

Malargüe nunca le tuvo miedo a la montaña. Le tuvo miedo la política.

Mientras este departamento esperaba trabajo, desarrollo y oportunidades, Mendoza discutía durante años si la minería debía existir. Y en medio de debates ideológicos, discursos cargados de temor y decisiones tomadas muchas veces lejos de la realidad malargüina, se fue perdiendo algo mucho más importante que inversiones: se fue perdiendo tiempo.
Tiempo para crecer.
Tiempo para generar empleo.
Tiempo para que generaciones enteras pudieran construir su futuro en la tierra donde nacieron.
Cada 7 de mayo, el Día de la Minería invita a reflexionar sobre una actividad que forma parte de la identidad histórica de Malargüe. Porque esta tierra nació ligada a la montaña, a los recursos naturales y al trabajo de hombres y mujeres que siempre entendieron que el desarrollo debía surgir también desde la cordillera.
Durante años se instaló una mentira cómoda: que cuidar el agua y desarrollar minería eran objetivos incompatibles. Así, la discusión pública quedó atrapada en una falsa dicotomía que paralizó inversiones, frenó oportunidades y sembró miedo alrededor de una actividad que en otras provincias generaba empleo, infraestructura y crecimiento.
La defensa del agua nunca estuvo en discusión. Lo que estuvo en discusión fue si Mendoza estaba dispuesta a permitir una actividad controlada, fiscalizada y sustentable que pudiera transformar la realidad económica de departamentos como Malargüe.

Y mientras se discutía en escritorios alejados de nuestra realidad, acá cerraban comercios, jóvenes emigraban y familias enteras comenzaban a resignarse a vivir en un departamento cada vez más golpeado económicamente.
En el norte se cocinó lentamente el destino miserable que hoy atraviesa Malargüe.
Porque mientras otras provincias avanzaban en infraestructura, proveedores mineros, empleo y desarrollo económico, aquí predominó el miedo. La Ley 7722 terminó convirtiéndose en el símbolo de una Mendoza paralizada por una discusión que nunca logró darse con la profundidad, la responsabilidad y la honestidad necesarias.
Y cuando Mendoza intentó discutir seriamente una modificación de esa norma, el miedo volvió a imponerse sobre el desarrollo. Una vez más, Malargüe quedó esperando.

Hoy el escenario parece distinto. El avance de Malargüe Distrito Minero Occidental y la decisión política del gobernador Alfredo Cornejo marcan un cambio histórico. También debe reconocerse el rol de Impulsa Mendoza, que se ha convertido en una herramienta clave para ordenar, planificar y acompañar el desarrollo de la actividad minera con una mirada estratégica.
Y corresponde destacar a las legisladoras malargüinas Jésica Laferte y Jimena Cogo. No fueron las únicas voces que defendieron este camino, pero sí les tocó asumir un papel activo en una etapa determinante para el futuro minero de Malargüe. Sus aportes, proyectos y posicionamientos seguramente las convertirán en parte de la historia política de esta transformación.
Pero también es necesario decir la verdad completa: la minería todavía no representa una solución inmediata. Los tiempos de la actividad son largos. La exploración requiere estudios, controles, inversiones y años de trabajo antes de generar un impacto profundo en la economía local.
Por eso muchos malargüinos sienten ansiedad, descreimiento o incluso frustración. Porque el derrame económico que durante tanto tiempo se prometió todavía no llega con la fuerza que la comunidad necesita.
Sin embargo, ya es tarde para quedarnos lamentando las oportunidades perdidas. Malargüe necesita mirar hacia adelante.
Y para eso hace falta algo fundamental: que toda la dirigencia política esté a la altura de las circunstancias. Oficialismo y oposición deben abandonar las especulaciones cortas y construir una visión común sobre el Malargüe que queremos. Una visión seria, sustentable y duradera, donde la minería no sea utilizada como herramienta electoral, sino como una verdadera política de desarrollo.
Porque la discusión minera nunca fue solamente económica. También fue una discusión sobre dignidad.
La posibilidad de que las familias puedan vivir de su trabajo. La posibilidad de que los jóvenes no tengan que irse. La posibilidad de que Malargüe deje de sentirse condenado a esperar eternamente.
Mientras la discusión política se empantanaba, en las aulas de la Escuela Técnica Minera seguían egresando jóvenes preparados para trabajar en una actividad que la propia provincia les negaba durante años. Jóvenes capacitados, comprometidos y dispuestos a construir su futuro en su propia tierra.
Por ellos también debe pensarse este proceso.

En sus casi 18 años de vida, Ser y Hacer de Malargüe, fundado por un orgulloso técnico minero que se dedicó a comunicar, también ha sido parte de esta defensa. Desde nuestro lugar, con nuestras herramientas y con la convicción profunda de amar esta tierra, siempre estuvimos presentes: hablando de minería, de trabajo, de desarrollo productivo y del derecho de Malargüe a construir su propio destino. Porque nuestro nombre también nos define: ser malargüinos implica defender lo que somos; hacer Malargüe exige trabajar por lo que podemos llegar a ser.
Tal vez muchos de quienes sostuvieron esta lucha durante años no lleguen a ver el Malargüe plenamente desarrollado que imaginaron. Pero cada proyecto aprobado, cada avance institucional y cada joven que hoy decide apostar por estudiar minería puede convertirse en la base del departamento que heredarán nuestros hijos y nietos.
Y quizás, después de tantos años, Malargüe vuelva finalmente a mirar la cordillera no como un límite, sino como el lugar desde donde puede empezar su futuro.
Redacción Ser y Hacer

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