

El invierno parece haberse instalado no solo en el paisaje, sino también en el ánimo de muchos malargüinos. Frente al desencanto, la verdadera pregunta no es quién tiene la culpa, sino cómo recuperamos la capacidad de imaginar un futuro mejor para nuestra comunidad.

«Las ciudades no empiezan a morir cuando cierran los comercios. Empiezan a apagarse cuando su gente deja de creer en ellas.»

Hay algo que preocupa más que una temporada turística floja.
Más que una obra que nunca llega.
Más que un camino que vuelve a quedar intransitable por la nieve.
Hay algo que, silenciosamente, parece haberse instalado entre nosotros.
La idea de que ya nada puede cambiar.
Basta caminar por Malargüe en estos días para entender de qué hablamos. El invierno aquí siempre fue intenso. El frío se mete en los huesos, el viento obliga a bajar la cabeza y los árboles desnudos parecen recordarnos que la naturaleza también tiene sus tiempos de espera. Pero este año da la sensación de que ese invierno no se quedó solamente en las calles.
También entró en el ánimo de mucha gente.
Hay comercios que esperan clientes que no llegan. Emprendedores que siguen haciendo esfuerzos enormes para sostener sus proyectos. Familias que cuentan los días hasta fin de mes. Jóvenes que ya no hablan de los sueños que quieren construir aquí, sino de las posibilidades de irse. Y ese es un riesgo que no podemos naturalizar.
Cada vez hablamos más de ansiedad, de depresión, y de familias que cargan un peso emocional tan grande como sus dificultades económicas. No todo se explica por el invierno. No podemos ignorar que el estado de ánimo de una comunidad también necesita ser cuidado.
Y eso duele.
Porque uno puede atravesar un invierno.
Lo que no puede permitirse es vivir convencido de que nunca volverá la primavera.
Sin embargo, hay una paradoja que siempre llama la atención.
Quienes llegan desde otros lugares suelen decirnos lo mismo.
«Qué ciudad hermosa.»
«Qué paisajes extraordinarios.»
«Qué tranquilidad.»
«Cuánto potencial tiene Malargüe.»
Ellos ven una tierra llena de posibilidades.
Nosotros, muchas veces, solo alcanzamos a ver todo lo que nos falta.
Y no es que una mirada sea verdadera y la otra falsa.
Las dos tienen verdades.
Sería ingenuo negar las dificultades. El turismo continúa siendo nuestro principal motor económico y, una vez más, la temporada encontró obstáculos que pudieron haberse previsto mejor. Cuando finalmente comenzó a llegar el movimiento turístico, los accesos a nuestros principales atractivos volvieron a complicarse. El clima puede explicar una nevada. La falta de previsión, no.
También sería ingenuo negar que muchas familias atraviesan situaciones económicas difíciles, que la incertidumbre desgasta y que el impacto sobre la salud mental ya forma parte de las conversaciones cotidianas. Cada vez escuchamos con más frecuencia hablar de ansiedad, de depresión, de jóvenes que sienten que aquí no hay futuro.
No podemos mirar hacia otro lado, pero tampoco podemos aceptar que esa sea toda la historia.
Desde Ser y Hacer nos negamos a construir un Malargüe victimizado.
No queremos convertirnos en los pobrecitos de un relato donde siempre la culpa es de otros y donde la solución siempre tiene que venir desde afuera.
Claro que hay responsabilidades políticas.
Claro que hacen falta mejores decisiones, planificación, inversión y dirigentes capaces de anticiparse a los problemas en lugar de correr detrás de ellos.
Eso no está en discusión.
Pero hay una pregunta que también deberíamos hacernos como comunidad.
¿Qué nos pasó para dejar de imaginar un futuro mejor?
Porque quizás el recurso más escaso de Malargüe ya no sea el dinero.
Quizás sean las ideas.
Quizás nos estén faltando neuronas trabajando juntas.
Personas capaces de entusiasmar.
Instituciones dispuestas a construir en lugar de competir.
Dirigentes que vuelvan a inspirar.
Empresarios que vuelvan a apostar.
Docentes que sigan sembrando futuro.
Jóvenes que sientan que vale la pena quedarse.
Vecinos que recuperen el orgullo de decir: «Este es mi lugar y quiero verlo crecer.»
Las ciudades no empiezan a morir cuando cierran los comercios.
Empiezan a apagarse cuando su gente deja de creer en ellas.
Y nosotros nos resistimos a aceptar que ese sea el destino de Malargüe.
Porque conocemos esta tierra.
Sabemos de qué está hecha.

Sabemos que aquí hubo generaciones capaces de construir en medio de distancias enormes, de inviernos duros y de condiciones mucho más adversas que las actuales. Si ellos pudieron imaginar el Malargüe que heredamos, nosotros tenemos la obligación de imaginar el Malargüe que dejaremos.
El invierno terminará.
Como todos los años.
Los árboles volverán a llenarse de hojas.
Los días serán más largos.
La nieve dará paso otra vez al verde.
La naturaleza hará su parte.
La pregunta es si nosotros haremos la nuestra.
Porque los pueblos no renacen cuando cambia el calendario.
Renacen cuando vuelven a creer.
Y quizás haya llegado el momento de dejar de preguntarnos quién tiene la culpa de este tiempo gris…
…y empezar a preguntarnos qué puede hacer cada uno de nosotros para que Malargüe vuelva a soñar.
Redacción Ser y Hacer

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