

A propósito del Día Internacional de Lucha contra el Maltrato Infantil, Ser y Hacer reflexiona sobre la responsabilidad adulta de escuchar las señales de auxilio de los niños y adolescentes. La Ley Lucio marcó un antes y un después, pero ninguna norma alcanza si como sociedad seguimos llegando tarde.

Ayer, 25 de abril, fue el Día Internacional de Lucha contra el Maltrato Infantil, no puede pasar como una fecha más del calendario. Estas jornadas existen para detenernos, para mirar de frente aquello que muchas veces ocurre en silencio, puertas adentro, bajo la apariencia de una familia común, de una casa cualquiera, de una rutina que nadie se anima a interrumpir.
La infancia es, tal vez, la expresión más profunda de la fragilidad humana. Ninguna cría necesita tanto tiempo de cuidado, protección y amor como un niño. Un bebé llega al mundo absolutamente desprotegido: necesita brazos, alimento, abrigo, palabra, mirada y paciencia. Necesita adultos que lo cuiden hasta que pueda defenderse por sí mismo.
Pero, ¿qué ocurre cuando esos adultos responsables son quienes producen el dolor? ¿Qué pasa cuando las manos que deberían proteger golpean, humillan, abandonan o destruyen? El daño psicológico puede acompañar toda una vida. El daño físico, como nos recuerdan demasiados casos, puede provocar la muerte.

Argentina quedó marcada por el crimen de Lucio Dupuy. Su nombre no solo representa una tragedia; también representa una obligación. La Ley Lucio nació para que el Estado, las instituciones y los adultos aprendan a detectar señales, a escuchar pedidos de auxilio, a intervenir antes de que sea tarde. Porque si algo nos enseñó Lucio es que los niños hablan, aun cuando no siempre lo hagan con palabras. Hablan con dibujos, con silencios, con miedo, con cambios de conducta, con ausencias, con lesiones, con miradas que piden ayuda.
Y los adultos tenemos que estar atentos.
Los casos recientes vuelven a golpearnos. El país se estremeció con la muerte de Ángel López, en Chubut. Mendoza acaba de sufrir otro dolor inmenso con el fallecimiento de un niño internado en el Hospital Notti por un presunto caso de maltrato infantil. No son hechos aislados ni monstruosidades lejanas. Son alarmas que nos obligan a revisar cuánto escucha una comunidad, cuánto observa una escuela, cuánto interviene un vecino, cuánto responde el Estado.
Hay una pregunta que duele, pero debemos hacernos: ¿cómo puede alguien encontrar en un niño el lugar para descargar su rabia, su frustración, su violencia? Frente al amor infinito que naturalmente despierta una criatura, frente a su inocencia y dependencia, la crueldad contra la infancia revela una de las formas más oscuras de la condición humana.
Por eso la escuela ocupa un lugar fundamental. Las maestras, los docentes, los directivos, quienes comparten todos los días con niños y adolescentes, muchas veces son los primeros en advertir que algo no está bien. Su mirada puede salvar. Su denuncia puede salvar. Su decisión de no minimizar una señal puede cambiar el destino de una vida.

No se trata de sospechar de todos, sino de observar mejor. No se trata de invadir hogares, sino de comprender que la violencia contra un niño nunca es un asunto privado. Es una emergencia ética, social e institucional.
Una comunidad madura no se mide solo por sus obras, sus discursos o sus leyes. Se mide por la forma en que protege a quienes no pueden defenderse solos. Y en esa tarea, nadie puede declararse ajeno. Podemos escuchar, denunciar, acompañar, intervenir. Podemos creerles a los niños. Podemos mirar donde otros prefieren no mirar.
Tal vez no podamos salvar a esos adultos de sus demonios. Pero sí podemos salvar a los niños de esos adultos.

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