternativas para seguir trabajando en la música. Son aprendizajes de ruta: moverse, insistir, encontrar maneras, hacer que la música suceda.

Cuando habla de lo colectivo, su postura es directa y sin vueltas: “soy bastante abierto a las propuestas… me gusta aprender”. Y lo explica con hechos: escuchar música que no está habituado a escuchar, sacar cosas nuevas, compartir con jóvenes y con artistas que lo convocan. Si hay tiempo y se puede trabajar, lo acepta. En esa disponibilidad —más práctica que declamada— se entiende una de sus marcas: la generosidad como forma de oficio, la apertura como manera de crecer y de hacer crecer a otros, sin perder nunca el propio centro.
La docencia es otro capítulo clave en su identidad. Estudió profesorado de música en el Instituto Profesorado de Artes (IPA) en San Rafael, y encontró ahí una manera de sostener la vida dentro del mismo mundo que ama. “Me gusta el compartir, aprender de los niños y de los alumnos”, dice, y esa frase lo pinta entero: enseñar como intercambio, no como superioridad. Trabajó en escuelas primarias y luego llegó a la escuela artística, que define como un espacio “estimulante y lindo”. Ahí el objetivo excede las notas: que los chicos se relacionen, formen grupos, se identifiquen, se desarrollen. Que la música sea también pertenencia.

Cuando habla de los que recién empiezan, no romantiza: baja a tierra. “Escuchar, tocar, darle tiempo al instrumento y, si lo vamos a tomar como una labor para el resto de nuestras vidas, estudiar, que es importantísimo.” Y agrega algo que no siempre se dice en voz alta, pero que hace a la vida real del músico: construir herramientas que abran opciones. Para él, el oficio no es solo tocar bien: es sostener un camino posible.
También mira más allá: sueña con más oportunidades de formación en Malargüe. Un secundario con orientación artística, carreras terciarias. No como capricho, sino como necesidad: para que los jóvenes tengan más opciones para estudiar y desarrollarse acá.
Su recorrido por bandas y proyectos es largo y diverso —La Yapa, MIB, Marito Vázquez Trío, Alternativa, Raúl Villa Romero, Luis Darío, Malariegos, Kultrum, Perro Verde, Disueltos, Natalia Natalia, Jonatan González, entre otros— y en esa lista hay algo que se entiende sin que él lo diga: Carlos Olivera no “pasa” por la música de Malargüe. La sostiene. La organiza. Le da pulso.

Y por eso Carlitos sigue siendo Carlitos, sí. Pero no por pequeño, ni por “detrás”. Sigue siendo Carlitos por cercano, por querido, por humano. Porque en un mundo donde muchos quieren verse, él prefiere hacer. Y eso —en la música y en la vida— es una forma muy seria de brillar.
V.B

.








