

Mientras la comunidad reflexiona sobre el respeto y la escucha hacia las personas mayores, surge una pregunta ineludible: ¿estamos construyendo, desde ahora, la vejez que deseamos para nosotros mismos?

Cada 15 de junio, el mundo conmemora el Día de Toma de Conciencia sobre el Abuso y Maltrato en la Vejez. En Malargüe, distintas organizaciones decidieron transformar esa fecha en una oportunidad para escuchar, reflexionar y actuar. Campañas de sensibilización, espacios de encuentro y propuestas de acompañamiento nos recuerdan que el buen trato hacia las personas mayores es una responsabilidad que nos involucra a todos.
Pero quizás haya otra pregunta que también debamos hacernos.
Más allá de cómo tratamos hoy a quienes transitan la vejez, ¿estamos construyendo la vejez que algún día tendremos?

La mayoría de las personas desea vivir muchos años. Sin embargo, pocas veces pensamos en cómo queremos llegar a esa etapa de la vida. ¿Con autonomía o dependiendo completamente de otros? ¿Con proyectos y vínculos que nos sostengan o atravesando la soledad? ¿Con la mente activa y el cuerpo fortalecido o lamentando no haber cuidado antes aquello que sí estaba a nuestro alcance?
La vejez no comienza el día de la jubilación. Tampoco cuando aparecen las primeras canas. La vejez empieza a construirse mucho antes, a través de las decisiones cotidianas que tomamos durante la adultez.
Empieza con la forma en que nos alimentamos. Con el tiempo que dedicamos al movimiento y la actividad física. Con los controles médicos que postergamos o asumimos con responsabilidad. Con la calidad de nuestros vínculos familiares y de amistad. Con la capacidad de aprender cosas nuevas, mantener la curiosidad y ejercitar la mente. Incluso con la manera en que administramos el descanso y el tiempo libre.
Prepararnos para una vejez saludable no significa negar el paso del tiempo. Significa comprender que envejecer es un proceso natural y que muchas de las condiciones con las que llegamos a esa etapa pueden ser influenciadas por nuestras elecciones presentes.

Por supuesto, no todo depende de la voluntad individual. El acceso a la salud, las oportunidades económicas, las políticas públicas y las redes comunitarias también marcan diferencias importantes. No todas las personas envejecen en igualdad de condiciones. Por eso, construir una sociedad amigable con las personas mayores es una tarea colectiva que exige compromiso del Estado, de las instituciones y de cada ciudadano.
Sin embargo, reconocer esa dimensión social no debería eximirnos de la reflexión personal.
¿Qué estamos haciendo hoy por la persona que seremos dentro de veinte o treinta años?

Tal vez el mejor homenaje que podamos hacerles a nuestros mayores no sea solamente tratarlos con respeto —algo que, por supuesto, es innegociable— sino también aprender de sus experiencias y asumir que el cuidado de nuestra propia vejez comienza mucho antes de lo que imaginamos.
La imagen de la vejez como una etapa inevitablemente asociada a la dependencia y a la carga merece ser revisada. Existen innumerables ejemplos de personas mayores activas, comprometidas con su comunidad, generosas en la transmisión de saberes y capaces de seguir inspirando a las generaciones más jóvenes. Esa es también una forma posible de envejecer.
La pregunta es si estamos haciendo lo necesario para acercarnos a ella.
Las iniciativas desarrolladas en Malargüe durante estos días nos invitan a tomar conciencia sobre el maltrato y la importancia de escuchar la voz de las personas mayores. Es un paso fundamental. Pero quizás podamos dar uno más.
Porque el desafío no consiste únicamente en preguntarnos cómo cuidamos a nuestros adultos mayores. También implica preguntarnos cómo nos estamos cuidando a nosotros mismos para llegar, algún día, a esa etapa de la vida con dignidad, salud y plenitud.
La vejez no se improvisa; se construye.
Y la mejor decisión para empezar a construirla es comprender que el momento de hacerlo es ahora.
Redacción Ser y Hacer


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