

Murió sin fortuna material, pero dejó una herencia de valores que atravesó generaciones. A más de dos siglos de su partida, la vida de Manuel Belgrano sigue interpelando a una Argentina que busca recuperar la confianza, la honestidad y la esperanza.

Cada 20 de junio la Argentina recuerda a Manuel Belgrano. Pero quizás el mejor homenaje no sea repetir su historia, sino preguntarnos qué tiene para decirnos hoy.
Vivimos tiempos de desencanto. Se duda de la política, de las instituciones y hasta de la posibilidad de cambiar. Tal vez la mayor tragedia de nuestro tiempo sea haber dejado de creer que existen hombres y mujeres capaces de actuar como Belgrano.
Porque Belgrano no fue grande por estar en los manuales. Fue grande porque eligió el camino difícil cuando pudo tomar el cómodo.
Pudo enriquecerse y no lo hizo. Pudo pensar primero en sí mismo y no lo hizo. Pudo guardar para su beneficio los premios recibidos, pero los destinó a escuelas, convencido de que el futuro de una nación dependía de la educación de su pueblo.

Belgrano entendió que el servicio público era, precisamente, servicio.
Por eso su figura sigue incomodando. No es solo una estatua ni una fecha patria. Es una pregunta para todos: ¿qué estamos dispuestos a hacer por el bien común?
La Argentina no necesita otro Belgrano. Necesita miles de argentinos comunes dispuestos a vivir con una parte de su honestidad.

A 206 años de su muerte, Manuel Belgrano sigue siendo una prueba de que la honestidad no es una utopía, de que el servicio no es ingenuidad y de que el amor por la patria puede expresarse en hechos concretos.
Y allí aparece la esperanza.
Cada vez que un docente sigue enseñando a pesar de las dificultades, cada vez que un vecino trabaja por su barrio, cada vez que un emprendedor apuesta por Malargüe en lugar de rendirse, cada vez que un joven decide estudiar, capacitarse y quedarse para construir futuro, hay algo del espíritu de Belgrano que sigue vivo
La pregunta no es si volverá a nacer otro Belgrano. La pregunta es si nosotros estaremos a la altura de continuar la obra que él comenzó.
Porque la esperanza de la Argentina no descansa en sus próceres. Descansa en los argentinos que cada día eligen hacer lo correcto aun cuando nadie los vea.
Redacción Ser y Hacer.



.








